España quería ser 'Saber y ganar' y se quedó en 'Pasapalabra'

Soñamos con ser cultos, sensatos y amables, que la educación nos haría vivir en una utopía cultural y meritocrática. La realidad nos empujó al pelotazo del 'Pasapalabra'

Foto: Jordi Hurtado en una fotografía tomada en algún momento entre 1997 y 2019. (RTVE)
Jordi Hurtado en una fotografía tomada en algún momento entre 1997 y 2019. (RTVE)

Me lo solía decir mi abuelo, mientras veíamos juntos 'Saber y ganar' en aquellas sobremesas, primero de verano adolescente, luego de paro posuniversitario. "Tendrías que ir a un concurso, que te las sabes todas". Ahora me lo dice también mi suegro, pero añade un matiz. "Sí, pero a 'Saber y ganar' no, que no se llevan nada, donde tienes que ir es a 'Pasapalabra'". No será posible.

Que España vive en sus concursos, algunos de ellos transfigurados en 'realities' tras bañarse en salsa rosa, no es nada nuevo por mucho que algunos hayan tenido epifanías tras el final de 'Pasapalabra'. Aún más lo hace Italia, como supo ver Matteo Garrone en 'Reality'. Los concursos son al mismo tiempo pegamento intergeneracional y espejo de anhelos, un pasatiempo que, como la radio, se puede dejar de fondo para que haga compañía a ancianos solitarios o parejas que hace varias décadas que ya se lo contaron todo.

Durante mucho tiempo, España quiso ser 'Saber y ganar', culta, esforzada y sensata

'Saber y ganar' y 'Pasapalabra' han unido durante casi 20 años el sesteo de la tarde con el olorcito de la cena en el fuego de millones de cocinas, ese océano de tiempo que se desparrama entre el cafelito y la sopa de fideos. Han convivido en la parrilla de las cadenas públicas de la privada de igual manera que la España de la pobreza convivió con la del pelotazo, que la de la precariedad se ha codeado con el hazte-rico-pronto-y-corre, igual que la clase media-baja (es decir, baja) se ha solapado con la España PAUer, el feliz término acuñado por Jorge Dioni.

Durante mucho tiempo, España quiso ser 'Saber y ganar', culta, esforzada y amable. Una España que enviaba a sus hijos a la universidad, que pensaba que el conocimiento, la sobriedad y la moderación nos salvarían, que creía en el progreso democrático y la sensatez de clase media. La España de esos profesores que, con la camisa de cuadros debajo del jersey, se habían leído la bibliografía completa de Unamuno, Ortega y Gasset o Severo Ochoa (si hubiese sido escritor).

Esos señores amables que nos recordaban a aquel tío abuelo que nunca se casó, a los que cuando Jordi Hurtado preguntaba de dónde venían, respondían que daban clase de literatura en un instituto de El Barco de Ávila. Señores que un buen día, tras equivocarse al dividir 219 por 3, se volvían a su pueblo con dos mil eurillos más (antes de impuestos) debajo del brazo.

Christian Gálvez, junto a celebridades y exministros. (Twitter)
Christian Gálvez, junto a celebridades y exministros. (Twitter)

Esa era la España que nos gustaba, la que nos abrazaba mientras la digestión nos absorbía la sangre del cerebro, incapacitándonos para pensar mucho y dejando que los señores de la tele lo hiciesen por nosotros. Su 'share' de un 9,7% se elevaba hasta el 17,9% a las ocho de la tarde, cuando a los jubilados se les unían todos esos trabajadores de 18 a 65 que hacían tiempo para la cena (en inglés, 'access prime time') y que, quizá se sentían un poco mejor al ver que alguien podía hacerse rico a cambio de ser un poco hábil, aunque no fuesen ellos.

En realidad, España siempre fue 'Pasapalabra': un lugar ruidoso, donde se grita mucho, se gana pasta gansa y hay demasiados famosos por metro cuadrado. Un pasatiempo en el que tu éxito es bastante más arbitrario —lo siento, acertar el rosco no es sacarse un doctorado—, lo que permite que cualquiera a quien le haya tocado en suerte un famoso que se ha leído más que la contraportada de dos libros pueda acariciar la gloria de llenar la saca. Y si a ello le añadimos a Christian Gálvez, que sabe mazo del máquina de Leonardo da Vinci, o por lo menos ha sabido aparentarlo, para qué más.

'Saber y ganar' y 'Pasapalabra' no son dos Españas. Es la misma, que intentó pegar el pelotazo cuando se aburrió de malvivir con 900 euros

Entre un concurso y otro están las enésimas dos Españas. La pobre pero esforzada que se queda con las migajas, y la pobre que busca suerte y o bien lo peta o bien se hunde. Pero mi abuelo me haría una oportuna advertencia: "¿te has fijado que este ya salía en 'Pasapalabra'? Es que a los concursantes los llevan agencias", una de esas revelaciones con las que quería mostrarme cómo funcionaba el mundo. No es que 'Saber y ganar' y 'Pasapalabra', pues, sean dos Españas diferentes. Es la misma, que cuando se aburrió de malvivir por 900 euros al mes soñó con pegar el pelotazo. Quien ganó en el rosco, se lo llevó todo; quien no, terminó en la construcción, en la hostelería y luego en la calle.

Hey, hey, my, my, Jordi Hurtado will never die

A mi abuelo, sospecho, le gustaba más 'Saber y ganar' que 'Pasapalabra' porque los concursantes sabían cosas que él no sabía. Los miraba con esa franca admiración que solía suscitar la cultura hace no tanto, un entusiasmo que tengo que reconocer que era contagioso. A mí también me fascinaba el gafitas de turno que, de repente, lo petaba en el especial Santa Teresa de Jesús y, por qué no, a mí también me gustaría saber tanto de Santa Teresa de Jesús como él.

A mi abuelo, creo también, le gustaba más el programa de Jordi Hurtado porque él no había estudiado en la universidad —no es que hubiese sido imposible, era directamente impensable— pero su hija sí. En ese salto generacional se explica gran parte de la ternura que desprenden la grave voz de Juanjo Cardenal, la eterna bonhomía inocentona de Jordi Hurtado, el chaval listo de la clase que se llevaba bien con los malotes, la cercanía sin histrionismos de Pilar Vázquez, una de las últimas de su estirpe antes de que solo las guapas pudiesen hacer tele. Es como ir a comer a casa y que te pongan cocido.

A mi abuelo, estoy seguro, le gustaba 'Saber y ganar' porque yo era capaz de responder más preguntas que él. Algo que, en lugar de torturarle al recordar esos vacíos culturales que nunca podría llenar, le ponía orgulloso al darse cuenta de que primero su hija y luego su nieto le habían superado. España durante mucho tiempo quiso eso mismo, ser 'Saber y ganar', es decir, creyó en la educación como herramienta de ascenso social. Una utopía donde nos sabríamos de carrerilla la biografía de Ramón y Cajal, discutiríamos con los amigos de la obra de Zurbarán y no envejeceríamos nunca. La realidad nos envió de nuevo al 'Un, dos, tres', es decir, a jugarnos al azar si nos tocaba el apartamento en Torrevieja o la Ruperta de la crisis.

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