Las tres palabras más desagradables del español: "Cenita de Navidad"

Una carta abierta a todos aquellos que, por compromiso, nos obligan a pasar una fría y cara noche en un restaurante lleno de borrachos para suavizar nuestra mala conciencia

Foto: Largo viaje al final de la noche. (Reuters/Javier Barbancho)
Largo viaje al final de la noche. (Reuters/Javier Barbancho)

—Bueno, ¿habrá que ir pensando cuándo hacemos la cenita, no?

(Exabrupto hallado en el catálogo de frases cotidianas que anteceden eventos desafortunados)

Estimado amigo, escribo esta columna porque te quiero, te respeto y aspiro a que las cosas queden claras entre nosotros. Pensarás que soy borde, cándido, un hipócrita o que peco de excesiva sinceridad. Pero como es imposible ser todo eso al mismo tiempo, elegiré ser desagradable por acción que no por omisión: cuando alguien escribió en el grupo de WhatsApp las fatídicas palabras “cenita de Navidad”, me eché a temblar. No, este año no me engañáis.

No es que tenga ningún problema con las Cenas de Navidad canónicas, con el canon cochinillo-volavant-marisco comprado en octubre, con el rey o José Mota en la tele (a veces confundo sus programas especiales) y bebidas alcohólicas tan desagradables que solo pueden consumirse el 24 de diciembre porque tenemos que darnos un año de plazo para olvidar que el champán nos da asco. No, mi problema es con las cenitas. Algo que suele ocurrirme con todas las palabras disminuidas, signo claro de que estamos ante una versión descafeinada, 'lite' y 'low cost' del término del que derivan. Mejor arañar con un cuchillo una pizarra que “ita”, “ita”, “ita”.

Nuestra mala conciencia nos empuja a intentar solucionar en un día lo que no hemos hecho el resto del año, con aciagos resultados

El problema con las cenitas es que no vienen bien a nadie, generan conflictos que antes no existían y la recompensa emocional es limitada. Haga la prueba. ¿Alguien alguna vez ha dicho en un grupo de WhatsApp “qué fantástica idea esta de juntarnos 30 personas con distintos grados de amistad alrededor de una mesa y un menú inflado de precio una semana antes de Navidad para poder compartir tres horas con personas a las que no he visto en todo el año porque no me ha dado la gana?” No. La respuesta más común es “el viernes 6 no puedo, el sábado 7 tampoco, al finde siguiente me voy. ¿Qué tal os cuadra el lunes 16 por la noche?”

Y aun así, seguimos insistiendo porque nadie quiere ser el aguafiestas (es mejor cancelarlo de estrangis, el mismo día de la cena). Si odio las cenitas es quizá porque muestran la mala conciencia postcatólica que hemos desarrollado. Ya no nos sentimos mal por algún pecadillo mortal cometido en el pasado, un quítame allá poner verde a ese compañero, sino porque la publicidad estruja nuestra mala conciencia para vendernos licores, con aciagos resultados. Sí, me refiero a aquel anuncio de Rúa Vieja del “tenemos que vernos más”. ¡Y sobre todo beber, que eso no lo dicen!

Si todas las cenitas saltasen al mismo tiempo, la Tierra se saldría de la órbita del Sol. (Reuters/Susana Vera)
Si todas las cenitas saltasen al mismo tiempo, la Tierra se saldría de la órbita del Sol. (Reuters/Susana Vera)

Tengo malas noticias, amigas y amigos: sospecho que si no nos vemos más no es porque el internet nos haya frito las cabezas, porque seamos despistados o egoístas, o ni siquiera porque el opresor capitalismo nos sofoque día tras día hasta convertirnos en masas informes de cansancio y estrés incapaces de relacionarse con las personas a las que aman, aisladas en una cárcel de ensimismamiento y Netflix. No, cada día estoy más seguro de que no vemos a nuestros amigos simplemente porque no queremos. Y si lo hacemos, es porque un licor de hierbas nos lo echa en cara.

Tampoco me extraña, eh. Por una vez voy a hacer caso a la teoría del 'homo oeconomicus' y recordar que la inversión de tiempo, esfuerzo, dinero y resaca que solemos hacer en las cenitas no se corresponde con el resultado que obtenemos a cambio: cansancio, superficialidad y malos rollos. Pero es algo que suele ocurrir cuando uno deja que sus relaciones personales sean determinadas por la obligación, la mala conciencia y la convención social en lugar de por el placer. Porque si quedar con un amigo no es un placer, es que no es tu amigo.

Una historia universal de la cenita

¿Cómo empezó todo? ¿En qué momento decidimos que era buena idea atiborrar el calendario de diciembre, con el frío que hace y los gastos que tenemos, de quedadas con amigos, conocidos, familiares, compañeros de trabajo o la peña 'random' del grupo de WhatsApp para compartir Blablacar? ¿Por qué nos hacemos esto a nosotros mismos?

En esta época nos gusta abrazar las convenciones sociales para no tener que recordarnos que somos tan pasotas que nos merecemos morir solos

Supongo que simplemente es una consecuencia del legítimo deseo de ser personas, de seguir manteniendo nuestros lazos sociales y de esa cosa tan navideña que es abrazar las convenciones sociales, desde hacer el maldito amigo invisible hasta comer putas peladillas pasando, este el caso, por ver a las mejores personas en el peor de los contextos posibles. Simplemente, para no tener que recordarnos que el resto del año somos unos pasotas que como sigamos así vamos a morir solos.

Paso de la cenita de Navidad porque no quiero formar parte de unas negociaciones que ríete tú de la investidura para elegir día, hora, lugar, menú, intolerancias alimentarias, intolerancias personales, que Alberto al final no puede ese día y porfa vamos a cambiarlo, que Laura y su novio se caen a última hora, que si la abuela fuma (spoiler: es la noche en la que todos los que no fuman, fuman). Paso de la cenita de Navidad porque no quiero que nos sentemos en lados completamente opuestos de la mesa, paso de la cenita de Navidad porque no conozco tanto a Raúl como para intercambiar con él ningún comentario que supere el vocabulario de un niño de cinco años y porque Marco se abalanza sobre las croquetas como si no las hubiese visto nunca. Paso.

Paso de la cenita de Navidad porque tú y yo sabemos que cuando José se tome la segunda copa comenzará a insultar a Laura, y a estas alturas me gustaría oír la versión de Laura que, a su vez, estará en otra cenita de Navidad contándole a su grupo de amigas lo capullo que es José. Paso de la cenita de Navidad porque ya conozco el 'speech' de Juanjo sobre lo bien que le va, lo mucho que cobra y lo demasiado que liga. Paso porque seguramente tenga enfrente a Álex, al que no le va tan bien, no cobra tanto y liga mucho menos.

Y porque todos sabemos que el triunfador de Juanjo es simplemente un plasta con problemas de autoestima venido a más. A Juanjo le pasa como a todos, que nos va ni bien ni tan mal, ni tiene realmente ganas de vernos. Simplemente, está porque hay que estar. Paso de la cenita de Navidad porque saca lo peor de nosotros mismos, porque nos obliga a convertir en excepcional aquello que debería ser natural, a comercializar la amistad, a estresarnos aún más intentando acallar ese duendecillo que nos susurra que debemos cambiar en una noche todo lo que no hemos hecho a lo largo del año, como si nos acabase de visitar el Fantasma de las Navidades Pasadas, Presentes y Futuras en forma de spot lacrimógeno.

Pero de ti no paso, amigo. En enero, pégame un toque y nos tomamos un café. O no.

Mitologías
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