Una teoría: ¿y si no existen ni los españoles jeta ni los chivatos de los balcones?

Nos gusta pensar que la gente que se salta el confinamiento o que denuncia a sus vecinos abunda, porque confirma nuestros peores prejuicios sobre los demás

Foto: Un turista mira por la ventana del hotel Costa Adeje Palace. (Reuters/Borja Suárez)
Un turista mira por la ventana del hotel Costa Adeje Palace. (Reuters/Borja Suárez)

El pasado domingo, cambio de hora mediante, se produjo un pequeño cambio cotidiano —hoy, cualquier mínimo cambio es una epifanía— que no por previsible fue menos emocionante. Después de haber pasado dos semanas aplaudiendo a la oscuridad, observando siluetas recortadas contra la luz de la lámpara de los salones, a la luz del día los vecinos anónimos comenzaron a tomar forma. Sus rostros adquirieron rasgos; sus vidas, personalidad. Se convirtieron en individuos. ¿Esos dos, serán novios, hermanos o compañeros de piso? Y esa anciana, ¿estará sola? Bueno, parece que al menos se lleva bien con los vecinos de al lado.

Durante demasiado tiempo habían sido sombras en la caverna de Platón en la que vivimos, figurantes en nuestro apocalipsis improvisado. Reconozcámoslo: aunque nos sentíamos más o menos reflejados en ellos, precisamente por eso daban un poco de mal rollo. Nos hacían sentir intercambiables. ¿Somos nosotros también sombras en el balcón de enfrente de los vecinos, bultos sin definición que se limitan a levantarse, trabajar, ver una película y dormir (como el resto del año, añadiría)?

En los primeros compases del confinamiento, han emergido dos nuevos clichés sociales: el insolidario jeta y el chivato de balcón

Durante los primeros días, la vida de los vecinos llegaba en forma de pequeños signos. Una tos en el piso de al lado, una ventana que se cerraba, personas misteriosas que paseaban a sus perros. Si esta deshumanización que se instaló de golpe el fin de semana del 14 y 15 de marzo resultaba peligrosa es porque al mismo tiempo hacía emerger tópicos y estereotipos que intentaban explicar antropológicamente una nueva situación que nadie esperaba. Cuando desaparece la individualidad, comenzamos a entender nuestro alrededor a través de categorías.

Explico todo esto por la aparición repentina en nuestro imaginario colectivo de dos categorías de personas que se han convertido en parte esencial de nuestro paisaje humano. Por un lado, el insolidario jeta. Ese que sale a hacer 'footing' todos los días, el que estuvo apurando hasta la gota final la última caña en la terraza de un bar. En definitiva, el tipo del vídeo de Pantomima Full, que basan su humor en detallar con habilidad sociológica los clichés sociales. Por otro, su némesis, el chivato de balcón. Ese que se pasa el día amarrado a la barandilla insultando al que se pasa por delante, vaya a trabajar al hospital o a darse un garbeo, el que grita "¡policía, policía!" a la primera de cambio. Pero ¿y si no existen?

No quiere decir, por supuesto, que no haya ninguna persona aprovechada en este país, ni que no hayan ocurrido lamentables episodios donde personas que simplemente iban a echar una mano (o que sentían que necesitaban salir, me da igual) han sido denigradas gratuitamente. Ejemplo de lo primero son los cientos de miles de denuncias que se han realizado desde el comienzo del confinamiento; incluso admitiendo que se puede haber actuado con mano un poco dura como elemento de disuasión, son unas cuantas. De lo segundo, basta esta historia que publicó El Confidencial en la que el padre de un niño autista denunciaba que le habían gritado por salir a la calle.

A lo que me refiero, más bien, es a que no existen como categoría analítica, como un perfil de español que haya emergido durante la crisis del coronavirus y que redundaría en las figuras de la picaresca o del delator franquista. La reducción de nuestras vidas a nuestras casas y las dos calles que, con suerte, vemos desde la ventana, nos ha hecho comenzar a interpretar la realidad como una versión de bolsillo de lo que nos cuentan. En esta 13 Rue del Percebe, la lógica nos invita a pensar que cada comunidad de vecinos tiene su moroso, su científico loco, su pensión… y su insolidario y su chivato.

Creyendo en lo que nos gusta creer

Es una regla de tres equivocada y distorsionada por distintos sesgos de razonamiento. En primer lugar, porque en las presentes circunstancias las excepciones llaman mucho más la atención que la regla. Si vive en Madrid, como hago yo, y ve una persona por la calle, está viendo una 'rara avis' de camino a comprar el pan, una gota a punto de secarse en un océano vacío. La mayoría de historias sobre abusos a caminantes emergen de las redes y se viralizan rápidamente, lo que distorsiona su representatividad. Yo, simple y llanamente, creo que nos estamos portando bien.

Nos gusta creer en los insolidarios y los chivatos porque pensamos que España está llena de ellos. Nunca somos nosotros

Hay otro sesgo del que se ha hablado a menudo en estos días, que es el sesgo de correspondencia, o efecto de sobreatribución, que es nuestra tendencia a sobrevalorar los motivos personales internos a la hora de justificar un comportamiento mientras infravaloramos los de los demás. Nosotros cumplimos mejor la cuarentena que el resto, y si de repente nos vemos superados y necesitamos salir de casa, es porque lo necesitamos. Si lo hacen los demás, es que son unos capullos.

¿Por qué estamos tan inclinados a generalizar lo excepcional y considerar una regla lo que no son más que casos aislados? Muy probablemente, porque contribuye a reforzar nuestras concepciones previas del mundo, más aún en un momento en el que nuestra percepción directa se ha reducido brutalmente y conocemos gran parte de nuestra realidad cotidiana a través de mediadores como las redes sociales, los organismos oficiales o los medios de comunicación (y todos ellos hemos contribuido al surgimiento de estos estereotipos). Nos gusta creer en los insolidarios y los chivatos porque pensamos que España está llena de ellos. Nunca somos nosotros.

Policías patrullando por la calle. (EFE)
Policías patrullando por la calle. (EFE)

Es más, tengo una intuición adicional que arrojo aquí para que algún sociólogo o politólogo con más medios estadísticos recoja el testigo. Sospecho, por lo que he apreciado, que son los simpatizantes de derechas los que están más inclinados a creer que los insolidarios abundan, puesto que sirve para justificar la idea de que es necesario un mayor control de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado a la hora de controlar a los elementos descarriados de la sociedad. Y, al mismo tiempo, son los simpatizantes de izquierda los que parecen más inclinados a creer en la existencia de los vecinos chivatos, porque refrenda la idea de que el autoritarismo ha calado hasta el punto de que todos llevamos un policía dentro.

El peligro de la profecía autocumplida

Cabe otra posibilidad, y es que estos personajes hayan surgido precisamente porque estamos hablando de ellos, como una profecía social autocumplida, una hiperstición de la plaga. ¿Y si la gente ha empezado a convertirse en policías de barrio por imitación? ¿Y si la gente sale de casa siguiendo la lógica de "bueno, si ellos son insolidarios nosotros no vamos a ser menos"? Al fin y al cabo, la existencia de cada una de estas dos figuras justifica la existencia de la opuesta, como la dialéctica del superhéroe y su némesis, Superman y su Lex Luthor.

El mayor peligro es que se produzca un 'boom' de profecías autocumplidas basadas en la desconfianza hacia los demás

Quizá recuerden 'El bosque', la película de M. Night Shyamalan, una de las mejores parábolas políticas rodadas en el siglo XXI como muestra que te sirva para un roto (el 11-S) y un descosido (el coronavirus). En ella (ojo, 'spoilers'), un grupo de personas que habían vivido algún trauma se aislaban (anda) en mitad de una reserva natural de Pensilvania para evitar que el "mal" que habitaba ahí fuera (anda) penetrase. ¿Cómo conseguían que los más jóvenes no se planteasen salir del pueblo, ni siquiera para buscar medicinas? Inventándose que la aldea estaba rodeada por una serie de monstruos con los que se había llegado a un pacto por el cual ninguno podía penetrar en el territorio del otro.

Los paralelismos son inacabables, pero quería centrarme en un aspecto llamativo: cuando la protagonista Ivy se interna en el bosque para conseguir medicinas que salven a su enamorado, de repente se encuentra con que dichos monstruos sí existen. De hecho, era atacada por ellos, hasta que con su ingenio conseguía acabar con su vida. Ese monstruo no era ninguno de los sabios que habían diseñado la mentira, sino un joven discapacitado que se había creído tanto el relato difundido por los mayores que había dado por su cuenta el paso para convertir en realidad lo que era mera ficción, puro cuento de niños.

Es posible que, en un momento de aumento de la paranoia, la restricción autoritaria y la vigilancia del prójimo como es este, pueda producirse algo semejante en nuestro país. Un 'boom' de profecías autocumplidas que encajen con aquello en lo que queremos creer, que demasiado a menudo es pensar que el ser humano —concretamente, el español— es egoísta, chapucero e insolidario. Yo prefiero creer en todo lo contrario: en que somos buenos, generosos y lo estamos haciendo bien. Esa sería el mejor efecto Pigmalión.

Mitologías
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