Que no te engañen: los ricos no tienen nada y los pobres, demasiadas cosas

Entre los defensores del minimalismo, del "vive mejor con menos", late un nuevo moralismo que olvida que solo quien tiene mucho puede permitirse vivir sin nada

Foto: Foto: Reuters/Andrea Comas.
Foto: Reuters/Andrea Comas.

Aún sigue sorprendiéndome la cantidad de objetos que el mendigo de la glorieta es capaz de concentrar entre los cuatro cartones, dos paraguas y un plástico que son su hogar. Periódicos deportivos de la temporada pasada, botellas de Coca-Cola vacías, cajas de electrodomésticos que se convierten en muros antiviento. Nuestra basura son los pilares de su hogar. Cuando no tienes nada, cualquier objeto adquiere un gran valor. Los desechos solo están en los ojos que los miran.

Este buen hombre aún no se habrá enterado de que el estilo de vida del futuro es el minimalismo. Y eso que puede parecer su epítome: despreciar lo material, aprender a vivir con menos, sacar el máximo partido a cada una de nuestras posesiones, como él hace con sus botellas corroídas y el 'Marca' del año pasado.

Vivir mejor con menos se ha convertido en el lujo de los nuevos ricos, cuyas principales ventajas (contactos, formación, cultura) son inmateriales

Esta semana ha circulado un fragmento de 'The Longing for Less. Living with Minimalism', del periodista neoyorquino Kyle Chayka. Su tesis es que el minimalismo se ha impuesto en nuestras vidas no solo porque hemos descubierto que el consumo no da la felicidad, sino por un “inevitable cambio cultural y social que responde a la experiencia de vivir en el siglo XX”.

Austeridad económica, inestabilidad laboral y vital, un planeta devastado por la contaminación e individualismo son los pilares en los que se apoya esta tendencia a ser felices con menos.

Será en Brooklyn, donde vive Chayka, o en Shoreditch, el barrio 'hipster' londinense que utiliza como ejemplo. En el mundo real, falta mucho para que el minimalismo se democratice. Este, entendido como “menos es más”, es tanto en la mayor parte de España como en cualquier lugar de EEUU que no sea Brooklyn la mayor expresión del lujo de los nuevos ricos. Esta gente como Mark Zuckerberg, que compra toda la ropa igual para no tener que decidir cada mañana qué ponerse.

Recuerden a Groucho Marx: “Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna...” Comparen cómo eran las casas de los famosos del 'Hola' antes y ahora. Las nuevas celebridades ya no petan la la mansión familiar de retratos ecuestres, miniaturas exóticas y tapices del siglo XV. Ahora parece que acaban de desempaquetar de su caja un casoplón blanquito, diáfano y elegante, sin lujos “porque-no-nos-gustan-los-lujos”. Lo suyo es nadar entre cachalotes o hacer 'puenting' en un volcán o chorradas semejantes.

Y tienen unos cuerpos que te mueres. Unos culos turgentes, unos abdominales cincelados por Miguel Ángel (el 'personal trainer' más caro de Madrid), una dentadura que no ha conocido gramo de azúcar y, sobre todo, unos pelos flipantes. Cabelleras espesas, perfectamente diseñadas, tupidas como una tarta de selva negra. Auténticas genialidades capilares. Ese es el lujo en los tiempos del minimalismo. No tener cosas, ni siquiera tener pocas cosas pero buenas, sino convertirse uno mismo en el producto. No tener nada, pero tenerlo todo.

Lléneme el plato, por favor

“Cuando no tienes nada, no tienes nada que perder” es el mantra dylaniano inspirado por el carácter errante y aventurero de la generación beat que inspiró las ansias de la libertad de la generación 'baby boomer'. Es el misma que el del pijo que ahora se coge una mochila (cara), sus deportivas (de 200 euros) y ropa de batalla (de Coronel Tapiocca), se recorre 20 países en vías de desarrollo en seis meses, confunde una indigestión de especias picantes con una epifanía, y vuelve diciendo que es muy fácil vivir sin tener nada. Que lo bonito es la experiencia, que los niños pobres sonríen mucho.

Solo un privilegiado puede pensar que es posible vivir sin las ataduras de lo material

Porque lo que no tienen las nuevas clases altas quizá sean objetos materiales, pero sí poseen ventajas inmateriales que jamás podrán tirar a la basura. Tienen carreras y posgrados, tienen contactos, tienen capital cultural, tienen varios ceros en la cuenta corriente; así, yo también presumiría de lo bien que se vive sin tener nada. Como esas psicotrónicas familias que aparecen en el programa de Marie Kondo y que quieren limpiar su mansión de 1.000 metros cuadrados y cuatro pisos porque han descubierto después de gastarse millones de dólares en ropa que lo material no los hace felices.

Quien no dispone de ninguna de esas ventajas inmateriales se refugia en lo físico, en adquirir productos que se pueden observar, oler y tocar. Son el símbolo que muestra que todo ese esfuerzo a lo largo de los años y las décadas, todas esas renuncias, han servido para algo, los testigos de una vida de abnegación. La obsesión de muchos ancianos por esa cubertería de plata que quieren legar a sus nietos no es fetichismo, como lo podría suponer algún mamarracho minimalista, sino la concreción física del orgullo de haber trabajado para tener algo que dejar.

'Does this mesa camilla spark joy?' (@MarieKondo)
'Does this mesa camilla spark joy?' (@MarieKondo)

Será porque pasamos una guerra civil y hambre, pero España siempre ha sido más bien maximalista. La acumulación es uno de los signos distintivos de la era del desarrollo y la democracia: barroquismo decorativo en el aparador, 'horror vacui' en el salón de estar y platos rebosantes a la hora de comer en casa de la abuela, por si vuelve la guerra. La España de nuestros padres y abuelos se convirtió en la primera que vio cómo la posesión de objetos se democratizaba, tras un pasado de paredes blancas. La frugalidad es inaceptable para quien no ha tenido nada.

Que no, que a nosotros no nos engañan. El buen menú es ese que llena la sopa hasta los bordes, el filete que rebasa los límites del duralex. ¿Qué es eso de platos grandes para comidas pequeñas? Gastronomía, pero también música o literatura, que Steve Reich aún no ha salido en la gala de Nochevieja de TVE. Piensen en las características que definen al 'best seller'. Muchas páginas y con letra bien prieta, para que la compra nos dé por lo menos hasta el final del verano. Muchas descripciones, muchos diálogos, parrafazos llenos de narración. Más vale que sobre que no que falte.

En tiempos de duda e inestabilidad, los objetos nos aferran a la realidad, al pasado, a las certezas de que venimos de algún sitio

Por mucho que diga la Kondo, resulta difícil renunciar a la carga emocional que poseen los objetos. Para quien no tiene mucho, cada posesión adquiere un valor mucho mayor. Es una sensiblería de clase baja repudiada por los nuevos minimalistas, que olvidan que en tiempos de duda e inestabilidad las cosas, los lugares y las personas –un rostro conocido, una voz olvidada, el reloj de la abuela– nos aferran a la realidad, al pasado, al tiempo, a las certezas de que venimos de algún sitio.

Es fácil aceptar que hay que meter a un familiar dentro de un ataúd para ser incinerado, pero resulta mucho más difícil vaciar su casa y tirar sus posesiones a la basura, como si estuviésemos enviando a una trituradora los últimos vestigios de su alma. Esos recuerdos físicos que mostraban de dónde venían, toda una biografía material.

Una lectura moral(izante)

En los discursos modernos sobre el minimalismo late un obvio componente moralizante. La idea “vivir con menos es mejor” implica que “vivir con más es peor”, y que quien no acepte esta máxima es un pecador del siglo XXI. Lo defienden con la fe del converso, como ilustra Chayka con ejemplos de 'instagrammers' y blogueros entregados a la causa minimal: como el abstemio nacido de las llamas del alcohólico, la mayoría de estas figuras descubrieron que la adicción a las compras no les proporcionaba ninguna felicidad. Y que, por lo tanto, toda relación con los objetos es enfermiza.

Es paradójico que en una sociedad consumista, lo material se vea tan mal. Tal vez se deba a que hemos pasado de una economía del producto a otra de la experiencia, que es en lo que hoy se nos dice que debemos gastar el dinero. Es cada vez más común que se culpabilice al nostálgico de tratarse de un materialista sin escrúpulos, un contaminante acumulador de basura con la que tendrán que cargar otros.

La realidad es que los ricos no son materialistas porque pueden permitirse no serlo. Es el opuesto a la economía del pobre de posguerra, que guardaba lo que no servía porque presentía que en algún momento lo podría reaprovechar, aunque fuese en forma de juguete o apaño de bricolaje. La acumulación era una respuesta a la escasez, en la que estabas obligado a buscar segundas o terceras vidas a cualquier objeto. En la economía del rico, es absurdo conservar nada para el futuro. Si lo necesitas, simplemente lo compras.

El minimalismo nos lo han vendido las grandes marcas del turbocapitalismo, como Ikea o Apple y su máxima de “cuanto menos, mejor”. Eso sí, caro

El minimalismo, de hecho, ha entrado en nuestras vidas a través de grandes cadenas del turbocapitalismo. Minimalismo son los muebles escandinavos de Ikea, cuyas líneas rectas y superficies luminosas son la némesis espiritual del barroco popular de la cómoda ibérica. También, el diseño austero pero 'cool' de Apple, que parte del principio de “cuanto menos, mejor”. O, como lo reformula el periodista neoyorquino, Steve Jobs nos enseñó que “es mejor no tener un sofá si este no es lo suficientemente bueno”. Hay que comprar tan solo lo mejor, lo duradero, lo eterno. Poco y bueno.

Como hacen los ricos, como no hace el mendigo de la glorieta, que no ha entendido los principios de esta nueva era. En los áticos vacíos que se ciernen sobre él en la acera de enfrente, llenos con la insultante frugalidad del minimalismo, podrían caber varias casas de papel como la suya. En ellos vive gente que solo posee abstracciones, como un familiar en el ministerio, una cifra elevada en la cuenta corriente o un posgrado en Harvard.

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