Cómo la Educación Física me enseñó a odiarme a mí mismo (y a dejar el deporte)

La propuesta del PSOE de elevar la asignatura a troncal ha reabierto heridas que parecían cerradas: las de varias generaciones que lo pasaron fatal con la dichosa gimnasia

Foto: Un círculo sin fin. (EFE/Juan Carlos Guzmán)
Un círculo sin fin. (EFE/Juan Carlos Guzmán)

Un mes de septiembre como este, hace alrededor de 25 años. El patio agrietado, el sobredimensionado chándal de 'táctel' verde y negro y el fichaje de Rambo Petkovic. El nuevo profesor de Educación Física me sacó del pelotón que corría a ese trantrán tan de las once de la mañana.

—Me han dicho que tú eres el listo de la clase.

—…

—¿Sabes si estos números están bien?

Me mostró un folio con las marcas del último examen de velocidad que habíamos realizado el curso anterior. Si ni siquiera hoy soy capaz de recordar si 300 metros se recorren en medio minuto o en 20, imagínense a los diez años. Pero vamos, que si ahí estaban, por algo sería, quién iba a ser yo para llevarle la contraria a los papeles.

—Sí.

—Pues si esto es así vais a suspender todos.

El que no lo haya vivido sabe que son chorradas. Para mí, el recordatorio continuo de que mi cuerpo era el de un inútil que, además, no tenía solución

La larga sombra de aquella amenaza amable pero velada del profesor de Educación Física, que sacudía la cabeza consternado ante lo mucho que nos pesaba el culo, me persiguió durante meses. Al principio no tenía ninguna duda de que suspendería y tendría que repetir primero de la ESO, aunque aprobase el resto de las asignaturas con sobresaliente. Si el resto de mis compañeros, la mayoría de los cuales jugaban al futbito (¡el futbito! ¿ya no existe o qué?) no alcanzaban el mínimo, ¿cómo lo iba a hacer yo, rechoncho y patoso?

A medida que pasó el tiempo, obviamente, el impactado profesor tuvo que bajar el listón y aprobar a todos, mejores o peores. Pero notaba la decepción en su cara: como si el John Keating de 'El club de los poetas muertos' se hubiese tenido que conformar con que sus alumnos hiciesen la o con un canuto y no con recitar a Robert Herrick. No le guardo particular rencor. Entre las dos categorías con las que me encontré, el profesor cabrón que te hacía sentir un fracaso humano y el buenazo que prefería darnos por perdidos antes que hacernos sufrir, encajaba en la segunda categoría. Afortunadamente, sé que los tiempos han cambiado y la formación —y predisposición— de los docentes, lejanos del autoritarismo posfranquista hoy son muy distintas.

Portería y destrucción. (EFE/Juan Carlos Cárdenas)
Portería y destrucción. (EFE/Juan Carlos Cárdenas)

La mayoría de mis recuerdos de la Educación Física son feos, humillantes o engordan. Del día a que me llevé un balonazo que me dejó aturdido y, mientras me levantaba, el profesor me dijo con muy mala baba "tú, es que no te enteras de nada" al momento que, de camino al plinto, me mareé y a punto de desmayarme sentí cómo la profesora me empujaba para que saltase, o el pánico a las espalderas que nadie era capaz de entender son recuerdos particularmente vívidos de mi infancia.

El que no lo haya vivido sabrá que es una chorrada, como me han repetido una y otra vez. Para mí, recordatorios que hacían que, cada día, me sintiese un poco peor conmigo mismo, con mi cuerpo inútil, que desease que esa hora que según los adultos era tan divertida no llegase nunca. Porque era el momento en el que recordabas que eras el último mono en la jerarquía de los machos alfa de la clase. El momento en el que el malote reinaba y tenía carta blanca para reírse del resto.

Otros lo pasaron peor. Sobre todo, las chicas. Recuerdo los grupos que, en ese momento crítico de la relación de uno mismo con su mecanismo que es la adolescencia, dejaban de hacer cualquier clase de actividad, insumisas de la asignatura. O de ese amigo con sobrepeso —si yo era gordito, él era gordo— que se las ingeniaba para no tener que correr porque sabía que sería motivo de burlas 'ipso facto'. En cualquier otra asignatura sería inadmisible dejar caer así a un alumno, pero la gimnasia tenía su propio régimen especial.

La moda educativa de los últimos años es solucionar cada problema que tenga España creando una nueva asignatura

El único recuerdo bueno que tengo está relacionado con algunos de mis compañeros: conscientes de que era un paquete en el fútbol, me dejaron ser el entrenador del equipo en la liga interna del cole, lo cual se traducía en que tendría que pegar un par de gritos desde la banda y no molestar ocupando sitio en las alineaciones iniciales. Todos salíamos ganando.

Me he acordado de estas historietas después de que el PSOE, en uno de esos ejemplos canónicos de solucionismo educativo, haya valorado (o 'globosondeado') la posibilidad de elevar la asignatura de Educación Física a troncal. Es la moda de los últimos años: matar moscas a cañonazos o crear una asignatura para cada problema que tenga España. Otra gran pregunta es por qué debe ser la gimnasia el mejor terreno para atacar la obesidad, cuando cualquier otro (de las Ciencias Naturales a la Lengua) me parecen mejores entornos para enseñar que nuestra relación con nuestros cuerpos no está determinada por el rendimiento deportivo. Mi relación con la nutrición en dicha asignatura fue un folio donde decía que el pescado era bueno.

El que vale, vale, y el que no, a jugar a baloncesto. (iStock)
El que vale, vale, y el que no, a jugar a baloncesto. (iStock)

Aunque más que por esta razón, me he decidido escribir sobre ello porque me ha sorprendido ver la cantidad de personas —una vez más: muchas mujeres— que se han lanzado a contar sus malas experiencias con la asignatura en Twitter. Llevo años a punto de escribir sobre ello, pero nunca me he decidido, por dos razones. Una, razonable: lo mismo que me pasaba a mí en la gimnasia (palabra tabú: era Educación Física, son sus mayúsculas y todo) le pasaría a otros en otras asignaturas. Otra, menos: cada vez que lo he planteado en voz alta me han respondido que era mi problema, mi único problema, y que era un quejica.

Así que es reconfortante saber que esta percepción que me hizo sentir como un bicho raro durante mi adolescencia es compartida. Yo, personalmente, aprendí varias cosas de mi relación con la Educación Física, donde tuve a los mejores profesores sobre el papel (incluido algún preparador de grandes estrellas del ciclismo), en la práctica papel mojado que recuerdan que un buen profesional no tiene por qué ser un buen profesor. Una, que era un inútil físicamente sin remedio. Dos, que el disfrute del deporte era el privilegio de unos pocos, genética y biológicamente preparados para ello, y que el resto seguiríamos siendo unos analfabetos físicos. Yo no hago deporte porque lo terminé detestando tanto como el baboso discurso de que me hará mejor. ¿Mejor? Yo solo supe hacerme peor.

Los "valores del deporte"

Hay algo que la escuela española y europea ha hecho bien en comparación con la estadounidense, al menos hasta hace poco: relativizar la importancia de las notas, desligar ser un buen estudiante con la popularidad. Nadie quiere a un empollón, pero tampoco caímos en la trampa meritocrática de pensar que por serlo estaba por encima del resto. Tan solo el deporte, con sus victorias y derrotas, trofeos y competiciones de sábado por la mañana, pisotones que se perdían a la vista del profesor y rencillas que pasan desapercibidas para el adulto, nos iba enseñando que esta vida es competición.

No hay nada en el deporte que no haya encontrado en la conversación, en el juego, en el arte o incluso en la vaguería

Siempre que oigo el sintagma "los valores del deporte" me pregunto cuáles son exactamente. Ya ni siquiera hablo de la ridícula ostentación de los deportistas de élite, de los feos gestos que se viralizan día sí, día también, del negocio sin escrúpulos, la corrupción o el dopaje rampante. No he encontrado nada en el deporte que no haya hallado en la conversación, en el juego (ojo: juego), en el arte o incluso en la vaguería, mucho más enriquecedora que el pernicioso discurso del esfuerzo.

Porque esa es otra. De esforzados niños empujados por sus padres al deporte está pavimentado el camino al trauma. Es muy bonito pensar que cualquier infante puede llegar a convertirse en atleta de élite —y, de paso, solucionar la vida a su familia— a base de horas y horas de sudor, sacrificios y la renuncia a una adolescencia convencional. No hay peor ejemplo para nuestra sociedad, y para los padres sin escrúpulos, que el deporte. Para eso denle al niño un libro de Baudelaire, que lo máximo que le puede pasar es que se aficione al opio. Una tontería, en comparación con ser un juguete roto. Esa es otra cosa que me enseñó la Educación Física: que no hay que dejar la diversión en manos de adultos.

Mitologías
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