Me han pedido que no escriba del coronavirus

A medida que la situación se alargue, tendremos que empezar a abandonar el monotema. Ahí es cuando los placeres más insignificantes de nuestras vidas serán clave

Foto: ¿Qué ves, un escenario apocalíptico o un precioso cuadro de Antonio López?
¿Qué ves, un escenario apocalíptico o un precioso cuadro de Antonio López?

Lo tenía pensado y preparado. En mi cabeza había perfilado una larga argumentación sobre el efecto 'déjà vu' que producen situaciones de excepción como la que vivimos gracias a la proliferación de las películas de catástrofes, una digresión psicoanalítica, geopolítica y antropológica sobre la mezcla de miedo y fascinación que estamos experimentando. Entonces, antes de despedirnos al menos por un par de semanas, un compañero me hizo una última petición: "espero que al menos tú no escribas este domingo sobre el coronavirus".

Es un deseo completamente razonable. La gente está tan preocupada como cansada del monotema —lo cual, dejémoslo claro, no relativiza su importancia ni mucho menos seguir las indicaciones necesarias—, y entrar en pánico, ansiedad, miedo o simple irritación no solo no es útil ni beneficioso sino que complica las cosas, y más lo hará a medida que pasen los días. La fatiga mental que supone el burbujeo constante de notificaciones que comunican acontecimientos que ya sabemos que van a ocurrir, pero no queremos ver confirmados, erosionan poco a poco nuestra salud mental. Necesitaremos poder volver a hablar del tiempo.

No es que en estos momentos todo carezca de importancia, es precisamente ahora cuando cada pequeño detalle adquiere más relevancia

Lo primero que descubro es que mi cerebro ya no funciona como siempre. Todo es como en los tebeos de Tintín. 'El coronavirus en el Tíbet', 'El coronavirus en América', 'El coronavirus y los pícaros'. Resulta fascinante la facilidad que tenemos los humanos para adaptarnos cognitivamente y centrar toda nuestra atención en un peligro concreto mientras dejamos que todo lo que no sea eso nos pase rozando. ¿Has tropezado alguna vez con un mendigo por la calle porque no lo habías visto?

Eso hace difícil buscar algo de lo que escribir, desde luego. Me gustaría ser una especie de ASMR periodístico, causar ese efecto de cosquilleo y confort que generan algunos ruidos y sonidos. Lo más cercano que he visto estos últimos días a dicho fenómeno es el vídeo de Fernando Simón en el que explicaba las curvas de propagación. Una voz suave pero rota siempre es seductora. Las gráficas ya no tanto. Pero ahí va:

Estaba pensando en una serie de esas pequeñas cosas que nos hacen felices a los humanos, pero ya lo hizo Amélie. En mi caso, echo de menos la hora de camino hasta el trabajo, escuchando música en el tren; el nauseabundo olor del Manzanares; la silla de la oficina, porque la de casa me está destrozando la espalda. Signos de una aburrida cotidianidad centrada en el maldito trabajo en la que el mayor aliciente es rascar algo en la cartelera o charlar un rato entre cañas. Esas pequeñas cosas que se dan por hechas y que, de repente, no lo están.

Hay un adagio que se ha repetido a menudo estos días, como si se tratase de un amuleto ante la infección: que cualquier cosa carece de importancia comparada con la amenaza actual. Creo que convendría matizarlo como "cualquier deseo caprichoso e incontrolable carece de importancia ante la posibilidad de que otras personas sufran por él, pero si no pone en peligro a nadie, por favor, disfruta en la medida de lo posible". Al revés, es precisamente en este momento en el que todo lo demás adquiere de repente una gran importancia.

Ya no vemos seres humanos, vemos potenciales contagiados. Ya no vemos ancianos, vemos población en riesgo. El mundo es una cifra

El confinamiento otorga un valor mayor a cada uno de los pequeños detalles —gestos, objetos, fetiches— que nos rodean. El Wilson del 'Náufrago' de Tom Hanks, el bote de pepinillos de 'El pianista'. No es ninguna tontería recordar que no todo el mundo es capaz de afrontar de la misma forma una situación así y que es cuestión de tiempo que no solo el número de casos aumente, sino también la ansiedad, depresión, tristeza o simple inquietud.

El jueves por la noche, el exfutbolista reconvertido en simpático comentarista televisivo Gary Lineker publicaba un tuit en el que decía "el fútbol no es tan importante". Entiendo lo que quiere decir —no es tan importante como para seguir adelante con la liga y que miles de personas se contagien en cuestión de segundos—, pero quizá es en este contexto en el que el fútbol es más importante, aunque sea el Manchester United –Real Madrid del año 2003 que Maldini acaba de subir para ayudar a sobrellevar la cuarentena.

El fútbol, y los libros, y hacerse cosquillas en la planta del pie, o las películas, Michael Fassbender o Mary Elizabeth Winstead, roncar, beber agua, tomarse un vino, comer cosas ricas o incluso comida basura y lo que cada cual disfrute. Pensar que solo importa el coronavirus no implica despreocuparse, pero tampoco debe llevarnos a olvidar qué es lo que nos hace humanos, especialmente en un momento en el que estamos obligados a convivir con nosotros mismos. Y lo son tanto los grandes gestos como los pequeños placeres, el qué y el para qué. Cuidar, pero también cuidarse. No sentirse mal por intentar seguir viviendo.

La medida de las cosas

Un motorista accidentado en mitad del paseo de Pontones durante el primer día de teletrabajo. A lo lejos, el cadáver del Calderón. Un anciano con respiración asistida le observa desde una ventana y la cierra cuando percibe que le estoy observando. Afortunadamente, sale ileso. Me pregunto qué le pasaría por la cabeza en las décimas de segundo que tardó su cuerpo en estrellarse en el suelo. "Qué putada, morir en pleno coronavirus", tal vez. Como sufrir un infarto el 11 de septiembre. Tal vez tan solo sean cosas mías. Si uno vuela por los aires, seguramente no piense más que en uno mismo. Y eso no es egoísta, es humano. La tragedia y la estadística, ya saben.

Adorno escribió que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie, pero dejar de hacerlo sí que sería admitir la derrota

El coronavirus condiciona nuestra percepción hasta que opaca todo lo demás. Ya no vemos seres humanos, vemos potenciales contagiados. Ya no vemos ancianos, vemos población en riesgo. El mundo es una cifra, la realidad una estadística, los paseos matutinos, una amenaza. Por eso mismo, es egoísta exigir a los demás que adapten su percepción para que cualquier cosa que no sea el coronavirus no tenga cabida. Es al revés: la resistencia mental que exigen situaciones como esta solo se superará precisamente con una mirada limpia de lo que importa. No es sobrevivir, es sobrevivir para qué. Esa pregunta que podríamos hacernos todos los días y nunca hacemos.

Decía la famosa frase de Theodore Adorno que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie. Siempre he considerado que es más bien al contrario: dejar de escribir poesía después de Auschwitz sí que habría sido una barbarie, pues significaría que habríamos perdido la batalla. Y aquí me tienen, después de haberme propuesto no escribir sobre el coronavirus, escribiendo sobre el coronavirus.

Mitologías
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