Por qué cada vez más gente vive sola si es tan caro: España y su gran broma final

Los que desean vivir solos no pueden, y los que querrían compañía, no la tienen. Un informe desvela las ironías en el acceso a la vivienda

Foto: Foto: Reuters/Albert Gea.
Foto: Reuters/Albert Gea.

Ni coches deportivos, ni ropa de marca (pero de marca, marca, no de Adidas), ni gastrobares caros, ni ninguna de esas chorradas que identificamos con el lujo por simple costumbre. Si me apuntasen con una pistola y me obligasen a identificar un rasgo que distinguiese al rico del pobre, al privilegiado de la purria –en la que me incluyo–, sería la posibilidad de vivir (bien) solo. No conozco amigo que no comparta piso, sea con progenitores, parejas, amigos o seres humanos al azar, lo cual dice mucho acerca de mi nivel socioeconómico. Y bien que está, que no estamos para aguantar ciertos ritmos.

Esta exclusividad ha terminado configurando el estereotipo del 'single' independiente, el antiguo 'playboy' venido a menos, una versión de bolsillo del 'yuppie' de los años ochenta pasado por el filtro de la precariedad. El rey de sus propios dominios, aunque estos a veces tan solo sean un “estudio” de 30 metros cuadrados. El único capaz de convertir su hogar en una proyección de su propia personalidad. Siempre y cuando su personalidad pueda reducirse a un cartel de 'Pulp Fiction', una mesa Tärendö en lugar de una Lack y una botella de Chivas Reserva que nunca abrirá, pero luce en la estantería.

El número de viviendas unipersonales no ha hecho más que aumentar en los últimos años. El perfil es el de una persona mayor de 65 años y mujer

El amo de su hogar decide quién entra y quién sale, a qué hora se come y se cena y, sobre todo, cuándo se friegan los platos. Como bien saben los universitarios con poco afecto por la salubridad, no hay nada que exprese mejor la autosuficiencia que la posibilidad de independizarse de la higiene. A mí con eso de vivir solo me ocurre como con la gente que se va una semana a la India y pasa años haciéndole el 'hinduismosplaining' a sus amigos, que solo he podido catar superficialmente tal experiencia transformadora y liberadora.

Ese es el quid de la cuestión. Si una de las grandes luchas de nuestro tiempo es la de recuperar el control, disponer de un espacio donde no haya que negociar nada –ni siquiera con un ser querido– es un privilegio al alcance de unos pocos. La mayoría estamos obligados a compartir, forzosa o gustosamente, esos contados metros cuadrados con personas que nos resulten al menos tolerables. Un dato del Consejo de la Juventud: los menores de 30 años deben destinar más del 90% de su sueldo para alquilar una vivienda ellos solos. O sea, que ni de coña.

Visto desde la perspectiva de los jóvenes, podría parecer entonces contradictorio que el número de viviendas unipersonales no haya hecho más que aumentar durante los últimos años. ¿Cómo? ¿Qué? ¿De dónde sale esa gente? La respuesta es más bien triste: no es más que otra consecuencia lógica del imparable envejecimiento de la población española. Es decir, la gente que vive sola no son 'singles' con picadero, sino ancianos (bueno, ancianas) de más de 65 años –quizá viudas, quizá simplemente solas–, por lo general en casas pequeñas y ruinosas que se han quedado solas.

Mundos que se cruzan

Lo cuenta el último informe 'Cuando la casa nos enferma' publicado por la Asociación Provivienda en colaboración con la Universidad Complutense. Si tuviésemos que dibujar un perfil de la persona que vive sola podría ser una mujer de unos 70 años, sin pareja, cuyos hijos (si es que los tuvo) hace décadas que abandonaron el hogar y que muy probablemente vive en el centro de una gran ciudad o una capital de provincias en un edificio antiguo. Se siente sola y hace tiempo que no ve a su familia. En definitiva, la clase de persona que podría morir y que pasasen meses sin que nadie la encontrase.

Muchas personas solas no lo suelen hacer en pisos pensados para una persona, sino en lugares vaciados, donde faltan parejas, hijos, familias

“Hay un elemento muy material en esa soledad, son casas que se convierten en cárceles”, me explica el investigador Thomas Ubrich, autor principal del estudio. “En muchos casos, estos pisos ni siquiera tienen ascensor. Si sufres problemas de vivienda, tienes 10 veces más riesgo de sufrir problemas de salud”. La soledad no deseada es una de las grandes epidemias de esta era, y sus efectos raramente son visibles.

Es la paradójica diferencia entre el solitario por placer y por obligación que tan bien recoge el informe. A los primeros, la posibilidad de vivir solos ya no les parece más que una 'boutade' de niños consentidos. Los segundos se han encontrado en una situación envidiada por los demás que ellos mismos quizá no deseen. Porque muchas personas que viven solas no lo suelen hacer en pisos pensados para una persona, sino en lugares vaciados, donde faltan las otras mitades. La del marido, la esposa, los hijos e incluso los padres. Cuántas personas han cuidado de sus progenitores, prometiéndose hasta el fin de sus días que nunca los abandonarían, para darse cuenta cuando mueren de que ahora son ellos los abandonados.

Los datos proporcionados por el informe describen bastante bien lo mal preparada que está España para afrontar esos problemas. Uno: el precio medio del alquiler de una vivienda unipersonal es un 15% inferior al de una pareja (750 frente a 862), lo que viene a decir que más vale mal acompañado que solo. Otro: hay 4,73 millones de personas viviendo solas, un 43,1% tiene más de 65 años y entre ellos, siete de cada diez son mujeres.

En otras palabras, el camino más corto para cumplir ese sueño 'millennial' que es vivir solo es quedarte solo. Porque me parece demasiado feo escribir que el camino más corto para la independencia en vivienda es que se muera tu pareja o heredes de tus abuelos. No es ni un privilegio ni un lujo. Es el castigo del tiempo del que nadie puede escapar.

Hay una España languideciendo en casas donde nadie sabe quién vive. Luego nos asustamos al encontrar cadáveres olvidados en pisos vacíos

No es lo mismo estar solo que sentirse solo, pero lo primero es un claro atajo hacia lo segundo. El informe recuerda que dos de cada diez personas que viven solas afirman haberse sentido de esa manera “muchas veces al año”, cuatro veces más que el conjunto de la población vulnerable. Vivir solo no es conquistar un reino, sino desaparecer de la vista de los demás, comenzar a convertirse en un fantasma. Hay una España languideciendo en casas donde nadie sabe quién vive. Y luego nos llevamos las manos a la cabeza cuando nos enteramos de que hay cadáveres en esas cárceles urbanas.

Sumando dos más dos, la lógica es palmaria. Si unos no quieren estar solos y los otros quieren independizarse, que se junten. Es uno de los programas que ha puesto en marcha Provivienda, que intenta juntar a personas en necesidad mutua para aliviar sus respectivos dramas. “Una opción sería que uno de estos ancianos ofreciesen parte de su vivienda a un joven”, añade Ubrich. “Aún no tenemos compañeros de piso con esa diferencia de edad, pero lo estamos pensando”.

Pero la realidad no siempre funciona así, claro. La realidad la modela el tiempo, que poco a poco va cercenando vidas, destruyendo familias y deteriorando edificios, como si estos quisieran hacer justicia al Poe de 'La caída de la casa Usher' reflejando la decadencia de sus habitantes. A la realidad la modelan también los deseos, que tan difíciles resultan de satisfacer, esa voz íntima que no nos susurra “¿vivir con un viejo? No”. Y no hay deseo mayor que paralizar el tiempo. Es decir, vivir a nuestra bola y olvidarnos de que la soledad nos llega a todos tarde o temprano.

Mitologías
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