El apocalipsis se escribirá en Comic Sans

La próxima vez que vea un ridículo mensaje escrito en una fea tipografía, piénselo dos veces antes de compartirlo: quizá eso es lo que pretenden que haga

Foto: 'LOL' significa 'laughing out loud' o 'XD'
'LOL' significa 'laughing out loud' o 'XD'

El 30 de septiembre se publicó la sentencia de Ana Julia Quezada, que la condenaba a pena de prisión permanente revisable. Esa era la luna. El dedo, un dedo difícil de ignorar, era que la sentencia estaba escrita en la célebre tipografía Comic Sans. Con un poco de tacto, digamos que es una letra "infantil". Dicho sin tacto, es impropio de cualquier institución seria, un atentado al buen gusto, una horterada inconsciente que dio pie a un cachondeo inapropiado para un caso tan trágico.

La Comic Sans fue creada en 1994 por Vincent Connare, que no podía imaginarse que pasaría a la historia por una tipografía informal y tontorrona que servía para darle a voz al perro asistente de Windows, "porque los perros no hablan en Times New Roman". En apenas unos años surgió el movimiento 'Prohíbe la Comic Sans'. Se convirtió en un 'running gag', una de esas coñas públicas que se viralizan y que ponen de acuerdo a una generación. Un compañero de la universidad abrió hace más de una década un grupo destinado a recopilar documentos de todo tipo en Comic Sans (entre ellos, circulares de la Complu), al que contribuí con cierta frecuencia.

Cuando escribes un mensaje en Comic Sans, los partidarios lo comparten. Y los detractores, también

Esta semana, los conservadores británicos publicaron un tuit escrito en una tipografía semejante a la Comic Sans, que rezaba así: "Los miembros del Parlamento deben ponerse de acuerdo para que el Brexit salga adelante". La reacción fue la esperada. Los partidarios compartieron el mensaje, y los detractores, también. Unos mostrando su apoyo, otros riéndose de la tipografía. Unos ejemplos: "Moriré en una trinchera si hay una guerra contra la Comic Sans"; "¿Lo ha escrito un niño?"; "El diseñador gráfico de los conservadores debe ir a la cárcel".

Por supuesto, hay truco. Como recordaba Matt Zarb-Cousin, antiguo portavoz de Jeremy Corbyn, "los conservadores están haciendo deliberadamente memes de mierda [sic, a mí no me miren] con sus mensajes principales. No eres muy listo si lo citas con un comentario mordaz, simplemente estás haciendo lo que quieren compartiendo y amplificando sus mensajes clave. Lo más inteligente es ignorarlos". El daño ya estaba hecho, porque el tuit se había convertido en noticia publicada en medios como 'The Independent'.

No hay ejemplo que describa mejor la nueva deriva de la comunicación política. Si quieres que un mensaje se viralice, tan solo tienes que dirigir el contenido a los convencidos y la forma a los enemigos. A los primeros les dará igual que esté escrito en Comic Sans o por un iluminador de manuscritos medieval, y los segundos lo compartirán parapetados en su superioridad moral. Todos ganan. Estos últimos se sentirán un poco más listos que los conservadores, que llegarán a un público con el que nunca habrían soñado y, sobre todo, harán que su mensaje cale como lluvia fina.

Para politólogos, expertos en propaganda y diseñadores gráficos con un poco de perspectiva es la muestra de que el troleo ha llegado a la política. En un artículo publicado en 'The Newstatesman', James Whatley, de la agencia de 'marketing' Digitas UK, lo resumía a la perfección: "El 'shitposting' es postear contenido 'agresivo, irónico y de mala calidad' en una red social, en algunos casos para hacer descarrilar debates o que los usuarios dejen de usarla. Lo han usado los trolls, los terroristas, los asesinos en masa y ahora, el equipo de comunicación de los conservadores.

Guardar las formas, perder la batalla del fondo

Durante mucho tiempo he sospechado, y cada vez estoy más seguro, de que es la misma lógica que subyace bajo campañas deliberadamente risibles. El vídeo "cutre nivel Dios" del PP de Fuerteventura, las imágenes desnortadamente épicas de Abascal a caballo, incluso el famoso vídeo promocional de la Familia Real o el "haz que pase" de Pedro Sánchez. Imágenes feas, payasos autoconscientes, mensajes ambivalentes que son gasolina viral.

Al votante fiel las formas de los suyos les dan igual, y el enemigo lo compartirá para apuntalar su imagen como persona comprometida e inteligente

Se pondría zanjar el asunto con que es algo que ocurre hasta en las mejores casas, pero sería faltar a la verdad. Por herencia política, esta clase de mensajes suelen surgir de partidos emergentes antes que de consolidados —tienen menos imagen de marca que perder— y suelen estar más cerca de la derecha, radical o no, que de la izquierda. Es una cuestión de números. El votante de derechas suele ser más fiel y de mayor edad, por lo que le preocupan menos las sutilezas formales, y al joven conservador le hace gracia ver a Abascal vestido con armadura. El de izquierdas es fiel a su indignación, así que compartirá el 'shitpost' para apuntalar su imagen comprometida.

Lo explica Angela Nagle en 'Muerte a los normies' cuando señala que frente a la sentimentalidad de izquierdas de la era Obama (que en nuestro país podría aplicarse a Zapatero) en la última década emergió una irreverente, autorreferencial e irónica cultura de derechas que ridiculizaba la solemnidad de izquierda y se escudaba en el humor corrosivo. "Un vacío en el que ahora cualquier cosa puede fluir mientras desprecie de manera ostensible los valores y los gustos del mainstream". Fluye por foros, por WhatsApp, en las cenas entre amigos. Y más tarde es recogido por la televisión, que se ha convertido en un mero amplificador de las tontunas virales.

La estrategia del Joker
La estrategia del Joker

La izquierda, mientras tanto, se ha instalado en la moderación aparente. Incluso la izquierda emergente de Podemos raramente adopta la fórmula de "que hablen de mí aunque sea mal" (y cuando ocurre, es más por torpeza que por haberlo buscado). Aunque intenten tocar puntos sensibles, siguen apelando a una racionalidad política ilustrada, a una elegancia argumentativa heredada del ámbito académico en el que conservar unas formas firmes pero sobrias es tan o más importante que lo que se defiende. Iñigo Errejón, con sus asertivas llamadas al diálogo y el consenso, es el máximo ejemplo de esa vertiente de mantener las formas ante el ruido exterior. Mientras tanto, la derecha viral utiliza el verde fosforito y se tumba a esperar las risas de sus enemigos.

Es lo que hace el Joker en el clímax de la película de Todd Phillips (obviamente, a partir de aquí habrá spoilers). El presentador interpretado por DeNiro invita a Arthur a su programa no porque sea gracioso, no por su contenido, sino para reírse de él, de sus formas deformes. Puede que Arthur no sea la persona más inteligente del mundo, pero es capaz de entender por qué su ídolo quiere contar con él, así que utiliza su oportunidad par dar la vuelta a la situación. El Joker es el meme cutre del Partido Conservador: un personaje creado para ser motivo de burla que termina pegándole un tiro a quien se ríe de él.

Discutir la veracidad del contenido es inútil, o incluso pernicioso, si olvidamos que estos mensajes se viralizan por la forma

Es una situación común en la economía de la atención, como bien sabemos los periodistas. El manoseado 'clickbait' es tan solo una parte más de un panorama en el que rebajar el nivel del discurso puede resultar rentable. Basta con dar una vuelta por muros de Facebook, sugerencias de Google o distintos medios para comprobar que el nuevo lenguaje ya no el de la elegancia –blanco y negro, léxico elevado, figuras de estilo– sino el del ruido visual, la ambigüedad, la indignación. El fin justifica los medios y ser cutre es el camino más corto para que te hagan caso… como han comprobado todos esos juguetes rotos que murieron de su propio éxito.

La preocupación por las 'fake news' se sitúa en ese mismo paradigma, que da por supuesto que discutiendo el contenido y demostrando que es mentira es suficiente para detener la extensión del virus. Pero se olvida que este es un meme y, como los chistes, no han de ser verdad para ser graciosos. Discutir el contenido es inútil, o incluso pernicioso (al otorgarle legitimidad), si olvidamos que estos mensajes se viralizan por la forma. Decir "Pedro Sánchez es reptiliano" y compartirlo en redes crea un mundo en el que dicha ridícula posibilidad existe. Y si lo digo en Comic Sans, mañana toda España estará desayunando si Pedro Sánchez es reptiliano o no.

Mitologías
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