Hay un hombre en España que tiene la culpa de todos los rebrotes

Nos gusta pensar que siempre hay alguien culpable de que los casos aumenten, y que basta con localizarlo para cortar el mal de raíz. Confundir responsabilidad con culpa es un peligro

Foto: La playa de la Barceloneta, este jueves. (Reuters/Albert Gea)
La playa de la Barceloneta, este jueves. (Reuters/Albert Gea)

Entre tantas actitudes agotadoras que esta situación ha propiciado, y hay unas cuantas, cada vez me cuesta más retener un resoplido ante el pasivo-agresivo recuerdo, a estas alturas de pandemia, de que hay que llevar mascarilla. No porque no haya que hacerlo, por supuesto, tampoco porque no haya gente que no lo haga, sino porque no solemos recordar con tono altivo que hay que ducharse con frecuencia o respetar las normas de circulación porque es obvio.

Dirán: pues peor es no llevar mascarilla. Quizá la razón de mi agotamiento es que en algunas ocasiones la motivación para recordar la utilidad de la mascarilla, pura redundancia teniendo en cuenta que a estas alturas ya no nos encontramos ante un problema de información sino de actitud, no es lograr que nadie se la ponga, sino más bien que siga sin ponérsela para poder reprochárselo, y marcar una línea entre buenos y malos. No me hagan mucho caso. Simplemente, tengo miedo de que en esta fase de nueva normalidad y rebrotes ocasionales confundamos responsabilidad con culpa.

Soñamos con la utopía de que si todos acatásemos las normas no habría posibilidad de rebrote. Si estos se producen, es por culpa de alguien

Y es fácil hacerlo, porque dicha confusión es frecuente en una sociedad que considera que los pobres tienen la culpa de serlo. La retórica thatcheriana de “no existe tal cosa como la sociedad” deposita todo el peso sobre el individuo, obviando que hay multitud de factores que se escapan a su control. Responsabilidad es llevar la mascarilla en las situaciones en las que debemos llevarla; culpa es fruncir el ceño y extender el índice antes los rebrotes pensando que, a la fuerza, tienen que haberse producido por una irresponsabilidad individual. O, peor, por un cúmulo de irresponsabilidades.

Siguiendo esa lógica, nos gusta pensar en una utopía en la que si todos cumpliésemos las normas no habría ninguna posibilidad de rebrote, y si que estos se producen, es necesariamente por culpa de alguien. Como si no pudiese ocurrir, entre otros motivos, porque las empresas no cumplen las medidas de prevención necesarias o porque la protección de los trabajadores sanitarios no está garantizada. El resumen más certero del terror causado por la pandemia en su fase cumbre era el de “cualquier puede estar contagiado”; en el momento de desescalada, convertir ese “no cualquiera puede estar contagiado” en un “y tú, ¿por qué estás contagiado?” puede ser peligroso.

Nos gusta pensar que hay un hombre en España que contagia a todos, que siempre hay un espécimen cero en todo rebrote. Nos gusta pensarlo porque nos devuelve esa sensación de control que habíamos pedido en marzo. Si hay un hombre en España que contagia al resto, basta con identificarlo prematuramente. A poder ser cuando aún no se haya contagiado, como si esto fuese una novela de Philip K. Dick. Caza y captura del contagiador original.

Pero la realidad (social, epidemiológica, política) es mucho más compleja y no puede reducirse a un conjunto de individualidades. Siguiendo esa lógica que parece cada vez más extendida, cuantas más individualidades irresponsables se junten, más probabilidades habrá de un rebrote. Al contrario de lo que pueda parecer, resulta tranquilizador desde dos puntos de vista. Por un lado, porque nos devuelve la capacidad de influir ante la evolución de la pandemia. Por otro, porque nos permite concretar en alguien la culpa de lo ocurrido. Lo intranquilizador es pensar que ese enemigo invisible se comporta azarosamente.

¿Quién se comió el primer pangolín?

Llevamos toda la pandemia inventando héroes y villanos. Todo comenzó por un wuhaniano que se comió un pangolín, o tal vez fuese un murciélago. Si no tuviesen costumbres alimenticias tan raras –con toda la carga racista que ello implica–, no nos habríamos visto en esta. Luego vinieron los supercontagiadores, a los que imaginamos como villanos del contagio salidos de una película de M. Night Shyamalan. Como en toda pandemia, parece que basta con encontrar al paciente cero para que todo se acabe. ¡Tráiganme la cabeza del supercontagiador! Cuánto daño han hecho ‘Estallido’ o ‘Contagio’.

Nos gusta pensar que si una mariposa puede causar un huracán moviendo sus alas, basta con encontrarla para cortar la tragedia de raíz

Dicho razonamiento nos impulsa a perseguir individuos sospechosos. El español entiende la trazabilidad a su manera: ¿para qué dibujar el mapa de relaciones del contagiado si podemos actuar sobre él antes de que haga nada? Se olvida que ellos también deben de haberse contagiado de alguna manera con anterioridad, y que más que verdugos, son víctimas. Pero la narrativa de la culpabilidad sobrevuela algunos brotes donde las razones no son tan claras. Miren el “caso 0” del brote de Ordizia o los “9 inmigrantes y 70 personas” de Murcia. Siempre hay un hombre en España que lo hace todo, pero hay hombres y hombres.

Qué vamos a hacer, si somos humanos y nos gustan las historias. Entre ellas, la de la mariposa de Sri Lanka que mueve suavemente sus alas y ocasiona un huracán en EEUU. Una metáfora tan poderosa que nos hace buscar constantemente esas lepidópteras apocalípticas sin darnos cuenta de que la clave se encuentra en la gran cantidad de pasos intermedios que deben darse para que se cumpla la maldición. Como el tonto, el dedo y la luna, nos fijamos en mariposas y huracanes sin preguntarnos acerca de qué ocurre entre una cosa y otra, que es donde sí tenemos capacidad de control.

Mercado húmedo en Guangzhou. (EFE/EPA/ Alex Plavevski)
Mercado húmedo en Guangzhou. (EFE/EPA/ Alex Plavevski)

Son pequeños condicionantes sociales, económicos y políticos de base, equivocaciones o retrasos que favorecen desenlaces fatales, ignorancia letal o despreocupación los que marcan la diferencia: el gran avance de la sociedad construida por el ser humano es el de poder intervenir sobre todos esos factores que se escapan a la responsabilidad individual, pues si esta fuese capaz de cambiarlo todo, estaríamos todos perdidos. Pero no podemos perseguir hasta el infinito mariposas potencialmente peligrosas, sino remangarse cuando el viento comienza a soplar fuerte.

Lo cuentan bien Javier Padilla y Pedro Gullón en ‘Epidemiocracia’: “En un mundo eminentemente individualista, podemos tener la tentación de buscar respuestas individuales (personas supercontagiadoras) a problemas colectivos (poblaciones supercontagiadoras); la mirada de la salud pública ha de reivindicar el poder del análisis desde lo colectivo como un marco con mayor capacidad explicativa, sabiendo que las sociedades no son solo acúmulos de individuos, sino que estos tienen ciertas características y relaciones que trascienden a estos”.

Como en la lógica de la meritocracia, pensamos que está en nuestra mano por completo la posibilidad de ser contagiados (o no)

Es la misma perversa lógica de la meritocracia, que señala que cada cual es pleno dueño de su destino, como si los condicionantes previos no existiesen, como si no existiesen fuerzas sociales, políticas y culturales que decidiesen el azar cada cual, como si el ser humano fuese un dios que tuviese en su mano escribir su futuro. Me temo que somos mucho más limitados y vulnerables que eso. Ahora que nos hemos logrado quitar de encima la culpa cristiana del pecado original, no caigamos en la trampa de la nueva culpa pandémica.

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