La visibilidad no solo no da de comer, también te impide conseguir trabajo

Pensamos que lo más importante es ser vistos, que todos conozcan quiénes somos y lo que hacemos. Pero ¿y si eso produce el efecto completamente opuesto?

Foto: Foto: Reuters/Jon Nazca.
Foto: Reuters/Jon Nazca.

ive en la era de la invisibilidad. En serio. In-vi-si-bi-li-dad. Da igual que nos pasemos el día escribiendo la primera chorrada que se nos pasa por la cabeza en Twitter y empujándola al infinito, compartiendo memes de dudosa legalidad o haciendo el chorra en el TikTok. No importa que cada vez que criticamos a alguien bromeemos con que Facebook, Google y la empresa nos espían. Hoy todos somos por defecto invisibles.

Usted dirá que no, que vivimos en la era de la visibilidad. Mentira. Usted, salvo que sea Rosalía –si usted es Rosalía, no hace falta que siga leyendo–, es más invisible que visible. Una mota de polvo en el universo, una cifra sin significado en el registro de hacienda, un tío que no interesa ni a Google. No hay nada que nos dé más pavor hoy que ser insignificantes en un momento en el que todos podemos ser alguien. La receta ante la contingencia de nuestra existencia es, por lo tanto, ser visibles. Plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Muchos libros. Corran ya a la librería.

No hay nada más aterrador que convertirnos en un fantasma condenado a ver a los demás sin ser visto

¿Quién nos proporciona visibilidad? Lo pueden comprobar en las ofertas de trabajo que maquillan su ilegal falta de remuneración con el cebo de la visibilidad. Lo que prometen estas firmas es alzarnos de ese limo primordial y amorfo en el que nacimos y convertirnos en personas de verdad. Es decir, otorgarnos dadivosamente el don de la visibilidad. La lógica es palmaria. Si un buen profesional realiza un gran trabajo y nadie lo ve, ¿es un buen profesional?

La crítica cultural ha apuntado al zombi como el centro de los terrores de nuestra época, una pesadilla malthusiana en la que la que la sobrepoblación y el anonimato nos convierten en seres intercambiables. Pero frente a esa figura deforme que desvela el miedo que sentimos ante el otro, existe otra aún más terrorífica. ¿Hay algo que genere más zozobra existencial que el fantasma condenado a vagar por la eternidad observando a los demás sin ser visto? Los protagonistas de 'A Ghost Story', 'Los otros' o 'El sexto sentido'. Lo malo no es morir, lo malo es ser privado de lo que nos da razón para existir: ser vistos.

El fantasma en el trabajo

Otra contradicción. Lamentamos que los adolescentes usen y abusen de las redes sociales, pero animamos a los trabajadores a convertirse en marcas. Pedimos pudor tecnológico, alimentamos el exhibicionismo profesional. Esto demuestra de nuevo que lo que es censurado en el ámbito privado pasa a ser no solo válido, sino positivo, si se aplica al laboral. Cualquier comportamiento es aceptable si tiene una finalidad económica. Cualquier cosa con tal de no ser un fantasma.

La pasada semana circuló por redes la queja de un dibujante de cómic cuyo trabajo había sido rechazado por el escaso alcance de sus redes sociales. La lectura es lógica: tantos seguidores tienes, tanto vales, es más importante ser un 'influencer' que un profesional, dónde vamos a ir a parar.

Discrepo. Si una empresa decide seguir dicha lógica, es su problema por tener los mismos conocimientos de 'marketing' que mi abuelo, que ni siquiera está vivo. La realidad es muy diferente, y repetir una y otra vez que tener muchos seguidores en la red nos dará trabajo no lo convierte en realidad. Bueno, vale. Tal vez, si fuésemos Dulceida o Elrubius, sí. Pero es una lógica tan equivocada como pensar que meter cuatro goles en la pachanga del domingo nos conseguirá un contrato millonario con el Real Madrid. El sesgo del superviviente genera trampas mentales. Que los 'influencers' consigan contratos millonarios no quiere decir que para conseguir un contrato cualquiera haya que ser un 'miniinfluencer'. No funciona así.

El esfuerzo por ser visible conduce a menudo a la autoexplotación. Nunca es suficiente

Mi experiencia es que, salvo en casos contados, apenas es relevante el número de seguidores que uno tenga o deje de tener comparado con otras cualidades como la suerte, la oportunidad o la reputación. Aunque nos parezca mentira, muchos de los que han llegado lejos en el Mundillo™–que cada cual elija el suyo; todo es ya un mundillo– o no tienen redes sociales o no han obtenido su éxito a través de ellas. En ocasiones es azar prolongado por un trabajo callado y constante. Poco visible de puertas adentro, pero bien considerado en su rigor por compañeros y clientes.

Por el contrario, son aquellos que parecen vivir en un proyecto continuo, encadenando apariciones en medios, presentaciones de libros, perfilando reportajes, montando obras teatrales y grabando discos los que terminan viviendo de manera más precaria. Se les ve, eso sí, pero esa visibilidad no suele conducirles a su objetivo. Injusto pero ejemplificador. Fantasmas autoexplotados. No quiero ser moralista: a todos nos ha pasado y nos hemos dado cuenta antes de que fuese demasiado tarde.

Cuando publicas en Twitter y no tienes ni un triste fav. (Foto: 'A Ghost Story')
Cuando publicas en Twitter y no tienes ni un triste fav. (Foto: 'A Ghost Story')

La visibilidad suele ser más contraproducente que favorecedora. Ser visible y no rentabilizarlo conduce a intentar ser más visible aún, a hacer cada vez más ruido para estar en boca de todos, vomitando opiniones a contracorriente o metiéndose en jardines de los que es imposible escapar; olvidar que cuanto más le ven a uno, más evidente resulta que está desnudo. Hay gente tan, tan visible, que en el Mundillo™ todos la conocen… y jamás confiarían en ella.

Otra falsa meritocracia

No podemos culpar a nadie de seguir ese razonamiento. La lógica del éxito sobrevenido en las redes sociales es la traslación del mito del hombre hecho a sí mismo al siglo XXI. La promesa de que todos, sea cual sea nuestro origen social, estamos en igualdad de condiciones en la neutral red. Tiene sentido, al menos en apariencia. La supuesta horizontalidad de la red sugiere que, si somos lo suficientemente buenos o tenemos el talento necesario, automáticamente cumpliremos nuestros sueños. Ser de clase baja, mujer o inmigrante, o no tener estudios, es otra forma de ser un fantasma. El esfuerzo, el trabajo y la visibilidad, su remedio.

Cuando careces de capital económico y social, tu única posibilidad es hacerte visible ante los ojos que no te habrían visto de otra forma

Todos sabemos que lo más común es que el trabajo se encuentre a través de las redes personales que cada persona teje o que su familia le ha legado, por lo que si alguien pretende ser guionista de cómics, como en el caso antes citado, es importante no solo escribir bien, sino también conocer a la gente adecuada, vivir en la misma ciudad que otros profesionales del Mundillo™ y, a poder ser, tener un enchufe. Cuando careces de capital económico y social, tu única alternativa es hacerte visible ante los ojos que no te habrían visto de otra forma. Es la escalera del pobre, el igualador para quien no ha disfrutado de otra oportunidad.

Pero ahí también la competición de la meritocracia está trucada. Quien quema sus días en redes no siempre encuentra lo que busca, algo que suele lograr quien recibe el apoyo que necesita en el momento adecuado, alguien apuesta por él y entra en la rueda. Merecida o inmerecidamente. Si algo he descubierto tras años escribiendo, siendo más o menos visible, es que te leen, te juzgan, se forman opiniones sobre ti, tus defectos son palpables, te odian aunque no lo digan.

Una última enseñanza, y que cada cual se la aplique como quiera: el tiempo que tienes que aguantar a una persona es directamente proporcional a las posibilidades de que te caiga mal. Y a veces es mejor ser un fantasma que un mono de feria.

Mitologías
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