El mejor libro del año lo ha escrito mi jefe

Es más fácil que te toque el Gordo que tu novela preferida del año sea escrita por alguien a quien conoces. Y, sin embargo, es común. Bienvenidos a la era de las afinidades interesadas

Foto: ¿Me lo firmas, Angela? (Foto: Reuters/Philippe Wojazer.)
¿Me lo firmas, Angela? (Foto: Reuters/Philippe Wojazer.)

La democratización de las industrias culturales (que no de la cultura) viene a consistir en que todos tenemos un amigo, novio, amante o familiar lejano que ha publicado un libro, grabado un disco o montado un proyecto multiplataforma multidisciplinar 3.0 en los últimos 12 meses. Algo inútil la mayor parte del año, cuando no engorroso (¡presento mi libro el miércoles! ¡toco el jueves! ¡performo el próximo viernes!), menos en estas fechas tan entrañables, cuando resulta apañado.

Le pides a tu colega un cargamento de 10 libros, le pasas una lista de 10 nombres a quien dedicar y quedas de lujo tanto con él como con los amigos invisibles, familiares y deudores a quien se los encasquetas junto al discurso de es muy exclusivo – es de mi colega – te lo ha firmado, mira. Porque todos sabemos que una mala novela dedicada se convierte en una mala novela que además estás obligado moralmente a leerte.

Pues claro que es un producto limitado, si la tirada es de 100 copias.

Pues claro que está firmado por el autor, si es tu primo.

Obvio que pensáis igual. Coméis juntos, os entrevistáis mutuamente, os presentáis los libros y os acostáis con las mismas personas

Sigamos. El otro día cacé una conversación en una célebre red social en la que una buena persona-del-mundillo de la cultura presentaba su listado con sus nosecuantos libros preferidos de la temporada. Lo típico: el libro de moda, el libro que parece que no está de moda pero luego sí, el libro que aún no hemos leído pero por el que hay que apostar no vaya a ser, uno de ciencia-ficción pero para listos, un ensayo de 1.000 páginas, uno sobre 'fake news', un joven emergente y algún libro de la editorial que te publica (o donde, en su defecto, aspires a publicar). Todos se pueden resumir en algo. Son o libros de colegas o libros que le gustan a colegas.

En esto que aparece otra persona-del-mundillo de la cultura –cultura no sé si hay, pero personas del mundillo, mogollón– y alaba su gusto como solo lo podría hacer alguien del siglo XXI: “¡pero si es casi igual que la mía!

Dentro imagen:

Pues claro que es igual que la tuya. Coméis juntos, salís de fiesta juntos, os entrevistáis mutuamente, os presentáis los libros y os acostáis con las mismas personas. Lo raro sería que metieseis cosas diferentes. Lo que también tenéis en común es carecer de ese elemental sentido del pudor que te hace ver que la coincidencia no es una muestra de soberbio criterio, sino el signo más evidente de una galopante endogamia.

Gracias a la visibilización de las palmaditas en la espalda que ha propiciado internet, el mundillo cultural ha terminado convirtiéndose en el peor ejemplo del 'networking' perpetuo en el que vivimos donde cualquier decisión de consumo, halago profesional o interés personal está determinada por el potencial rédito que se pueda extraer, desde el ambicioso contrato de tu vida hasta que un día te hagan la pelota a ti.

Que dirás tú: yo no soy así. Pues claro que no. La clave del asunto aquí es que todos somos un poco trepas y no lo sabemos.

El huevo y la gallina de las camarillas

¿Qué viene antes? ¿Nos recomendamos los unos a los otros porque nos conocemos o nos conocemos porque nos recomendamos los unos a los otros? ¿Qué fue primero, la admiración o el interés? ¿Acaso le importa a alguien? ¿Por qué plantear siquiera una pregunta tan incómoda?

Es estadísticamente imposible que el mejor libro del año lo haya escrito tu colega. Es más fácil que te toque el Gordo

Vivimos en tiempos de escasez emocional, pero hay algo de lo que nadie se priva hoy en día: hasta los más tontos tenemos cuatro amigos que nos recomendarán publiquemos el truño que publiquemos, porque saben que nosotros haremos lo propio con ellos. Los periodistas somos el mejor ejemplo con nuestra depurada habilidad para calcular estratégicamente nuestras relaciones, amistades y recomendaciones. Quien no es de los nuestros está contra nosotros.

El peloteo moderno es un reflejo de aquello que decía Thorstein Veblen de que cada grupo social tiende a comportarse como lo hacen el inmediatamente superior o, por lo menos, como ellos creen que lo hacen. En otras palabras, la era 2.0 ha propiciado una popularización de los mecanismos de peloteo, elitismo y autoperpetuación que ni la aristocracia vienesa del siglo XVIII.

'¡Tu libro sí que es bueno!' 'No, el tuyo es mejor, ¡artista!' (iStock)
'¡Tu libro sí que es bueno!' 'No, el tuyo es mejor, ¡artista!' (iStock)

Porque simple y llanamente, no puede ser. Es imposible que uno de los mejores libros del año lo haya escrito, mira por dónde, tu colega. Es estadísticamente más probable que te toque el Gordo que de, entre los cientos de miles de libros que se publican al año en España, el bueno, bueno, aquel que nos descubre rincones ocultos de nuestra alma anteriormente inexplorados, sea el del tipo o tipa con el que te vas a tomar una caña cuando salgas del curro.

Es una reducción al absurdo, claro. La lógica nos dice tres cosas. Una, que si alguien de nuestro entorno inmediato decide obsequiar al mundo con un producto de su imaginación, qué remedio, tenemos el compromiso de prestarle atención. Dos, que el tiempo es limitado, así que es normal que comencemos fijándonos antes en nuestro entorno inmediato que con un emergente vietnamita. Tres, que si somos una persona-del-mundillo y un libro nos ha resultado interesante, terminaremos acercándonos al autor por afinidad, iniciando un proceso de ósmosis que terminará concluyendo en esas repugnantes relaciones simbióticas en las que el interés profesional es pasado por el barniz brillante pero falso del compañerismo.

En lugar de ampliar horizontes, nos hemos metido en un laberinto de espejos en el que los nombres de siempre recomiendan a los nombres de siempre

Y en esas estamos, en la edad de las afinidades selectivas, que en lugar de ampliar nuestros horizontes descubriéndonos rincones oscuros de nuestra realidad, ha conseguido introducirnos en laberintos de espejos donde los mismos nombres de siempre recomiendan a los mismos nombres de siempre. Una parcelita para todos, por pequeña que sea. Un lugar en el cielo para los bien agradecidos. Y todo ello, porque las redes sociales o los suplementos dominicales no están obligados a introducir, como sí ocurre con las investigaciones científicas, todo posible conflicto de intereses. Ojalá poder leer “'El silencio de los mudos' es una gran novela, y además, el autor es mi padre”.

A nadie le importan las listas. La gente compra lo que ve en las marquesinas de los autobuses, lo que dicen en la tele o lo que haya buscado en Google. Una muestra más de que el festival de exhibicionismo que son las listas de fin de año tiene como únicos destinatarios a nuestros colegas, ya sea tanto para alabarles sutilmente como para mostrar que nosotros compartimos su buen gusto. Cuando recomendamos un libro, nos recomendamos a nosotros mismos.

Así que mi elección este año ha sido mi jefe. Porque él se lo merece, porque es un crack, un artista, un fiera, escribe como los ángeles, lee el futuro como un Verne y narra el pasado como un Galdós. Hay enjundia hasta en los márgenes blancos de la página. Compren su libro, corran, corran, no se arrepentirán. (Y que me suba el sueldo)

Mitologías
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