Esa persona no está deprimida, solo quiere tu dinero: la tristeza ha vencido a la felicidad

Años de pensamiento positivo nos ha hecho desconfiar de la felicidad impostada. Pero la tristeza, si se convierte en capital cultural, puede ser igual de falsa y peligrosa, si no más

Foto: ¿Es posible separar los sentimientos reales de los interesados? (Reuters/Shannon Stapleton)
¿Es posible separar los sentimientos reales de los interesados? (Reuters/Shannon Stapleton)

Imagínese que le abriese mi corazón y le contase cómo he pasado años sumido en la más profunda depresión, incapaz de levantarme de la cama, a veces llorando hasta caer rendido en una semiinconsciencia de la que solo despertaba si me pinchaba la ansiedad, a veces simplemente observando el techo en un coma existencial del que nada podía sacarme. Un texto largo, torrencial, con sus metáforas escatológicas colocaditas en su sitio y una catarata de términos médicos. Primera persona, sentimientos sin nombre, lugares comunes.

Sería mentira, y una atrocidad inmoral. Lo primero, porque no ha ocurrido, y lo segundo, porque sí ha ocurrido a otras personas que no son yo y que lo han pasado genuinamente mal. En caso de hacerlo, no obstante, nadie podría rechistar ante mi sincera trola. ¿Quién puede negarle a otro su tristeza? ¿Quién puede ser tan mezquino, arrastrado, cicatero y coloquinto (gracias, Haddock) para poner un clavo más en el terrible ataúd que suponen depresión, ansiedad o tristeza? ¿Quién responde cuando un amigo le dice "estoy mal" con un "no te creo"?

Las consultoras de 'marketing' animan a mostrarse triste, vulnerable o deprimido, porque genera más interacciones que un mensaje positivo

Es común hoy rechazar la felicidad como el mayor de los espejismos: años de sonrisas Profident y positividad a lo Mr. Wonderful nos lo han enseñado. Lo que era menos evidente es que la respuesta rebelde —en muchos casos saludablemente irónica: haber si me muero como se dice ahora [por si acaso: sic]— frente al imperio de la positividad puede ser igual de falsaria y peligrosa, si no más. Frente al vicio de fingir que estés feliz (aunque no lo estés), el confort de la tristeza, ese edredoncito debajo del cual se está tan a gusto.

Lo contaba esta semana 'The Wall Street Journal'. La palabra "ansiedad" ha sido utilizada tres veces más por influencers en redes sociales este año que en 2016. De entrada, positivo: compartir ayuda a curar. Lo que no suena tan bien es que, como explicaba una firma de marketing llamada Captiv8, se anima a los creadores de contenido (¡ah!) a mostrarse tristes, vulnerables o deprimidos, porque genera muchas más interacciones.

Reproduzco la opinión que en la consultora de consumo Front Row Insights tienen sobre el asunto este de ir de triste por la vida Instagram, porque no tiene desperdicio, especialmente si uno lo lee recitado con tonito corporativo:

"Con los millennials, todas las publicaciones en redes sociales mostraban una vida perfecta. Los criaron para encajar en el grupo. La generación Z está siendo educada por la X, que era muy independiente, y mola ser diferente. La gen Z es inclusiva, de mente abierta, y la vulnerabilidad es hoy capital social".

En román paladino, métele céntimos a la maquinita de la tristeza, que te dará fajos de billetes. El colmo de esta desfachatez emocional fue el mensaje publicado por Kendall Jenner el pasado enero, que, justo al lado de una fotografía en blanco y negro recién salida de la ducha (¡sinceridad! ¡flor de piel! ¡granos! ¡sentimientos reales!) confesaba lo duro que había sido para ella lidiar con los granos de la adolescencia. "Su batalla contra el acné", rezaba el titular de 'Harper's Bazaar', como el que habla de "batalla contra el cáncer" o "guerra contra el terrorismo".

Podía pasar desapercibido en una esquinita de la entrada de Instagram, pero el impactante testimonio de la modelo estaba patrocinado por Proactiv, una de las marcas más importantes de productos para la piel, que acababa de contratar a Jenner como su principal rostro. "Ansiedad", "inseguridad" o "indefensión" eran tres palabras que aparecían en su mensaje. Tres palabras que definen realidades dolorosas, pero que han pasado a convertirse en muletillas de celebridades.

Alardear de ansiedad es el nuevo mostrarle la mansión al 'Hola', sustituyendo el oropel por las miserias cotidianas, que generan más empatía

No veo mucha diferencia entre esto y esos reportajes donde la celebridad de porcelana de turno tipo Isabel Preysler abría las puertas de su casa al 'Hola' con una sonrisa radiante. Es lo opuesto, pero lo mismo. La única diferencia es que en lugar de darnos la bienvenida al oropel, las alfombras persas y las lámparas de araña, lo hace a las miserias cotidianas, al bajoncillo de mirarse al espejo al levantarse o el "he cogido unos kilitos", que siempre son más universales y generan más empatía que la última movida con Ambrosio, el mayordomo.

Flaco favor hace la gente triste 'ma non troppo' a los que verdaderamente padecen enfermedades mentales. Entre otras cosas, porque el contagio emocional existe, y de igual manera que la felicidad impostada genera lógicas reacciones opuestas que reclaman la tristeza como un derecho inalienable, no hay que perder de vista que incitar a regodearse en el dolor, cuando este trasciende la circunstancia personal y pasa a convertirse en capital simbólico para compartir en público, es peligroso. Cuando la tristeza es una competición, todos perdemos.

De la normalización al mercadeo

No dudo de que los niveles de depresión, ansiedad o simple furia se hayan elevado en los últimos años. No es un "a pesar", es un "puesto que". Puesto que somos más vulnerables, hay más demanda para mensajes relacionados con la vulnerabilidad. Si todos estamos tristes y ansiosos y descubrimos que los demás también lo están, primero encontraremos consuelo y más tarde negocio.

'Aquí le presento el trauma que arrastro desde 1984 cuando mis comapañeros se reían de mí por ir al colegio en Rolls Royce'. (iStock)
'Aquí le presento el trauma que arrastro desde 1984 cuando mis comapañeros se reían de mí por ir al colegio en Rolls Royce'. (iStock)

Me lo imagino de la manera más cínica posible: "Este año ha habido un 20% más de diagnósticos de depresión, así que debemos publicar un 20% más de mensajes relacionados con enfermedades mentales. Nuestro target del año que viene, los esquizofrénicos". Una parodia de la gente que realmente lo pasa mal. Con un 'plot twist': la gente feliz consume mogollón, sí, pero la triste también. En la cesta de Amazon llena se dan cita los melancólicos y los exultantes, que pueden ser los mismos en diferentes momentos del día.

Dirán 'sadfishing', ese término que nombra "una nueva moda en la que gente publica en redes sociales afirmaciones exageradas sobre sus problemas emocionales para generar simpatía y apoyo". No me termina de gustar, porque implica que hay uno que engaña y otro que es engañado. En realidad es más bien un circo de varias pistas, donde todos nos engañamos un poco a nosotros mismos y a los demás en la hoguera de las vanidades de los sentimientos prestigiosos. Muchas personas seguramente sigan viendo sus problemas como un tabú.

Susan Sontag apostaba por una desmitificación de ciertas enfermedades. Quizá no imaginaba que a ello le acompañaría una posterior mercantilización

Esto ha ocurrido toda la vida, como dicen los mayores: utilizar el sufrimiento como material creativo. Es la poesía confesional, la autoficción, los monólogos de los humoristas con su humor 'self-deprecating', que traduciría como "lo único que tenemos en común todos es ser conscientes de lo ridículos que somos". Era mi generación cuando ponía en su estado de Facebook una frase ambigua en plan “la vida es muy corta como para pasarla peleando con amigos falsos” para que ese amigo falso, ese puto amigo falso a quien iba dirigida la indirecta, se diese por aludido.

Los sentimientos negativos generan más respuestas que los positivos. Afortunadamente. El triste necesita caso y, salvo que viva rodeado de psicópatas, lo obtiene. Es una de esas cosas que nos concierte en humanos, como dicen los ñoños. Lo que resulta problemático es que los sentimientos negativos se conviertan en una herramienta para rebañar atención. Como sabía Susan Sontag, cada enfermedad tiene sus connotaciones. Sontag apostaba por una desmitificación de determinadas dolencias. Quizá lo que no podía imaginar aún es que a esta normalización le acompañaría una posterior comercialización, un mercadeo banalizador.

Me gustaría saber qué piensa Susan Sontag de todo esto. (Reuters/Alessia Pierdomenico)
Me gustaría saber qué piensa Susan Sontag de todo esto. (Reuters/Alessia Pierdomenico)

Hace no tanto, mostrarse triste era tabú. Hoy, en la medida en que el mundo moderno impone un exhibicionismo de nuestras emociones, todos tenemos que contar cómo nos sentimos. Lo importante no son los hechos —que carecen de valor, pues están ahí, al alcance de la mano— sino cómo nos sentimos respecto a ellos, que es lo que realmente nos define. En esa lucha de subjetividades, algunos sentimientos valen más que otros dependiendo de la atención que son capaces de reclamar. Y si la Jenner, con su horda de asesores de élite, habla de lo marginada que se sentía por tener acné y no de lo radiante que se encuentra tras haber encontrado una solución gracias al producto milagroso es porque precisamente la bajona le ha ganado la guerra al subidón.

Es un callejón sin salida, por supuesto, porque nadie, ni siquiera uno mismo, es capaz de saber qué siente realmente. En el mejor de los casos, aprendemos y utilizamos un puñado de conceptos o definiciones literarias para dar un nombre a esos estados de ánimo que no sabe si provienen de algún lugar recóndito de nuestro interior o han sido implantados por algún agente externo, ya sea la necia tele o las aciagas circunstancias. En el peor, somos incapaces de separar fascinación de amor, desprecio de odio, cariño de pena. Como para saber por qué estamos tristes.

Es imposible y peligroso intentar identificar al jeta emocional, pero no está de mal preguntarse si estamos mal de verdad o solo nos gusta parecerlo

La respuesta, por lo tanto, no es intentar separar el grano de la paja, distinguir al deprimido diagnosticado del triste jeta, trazar una línea de sinceridad en la arena. ¿A quién le importa la sinceridad? Es imposible separar auténticos de falsarios, medios de fines, intenciones legítimas de mercachifles, y hacerlo solo daría lugar a una caza de brujas emocional, como recordaba un reciente informe. Siempre podemos empezar por un autoexamen sincero e intentar descubrir si decimos que estamos mal porque realmente lo estamos, o porque estar mal nos hace sentir bien. O si somos uno de esos contados privilegiados que ganan dinerito impostando lágrimas de cocodrilo.

No todos podemos ser felices, pero tampoco todos debemos no serlo.

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