Si quieres ver a tu madre, disfrázate de turista

Mi consejo, si ha tenido la mala fortuna de pertenecer a esa minoría de millones de españoles que vive lejos de su familia, es que ensaye el acento y se haga pasar por guiri

Foto: Un hombre con mascarilla en la plaza de la Barceloneta. (Reuters/Nacho Doce)
Un hombre con mascarilla en la plaza de la Barceloneta. (Reuters/Nacho Doce)

Es posible que usted albergue el inconfesable deseo de volver a ver en algún momento a su padre, madre, hermanos, tíos, sobrinos, abuelos o simplemente conocidos que han tenido la mala suerte de residir en otra comunidad. No se preocupe, no está solo, aunque nadie lo diría en este clima de pseudonormalidad disfrutona en la que nos hemos instalado de solecito, terraza y distancia social.

Mi consejo, si ha tenido la mala fortuna de pertenecer a esa minoría de millones de españoles que vive lejos de sus raíces (oiga, ya es mala suerte), es que ensaye un acento extranjero, salga a la ventana a dejarse tostar por el sol hasta adquirir un insalubre tono cangrejo, adquiera un combinado de bermudas, sandalias y calcetines y saque un montón de billetes de cinco euros del cajero para abultar la cartera. Ensaye delante del espejo: "Pa-e-a". Así, tal vez, se le permita volver a casa.

Tiene sentido económico que se intente reactivar el turismo, pero para millones de personas que no saben cuándo verán a sus familias, suena a chufla

A juzgar por las palabras de nuestro presidente, los turistas, ese informe término que engloba a los 84 millones de visitantes que el año pasado se decantaron por España, tienen el camino expedito. Mientras tanto, los 47,5 millones de locales hacen malabarismos con el reparto de las vacaciones para intentar poder pasar, aunque sea, una semana con ese familiar octogenario que no tiene precisamente todo el tiempo del mundo por delante.

Como dijo el presidente, "los turistas extranjeros pueden desde ya también planificar sus vacaciones en nuestro país". No se preocupen, sé que las comparaciones son odiosas y maniqueas. También entiendo la lógica de sus palabras. En concreto, la lógica económica. Sé que este es el momento en el que se hacen los planes veraniegos, que de reposicionar a España como un potencial destino dependen miles de millones de euros y la supervivencia de unas cuantas familias, que las presiones del sector turístico estarán siendo notables y que un simple guiño en rueda de prensa puede marcar la diferencia.

La camarera de un restaurante de Las Ramblas. (Reuters/Nacho Doce)
La camarera de un restaurante de Las Ramblas. (Reuters/Nacho Doce)

Sé todo eso, pero también sé que para millones de personas que han tenido que aguantar casi tres meses la incertidumbre de saber cuándo volverán a ver a sus padres —o si ni siquiera los van a poder volver a ver—, puede sonar a chufla. Quizá el problema aquí es que vamos a tener que acostumbrarnos a convivir con distintas lógicas que se superponen o, mejor dicho, contradicen unas a otras en cuestión de semanas.

El 14 de marzo se impuso la lógica sanitaria al cerrar el país a cal y canto, en uno de los confinamientos más severos de toda Europa. Esa es una de las razones por las que ahora fruncimos el ceño al oír hablar de temporada turística: porque es un golpe de realidad que nos anuncia que el marco sanitario ha empezado a retirarse de la pared pública y está siendo sustituido por el marco económico. Por supuesto, ambas cosas deben convivir y convivirán, pero es difícil que aceptemos que tras meses en los que salir a la calle era un peligro inminente, recibir millones de turistas se convierta en una urgencia.

Ver a tu padre aunque sea a dos metros de distancia y con mascarilla es una de las actividades menos productivas que existen

Sería más fácil de entender si no fuese porque, entre la lógica sanitaria y la lógica económica, la que ha quedado continuamente fuera de toda decisión es la lógica personal. Social, emocional e íntima. Al fin y al cabo, ver a tu padre aunque sea a dos metros de distancia y con mascarilla es una de las actividades menos productivas que existen. No hace falta mandar ningún mensaje a las familias separadas, porque no reservan alojamientos ni reactivan el turismo. De todos los sacrificios que hemos tenido que realizar, el mayor ha sido el personal y emocional que, como siempre, parece prescindible, cuando es el que da sentido a nuestras vidas.

Luto en la era de las terrazas

Dales terrazas y llenarán las terrazas, dale amigos y verán a sus amigos. Publicaba el otro día Javier Padilla, médico y autor de '¿A quién vamos a dejar morir?', que siempre tiene una reflexión interesante para cada contexto, lo siguiente: "Mira que creo que hay que adaptarse a nuevas situaciones de gestión de riesgos, que los aires libres son menos arriesgados y que he de quitarme la mirada de sanitario en la calle, pero pasar por calles llenas de terrazas llenas con (mucha) gente haciendo cola me hace pensar: Ay".

Barcelona, el pasado 28 de mayo. (Reuters/Nacho Doce)
Barcelona, el pasado 28 de mayo. (Reuters/Nacho Doce)

La distopía de cañita y bravas que observo desde mi ventana me inquieta no tanto por la posibilidad de contagio como por la perversidad de una coyuntura en la que para la mayoría de nosotros es más fácil tomar el vermú entre desconocidos que ver a tus padres. Como los pasteles de María Antonieta, la imposición de la lógica económica por encima de la personal ha provocado que, a falta de pan social, tengamos que conformarnos con sensuales magdalenas en forma de terrazas.

De ahí la inclasificable sensación que me embarga cuando miro a la calle y me doy cuenta de que no sé si seguimos confinados o estamos ya en la fase 800. Observo el edificio de enfrente con sus pisos de Airbnb y estoy seguro de que veré antes a un turista arrastrando su maleta hacia él que mi pareja a sus padres. Ha vuelto la normalidad vacacional y consumista, la de los fines de semana y el mes agosto, pero la normalidad íntima y cotidiana sigue para muchos estancada. Como una distopía en la que solo se permitiese lo productivo: pasear para estirar las piernas (pero no caminar junto a un amigo), beber en una terraza (pero no en un parque), viajar para gastar dinero (pero no para ver a tu familia).

El otro día me contaron la historia de un chico que, aprovechando que Madrid pasaba a fase 1, iba a poder ver a su madre por primera vez después del fallecimiento de su padre por coronavirus. Ni se había podido despedir de él ni había podido acompañar a su madre. Me preguntaba qué pensaría camino de casa, en este final de mayo que parece 'ferragosto', cuando mientras la mayoría de la gente hacía cola para capturar una terraza, él salía a la calle para darle un pésame postergado a su madre. Lógicas que se cruzan, asimetrías terribles.

Vamos a dejar de ser potenciales infectados para convertirnos en hiperconsumidores de los que dependerá el futuro económico del país

No es más que el primer síntoma de lo que va a ocurrir en los próximos meses. Todos dejaremos de ser 'protoinfectados' (aquí todos hemos tenido coronavirus hasta que hemos dejado de tenerlo) para convertirnos en hiperconsumidores arrojados a calles convertidas en negocio. Se nos pedirá gastar el dinero que hemos perdido en actividades que hasta ayer eran peligrosas y se nos responsabilizará de recuperar la riqueza del país. ¡Como empiecen a cerrar negocios, es que nos habremos apretado demasiado el cinturón!

No somos el único país en estas, no se preocupen, pero la brutal disonancia cognitiva a la que vamos a ser sometidos en este paso de la nada al todo dice mucho acerca de nuestras prioridades como sociedad. Y tu madre ya te digo yo que no es.

Mitologías
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
6 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios