El peligro de una sociedad que no puede hacer planes

Nos encontramos en un momento clave, en el que la imposibilidad de mirar al futuro a medio plazo puede convertirnos en seres agotados, egoístas y cínicos

Foto: Esperando. (Reuters/Susana Vera)
Esperando. (Reuters/Susana Vera)

Es posible que usted tuviese pensado viajar este verano al lejano Oriente con la esperanza de volver a casa con los 'chakras' como nuevos. O entrada para deglutir cervezas sin fin mientras observa a su grupo preferido en una pantalla gigante a 300 metros de distancia. Que se fuese a mudar en breve, o a casar. O una tonelada de rosas que habrá tirado en un contenedor de basura este Sant Jordi. Una ilusión o, simplemente, una forma de llegar a fin de mes. También es probable que si en algún momento lo ha expresado en alto, le hayan respondido que, con la que está cayendo, cómo es posible que esté pensando en esas cosas. Todo es insignificante ante la tragedia exterior.

Así que usted no habrá olvidado sus ilusiones, sino que simplemente se las habrá guardado para sí mismo. Seguirá con las mismas ganas de ponerse tibio a mojitos en Indonesia —¡ah!, la globalización—, de bailar al ritmo de Taylor Swift o de que su negocio no termine en la quiebra en los próximos seis meses. Puede que sea a lo que se aferre esos días tontos en los que no le apetece salir de la cama, y quizá le dé vueltas como a un chicle mientras está en una reunión de trabajo, charlando con su pareja o en la ducha. Su trocito de futuro, cada vez más lejano. Todas esas cosas que estaban garantizadas pero ya no lo están.

Es un iluso quien compre ahora un billete, deje su trabajo, se ponga manos a la obra a tener un hijo o piense en algo que no sea la próxima visita al súper

El Estado moderno se asienta sobre varios principios, la mayoría implícitos y que, como tal, pueden esfumarse en cualquier momento. Uno de ellos es la promesa de continuidad en nuestras vidas: frente a la arbitrariedad de la naturaleza, el ciudadano civilizado sabe que si hace X e Y, su futuro probablemente será Z. La incertidumbre es mínima, y el Estado acudirá a su auxilio en caso de que la balanza se decante demasiado por el lado de la mala suerte. Por supuesto, esto nunca ha sido completamente así, pero es lo que pensábamos hasta hace poco. La crisis de 2008 fue un derechazo de realidad; el confinamiento ha sido un 'knockout' total.

Ni el gobierno ni la ciencia ni la globalización, el perdedor absoluto de la presente crisis es el futuro, que hacía ya tiempo que no era lo que solía ser. ¿Futuro? ¿Qué futuro, si ya sabemos que nuestra vida puede cambiar de la noche a la mañana? ¿Si no sabemos qué ocurrirá el próximo minuto, si los mensajes son contradictorios y está todo por discutir? El que compre ahora un billete de avión, deje su trabajo, se ponga manos a la obra a tener un hijo o piense en algo que no sea la próxima visita al supermercado es un iluso. Somos como soldados en Khe Sahn, aguantando hasta un nuevo amanecer.

Suena épico, pero el problema es que nuestra sociedad se basa en la confianza, como les gusta decir a los economistas cuando se ponen líricos. Confianza en que el consumidor va a seguir gastándose su dinero duramente ganado en cosas que no necesita, confianza en que nuestros amigos no nos van a pegar una puñalada por la espalda, confianza en que nuestra pareja no nos va a abandonar mañana por alguien 10 años más joven y confianza en que el sol mañana saldrá por el este. Para que podamos creer en la confianza, no obstante, necesitamos futuro. Y como no hay futuro, a ver quién se fía de nadie.

Los gurús se equivocan: vivir el presente es terrible

Una sociedad en la que ya no podemos esperar nada y en la que estamos obligados a vivir un presente continuo es terrible, se pongan como se pongan los plastas del 'mindfulness'. Eso quiere decir que nuestra preocupación es satisfacer nuestras necesidades inmediatas, sean estas emocionales o materiales, que vamos a ser cada vez menos solidarios, a saltarnos el confinamiento con menos remordimientos y a desconfiar cada vez más de los vecinos como de las instituciones. Nuestro cinismo aumentará, como lo suele hacer en momentos en los que no se puede creer en nada.

Instalarnos en una transición constante es un drama, puesto que en el cambio constante y a corto plazo no hay posibilidad de mirar al futuro

Ahora todas las narrativas suenan huecas. Ponerse a pensar en el futuro es como analizar una novela de la que solo hemos leído el primer acto; aún no hay sentido posible, ni cierre, ni capacidad de seguir adelante. El gran peligro que se avecina ya no es solo la pandemia, con la que nos hemos terminado entendiendo cognitivamente, sino instalarnos en una transición constante, un presente indefinido en el que los cambios sean tan frecuentes que no haya posibilidad de establecer un plan a medio plazo. Que seamos muñecos vapuleados ante los designios de la enfermedad, de la política, de los mercados. Ya lo éramos, pero ahora resultará evidente.

Lo he notado en mis carnes. Favorezco estar bien hoy, ahora, en este preciso instante, y mañana ya veremos. Nada de tácticas a medio plazo y estrategias a largo. Cuando termina la jornada laboral, ya no planifico el día siguiente. Apago el ordenador y fundo mentalmente a negro. Miro la manecilla del reloj y pienso a cuántos muertos equivale cada segundo, a cuántas personas que no encontrarán un empleo en años, a cuántos sueños renunciados. Todos estamos a la expectativa, incluso aquellos que no pueden permitírselo porque se han quedado sin trabajo en el peor momento de la historia para hacerlo. ¿Para qué preocuparse, si no hay nada que podamos hacer? Me pongo una cerveza.

La última vez que vi a mis padres, fuimos a ver 'Los días felices' de Beckett, en versión de Pablo Messiez. "¡Otro día divino!", grita cada mañana Winnie, su protagonista, una mujer atrapada eternamente entre un montón de basura, incapaz de salir. A la salida, hablamos sobre el significado de la obra. "Es como la vida, nunca pasa nada y cada día vas un poco peor hasta que te mueres". Nos dimos dos besos, y hasta hoy. Cuando todo empezó, fijamos mentalmente mi cumpleaños como el día que quizá nos volveríamos a ver. No ha podido ser. Volvimos a fijar como meta el cumpleaños de mi madre, a medidos de mayo. Probablemente, tampoco podrá ser.

Así que me limito a quedarme en casa, aplaudir a las ocho de la tarde, consumir una vez por semana y trabajar sin engañar al sistema de control horario que los españoles nos hemos dado. A ser un buen ciudadano, es decir, sofocar mis ilusiones y no volver a hacer planes nunca más.

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