Los consumidores de empleos o por qué trabajar en lo que deseas es un lujo

Carlos sentía una gran vocación profesional. Tanta, que dedicó tiempo, dinero y esfuerzo —al principio sobre todo dinero, luego esfuerzo— a conseguir su puesto soñado

Foto: Foto: Reuters/Susana Vera
Foto: Reuters/Susana Vera

Carlos sentía una gran vocación profesional. Tanta, que dedicó tiempo, dinero y esfuerzo —al principio sobre todo dinero, luego esfuerzo— a conseguir su puesto soñado en el mundo de la publicidad. Tanta, tanta vocación, que se sentía cada vez más frustrado ante las concesiones que debía hacer día tras día.

Tanta, tanta, tanta vocación que en apenas un par de años se había deprimido, recuperado la ilusión, quemado, abandonado el mundillo y se había matriculado en una nueva carrera. Ahora es (moderadamente) feliz como dentista. No porque le apasione, sino porque ya no tiene que lidiar a diario con la paradoja de ver cómo su vocación se convierte en una fuente de insatisfacción.

La vocación está cada vez más reñida con la profesionalidad. Los primeros están dispuestos a hacer concesiones, los segundos no

Lo he visto una y otra vez. La gente que más rápido suele quemarse en entornos laborales, sobre todo creativos —si es que no lo son ya todos, en la medida en que siempre exigen al empleado un esfuerzo imaginativo— es la que más ha invertido emocional y económicamente. Lo mismo funciona en el sentido opuesto. Los supervivientes son (somos) aquellos que mantienen una relación casual con su trabajo. Los que marcan las distancias.

Si he aguantado más de una década en el mundo del periodismo probablemente sea porque nunca quise ser periodista. Nunca vi el cielo abrirse leyendo a Kapuściński, nunca me creí la mitología del reportero maldito. Eso no quiere decir, por supuesto, que me dé igual, que no respete el oficio o que no intente hacer mi trabajo bien. Otra cosa es que haya comprometido otras facetas de mi vida por él.

Según mi experiencia, la profesionalidad está paradójicamente cada vez más reñida con la vocación. El profesional —tal y como yo lo entiendo— es aquel que desea que el resultado final sea bueno, pero también que el proceso por el cual se llega al mismo sea decente. Los mejores profesionales con los que me he encontrado suelen ser exigentes, pero no injustos. No toleran el trabajo en malas condiciones, la explotación para alcanzar objetivos inalcanzables, la chapuza o la intromisión del trabajo en la vida personal. El profesional puede parecer despegado, poco ambicioso, pero nunca pierde la perspectiva.

¡A echar horas! (iStock)
¡A echar horas! (iStock)

La trampa de la vocación es que exige muchos más compromisos y renuncias que la gris y monótona profesionalidad. ¿Hace falta quedarse hasta las doce de la noche? Habrá que arrimar el hombro y quedarse. ¿Hay que trabajar rápido, mal y cobrar poco? Bueno; es de lo nuestro. ¿Debemos rebajar el listón y aceptar las chapuzas? Por supuesto. Algún día haremos el trabajo bueno, el trabajo que nos gusta, el trabajo para el que estamos predeterminados. Las campañas prestigiosas, los grandes reportajes y el papel de nuestras vidas. El premio, como el cielo cristiano, se encuentra en algún lugar del horizonte.

Como el amor. Cuando uno está locamente enamorado es capaz de hacer cualquier cosa, aunque sea perjudicial para sí mismo y los que le rodean. El sacrificio está justificado en la medida en que nos acerque a nuestro objeto de deseo. La alternativa es el amor cotidiano, de larga duración, quizá demasiado racional y poco pasional. Pero un amor que no consiente faltas de respeto, no traga ruedas de molino ni pone la emoción por encima de la dignidad. Como no cabría esperar otra cosa en la sociedad de la vocación, el amor romántico tiene mejor prensa que el otro, que no tiene ni nombre.

Consúmete

Como ocurre con tantos otros cambios culturales, es posible que el origen histórico se pueda rastrear en el desarrollo económico de la segunda mitad del siglo XX y la popularización de ciertas ventajas que hasta el momento solo habían estado en manos de las clases altas. La vocación profesional como elemento esencial de nuestra personalidad es un paso más allá de tener un piso en propiedad, un chalet en la sierra y, sobre todo, un coche. El coche que amamos.

Los hijos de la posguerra fueron a la universidad. Los hijos de los hijos de la posguerra fueron a la universidad a estudiar lo que amaban

A medida que la clase trabajadora y media-baja disponía de ahorros que le permitía aspirar a algo más que la mera supervivencia y el placer cotidiano e inmediato (la caña del domingo, las vacaciones playeras del verano), el consumo y el ascenso social entraron en su vida. Ambas tendencias se dieron la mano en la identidad del individuo expresada a través de sus deseos. La generación de los hijos de la posguerra fue, por primera vez, a la universidad. Los hijos de los hijos de la posguerra fueron a la universidad a estudiar lo que amaban. O lo que creían que amaban.

Era uno de los mitos de la bonanza precrisis. Que cualquiera podía estudiar cualquier cosa que desease y siempre tendría un futuro. Era la época de las series sobre profesiones como 'Periodistas'. Fue en ese momento cuando nos convertimos en consumidores de trabajos. De igual manera que podíamos elegir un electrodoméstico o un automóvil, también podíamos seleccionar quién deseábamos ser, cuya expresión máxima era la carrera profesional. La clave es la palabra "deseo", el gran movilizador del consumo. Si en el pasado el trabajo era identitario a nivel familiar o comunitario —el oficio que se transmitía de padres a hijos, el gremio que lo articulaba— y tan solo la burguesía podía permitirse diferenciarse a través de su labor, poco a poco pasó a ser parte esencial de nuestra individualidad.

¿Quién no querría ser uno de ellos?
¿Quién no querría ser uno de ellos?

La democratización de la vocación. Siempre ha habido llamadas a ser profesor, médico o artista según las inclinaciones de cada cual, pero la diferencia sustancial para la clase media emergente era que el trabajo, una vez perdieron fuerza la familia (muy franquista), los 'hobbys' (muy frívolos) o el compromiso político (muy político), pasó a convertirse en nuestra principal herramienta de realización personal.

Ya no debías sentirse cómodo en tu puesto o satisfecho. Debías desearlo de igual manera que deseabas un regalo en Navidad. El empleo soñado era el privilegio que la generación anterior no había tenido, lo que con frecuencia empujó a hordas de jóvenes que soñaban con "lo suyo" a las industrias creativas. No por casualidad, uno de los sectores menos organizados. El 'boom' de las universidades públicas y privadas (de 13 públicas en 1960 a 50 en los años 90; de siete privadas en 1995 a 34 en el 2014 después) es la muestra de que se instalaron dispensarios de vocación en cualquier rincón de la geografía española.

Una de las paradojas habituales de la cultura de la vocación es la predisposición de aceptar malos empleos hoy a cambio de uno bueno en el futuro

Un estado mental funcional a la empresa. Si la redención viene por el trabajo, ¿qué son unas horas extras y unos malos sueldos si a cambio nos ganamos la vida eterna de la vocación cumplida?

El fracaso sobrevenido

La primacía de la vocación por encima de otras cuestiones menores como buenas condiciones laborales (lo material está mal visto) provoca dinámicas desquiciadas. La más común es la de aceptar malos empleos hoy (subjetiva y objetivamente) para conseguir un buen empleo ¿mañana? La arquetípica historia del camarero que se pasa 10 años detrás de la barra de un bar esperando a que llegue su gran oportunidad: la vocación como engrasador del subempleo, que pone a competir al que lo hace por necesidad y al que lo hace hasta que salga algo, a menudo perpetuando precariedades.

Lo que ocultan estas dinámicas es que disponer del empleo de tus sueños es, y siempre fue (aunque lo olvidásemos), un lujo al alcance de unos pocos. Ello no quiere decir que todo el que lo logra sea un privilegiado, pero sí que detrás del discurso de la vocación se libra una competición amañada. En las carreras de fondo para lograr el empleo anhelado, no compite igual aquel que goza de buenas redes sociales y ventajas materiales que el que no. La recompensa es la misma, pero los sacrificios, diferentes.

Trabajar en lo que uno desea no es lo mismo que trabajar en algo que te guste, quizá porque en el primer caso el deseo antecede a la labor y en el segundo, la labor antecede al trabajo. Como en la canción de Stephen Stills: si no puedes estar con la persona a la que amas, ama a la persona con la que estés.

Desde el punto de vista de la era de la autoexpresión, suena a conformismo. Pero ese aparente conformismo fue el que provocó que en aquellos sectores donde nadie podía ser engañado con el espejismo de la vocación (de la industria a la minería) se consiguiesen avances sustanciales en materia de derechos laborales. Y ello no tenía por qué implicar hacer el trabajo mal: tan solo hacerlo lo suficientemente bien para que todos saliesen beneficiados. Como aquel amor de larga duración que no conoce de los sinsabores de la decepción, quizá porque ya no espera nada.

Ser profesional es una rebeldía en un contexto laboral que nos exige hacer las cosas peor de lo que lo sabemos hacer

Quizá no estaría mal, en ese contexto, recuperar la tan mal vista profesionalidad. En un contexto en el que, como señalaba de manera acertada el profesor Edmund Griffiths, se nos exige continuamente que hagamos las cosas peor de lo que lo sabemos hacer, la profesionalidad (exigir un control de calidad, respeto al oficio y por ello, condiciones razonables y límites profesionales) es casi una provocación en el imperio del sacrificio.

A medida que han pasado los años, he visto cómo personas con talento, trabajadoras e inteligentes eran devoradas por el abismo de la vocación, abandonaban la guerra después de décadas en el campo de batalla porque no podían más. Yo asistía a la tragedia de perfil, a verlas venir, como los protagonistas de 'Parque jurásico', inmóviles para no llamar la atención del 'Tyrannosaurus rex'.

No, no sobreviven los más resilientes, esa vomitiva palabra de moda que maquilla la autoexplotación. Sobreviven los indolentes, no los ambiciosos. Los intransigentes, no los sacrificados. Los profesionales, no los soñadores.

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