Viviremos en Yayolandia: ¿y si España va camino de convertirse en el Gran Tokio?

No es solo el campo o el centro de las grandes ciudades: los municipios del extrarradio comienzan a enfrentarse al envejecimiento de la generación que las inventó

Foto: La realidad produce metáforas manidas. (Reuters/Marcelo del Pozo)
La realidad produce metáforas manidas. (Reuters/Marcelo del Pozo)

Charlton Heston se arrojaba de rodillas a la arena de la playa y gritaba "¡lo habéis hecho, yo os maldigo!" tras toparse con la Estatua de la Libertad al final de 'El planeta de los simios'. Yo hice lo mismo estas navidades (mentalmente, claro, que el asfalto es duro), cuando vi convertido uno de los garitos de mi adolescencia en un centro de día para ancianos. La realidad impone metáforas facilonas. El lugar del hedonismo juvenil donde pasábamos la noche se ha convertido en sede de ese reposo diurno que antecede al descanso eterno.

No ha sido un apocalipsis nuclear el que ha cambiado el panorama urbano de Móstoles, ciudad dormitorio reconvertida en ciudad geriátrico, sino otro holocausto tan inexorable como la ceniza radiactiva, solo que más gradual y, por ello, más silencioso e invisible. El lento envejecimiento de una población que, en su mayor parte, se asentó en estas ciudades huyendo —del paro del campo, de los precios crecientes de la ciudad— hacia ningún lugar, que terminó convirtiéndose en su hogar.

La capital era el lugar lleno de ancianos jugando a la petanca y bares atestados de carteles de corridas. Ahora donde se juega a la petanca es en la periferia

Es como ese momento en el que te das cuenta de que tus padres se han hecho ancianos, una inesperada epifanía que contradice el infantil pensamiento de que todo lo que conociste en tu juventud fue, es y será siempre igual, congelado en un recuerdo que apenas varía. En las últimas navidades he comprobado cómo los andadores han comenzado a proliferar en el barrio, las discotecas se han convertido en clínicas dentales y la cultura juvenil gamberra, algo chapucera, de ciudad dormitorio ha derivado en la tranquilidad de la homeostasis de clase media.

En mi cabeza, el emergente y creciente Móstoles siempre fue el universo de la eterna juventud frente a la vetusta capital, Madrid. Lógico: era la vida de mis padres treintañeros (y luego cuarentones, y cincuentones, y ahora jubilados) frente a la de mis abuelos. La propia geografía urbana lo contaba a cada paso. Pisos de reciente construcción, amplias avenidas y colegios con nombres de barrios aún inexistentes frente a las calles estrechas y empinadas con baldosas agrietadas, abuelos jugando a la petanca y bares atemporales atiborrados de carteles de corridas de toros y hazañas del Atleti de Luis Aragonés. Otro mundo con una larga historia —que yo no había vivido— a sus espaldas.

Las migraciones de la petanca. (iStock)
Las migraciones de la petanca. (iStock)

Ahora es en Móstoles donde se juega a la petanca y Madrid, el destino anhelado. Los graffitis de la ciudad dormitorio se han borrado, el botellón ha sido erradicado, la guerra ha terminado. Desde mi perspectiva de emigrado de la ciudad dormitorio a la capital, el paraíso juvenil que era la periferia en los años noventa se ha extinguido y sus hijos se han exiliado o, simplemente, han montado una familia en el PAU. La urbe adanista, donde todo estaba por inventar, se ha enfrentado por primera vez al paso del tiempo.

En el paseo por la emergente Yayolandia abundan las conversaciones sobre jubilaciones acechantes o consumadas, achaques emergentes, preocupaciones imprevistas por ojos, dientes y espaldas. Que nadie se equivoque: no estoy en contra de la vejez, de igual manera que no estoy a favor ni en contra del sol, la lluvia o el paso de las estaciones. Solo el estúpido que sueña con morir joven es capaz de despreciar el éxito que es llegar a viejo, con la cantidad de cosas que matan en este siglo XXI.

El índice de envejecimiento ha pasado del 98,61 al 123,30 en menos de un lustro

Los procesos de envejecimiento son tan antiguos como el sol, valga la redundancia. La gran pregunta en este caso es qué ocurre cuando quien se enfrenta a su declive es una ciudad sin historia, aparentemente desarraigada, nacida y desarrollada a velocidad de la luz, donde comercio y servicios se han adaptado a ese mismo ritmo para dar respuesta a su crecimiento, desarrollo y consolidación. Donde el lugar donde siempre se soñaba con el futuro se ha convertido en un almacén de pasado: el índice de envejecimiento en Móstoles ha aumentado desde un 98,61 en el año 2014 a un 123,3 en 2018. Una burrada.

En otras palabras, ¿qué pasa cuando la periferia comienza a morir? Japón puede tener la respuesta.

Centrifugadoras y centripetadoras

En el año 2015, el periodista japonés Atsushi Miura publicó una serie de artículos en los que explicaba el envejecimiento de la sociedad japonesa a través del revelador ejemplo del Gran Tokio, las tres prefecturas (Kanagawa, Saitama y Chiba) que rodean la capital nipona. La aritmética: en los años anteriores, la gran ciudad habría crecido en más de 350.000 personas mientras que sus regiones colindantes, homólogos de la ciudad dormitorio española, habían visto cómo la población joven disminuía sensiblemente.

El típico hallazgo de nueve cadáveres en una casa de Kanagawa. (Reuters/Kyodo)
El típico hallazgo de nueve cadáveres en una casa de Kanagawa. (Reuters/Kyodo)

La historia de dichas prefecturas es sospechosamente parecida a la de la segunda parte del desarrollismo urbano español, la de la época de la Transición. Dichas regiones comenzaron a crecer a comienzos de los años 80, después de que el aumento de la población de Tokio capital tocase techo, encareciendo los precios y expulsando a los jóvenes trabajadores al extrarradio. Kanagawa, Saitama y Chiba fueron sus destinos.

Los hijos de esa generación, explicaba el autor, se criaron viendo cómo sus padres pasaban casi una hora y media en el transporte público para llegar a sus lugares de trabajo (y vuelta). La respuesta generacional ha sido el retorno de los hijos pródigos a la capital y el vaciado de dichos lugares. Tokio sigue siendo igual de cara, pero ha encontrado una solución para el problema de la escasez de espacio: los pisos de nueve metros cuadrados a precio de sangre de unicornio. ¿Les suena?

La diferencia con otras migraciones es que la ciudad dormitorio no suele generar las mismas vinculaciones emocionales que el pueblo o el barrio

El panorama resultante ha sido el de la "fantasmización" de estas regiones de la periferia, en las que "los residentes que vivían en las afueras están muriendo sin ser reemplazados y muchos de sus hijos se han mudado a las ciudades donde trabajan". Barrios degradados, que han perdido servicios (colegios, policía, comercio) y que se están enfrentando a un paulatino declive y marginalización. Es el final de los suburbios nipones, el declive del extrarradio.

El viaje del héroe

La situación es muy distinta en España, obviamente, pero el relato japonés puede leerse como uno de esos hipotéticos futuros alternativos que pueden darse. Madrid funciona más bien como centrifugadora-centripetadora, atrayendo a los que se pueden permitir a su núcleo absoluto y lanzando a las clases populares mucho más lejos de los límites del extrarradio urbano, a la provincia de al lado.

El metro de Alameda de Osuna, en Alameda de Osuna. (Javier Casado Tirado/CC)
El metro de Alameda de Osuna, en Alameda de Osuna. (Javier Casado Tirado/CC)

Uno de los destinos habituales son los PAU, que encarnan hoy aquello que el nuevo ministro Manuel Castells definió como "el dorado exilio suburbano de jóvenes familias de la nueva clase media" refiriéndose a Alameda de Osuna. La ciudad dormitorio no envejece en su totalidad. Lo hacen los viejos barrios de creación setentera que albergaron el gran 'boom' de la migración de la época, mientras que las nuevas familias se acumulan en su cinturón exterior. La diferencia con otros movimientos migratorios es que la ciudad dormitorio no genera las mismas vinculaciones emocionales que el pueblo o el barrio, por lo que lo práctico se termina imponiendo.

Volver a 'Ciudad, democracia y socialismo' de Castells es útil para entender esa evolución de gran parte de la sociedad española que, a su manera, refleja el viaje del héroe de Joseph Campbell. El retrato que realiza de la obrera Leganés, la única ciudad del extrarradio que recoge, es casi heroico. Se trata, explica, de una localidad que crece de 10.000 habitantes a 180.000 entre 1965 y 1977. "La práctica enseña rápidamente a los madrileños periféricos que un barrio no se reduce a una casa donde vivir. Y que se necesitan escuelas, dispensarios, comercios, transportes, jardines, etc.".

La aparente ausencia de identidad de la ciudad dormitorio debida a su pragmatismo es su victoria y su maldición

El capítulo recoge la lucha de los vecinos por conseguir todos esos servicios. La manifestación multitudinaria para reclamar ambulatorios, el enfrentamiento con la policía tras un atasco que les impedía entrar en Carabanchel, el hito de diciembre de 1976 cuando el clamor de 20.000 personas provocó la apertura de nuevos colegios. Es el prólogo al extrarradio que conocí, una época heroica de juventud y lucha que consiguió convertir la pradera en civilización, utilizando el símil del lejano Oeste.

Quizá por ello la periferia actual se parezca más a aquel retrato que se hacía de Alameda de Osuna, la región domesticada del exilio urbano. Se han ganado muchas guerras: la del paro, a través del esfuerzo y las renuncias de una quinta que se asoma a su jubilación; la del abandono, a través de la lucha cotidiana; la de la clase social, a través del ascensor de la educación. Ahora queda el retiro y el descanso del guerrero. Un Yayolandia largamente merecido, como Clint Eastwood retirado en su granja.

¿Qué quedará de todo eso dentro de 20, 30, 40 años? ¿Ocurrirá lo mismo que en el Gran Japón, y se vaciarán esas ciudades tras la muerte de la generación que la conquistó y la transformó? ¿La abandonarán sus hijos al sentir que no pertenecen a un lugar que quizá siempre fue de paso? Primero obrera, luego de clase media, primero joven, luego anciana, la aparente ausencia de identidad ligada a aquel pragmatismo obligado del pionero, en el que la ciudad se transforma día tras día según las necesidades de sus habitantes, como el cuerpo humano que muta todas sus células pero sigue siendo el mismo, es su victoria, pero también su gran maldición.

Mitologías
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