En España nos encantan los abuelos, nuestro problema son las personas mayores

Cada vez más voces apuntan que somos un país gerontofóbico. Quizá el problema no sea un supuesto odio a los ancianos, sino que no sabemos bien cómo clasificarlos

Foto: Foto: Reuters/Jon Nazca.
Foto: Reuters/Jon Nazca.

Sentada en el banco de un parque, una persona mayor, presumiblemente una abuela, recibe unas flores de una niña rubia, presumiblemente su nieta. Por teléfono móvil, otro presumible abuelo, con gorra clásica de octogenario pero adaptado a las nuevas tecnologías habla del regalo que le va a hacer a su nieto, a punto de cruzase con otros tres abuelos que arrastran un carrito de bebé o llevan a sus hombros la bicicleta del niño. Los protagonistas de la imagen son una abuela de pelo blanco, pendiente de perlas y bastón, a la que su nieto (deducimos) le guía agarrándole de la mano.

Esta es una somera descripción del mural que Paco Roca, flamante premio Eisner, ha dedicado a los abuelos en un encargo de Metro de Madrid. Inspirado tal vez por una de esas macroviñetas íntimas de Chris Ware, Roca vuelve a hacer alarde de su talento para generar ternura a través del retrato de realidades cotidianas con las que resulta fácil identificase. En este caso, el cuidado mutuo, ya sea a través de un regalo que hace tal vez más ilusión al que regala que al que es regalado, llevar una bici a hombros, unas simples flores o ese pago de deudas que es cuidar al cuidador cuando lo necesite.

Hay un llamativo fuera de campo en ese ideal campo otoñal, que alude implícitamente a meses de pandemia en los que alrededor del 67% de las muertes se han producido en residencias como si se tratase de una forma de sublimar cierto sentido de culpabilidad: la ausencia del anciano, persona mayor o simple persona humana con una cronología avanzada que no puede definirse por las cualidades del abuelo. La definición del abuelo, como indica el dibujo, no se limita a haber sido padre o madre de otra persona que a su vez ha sido padre o madre, sino cuidar y ser cuidado. En cierta forma, seguir contribuyendo el engranaje productivo, ya sea permitiendo que los padres trabajen o que los nietos consuman.

Se ha instalado durante los últimos meses la sensación de que nos hemos olvidado de nuestros mayores, por no decir que directamente los odiamos. En ‘El País’, hablando sobre gerontofobia, la filósofa Adela Cortina escribía que las circunstancias “han hecho patente ese edadismo, esa discriminación por razón de edad, que ve en las personas ancianas seres improductivos, una carga para la sociedad, una amenaza para la sostenibilidad del sistema de pensiones”.

Sabemos que los abuelos cuidan de los nietos y les regalan cosas, pero nos cuesta imaginar los rasgos de los mayores jubilados y sin descendencia

No estoy completamente de acuerdo. Que en abstracto se teorice sobre las dificultades que supone la pirámide poblacional no quiere decir que de verdad se considere a los abuelos una carga, menos en un país en el que estos siguen siendo una parte esencial de las familias (lo cual, por cierto, ha supuesto un problema adicional). Algo bueno tendría ser uno de los países donde más tardamos en independizarnos, donde la convivencia intergeneracional es mucho más frecuente. Desde luego, no he leído nada como esas supuestas declaraciones que “daban por bueno excluir a los ancianos de los tratamientos y aislarlos”. En todo caso, ha sido un desprecio por omisión de deber de socorro, no por complicidad activa.

Quizá, por lo tanto, sea necesario hacer una distinción entre los abuelos, esos que llevan bicicletas y regalan cosas, y el abstracto grupo de personas mayores que no encajan en ese estereotipo familiar y productivo, tierno y de postal. El problema es que no tenemos ni la más remota idea de qué hacer con ellos.

Cumplir muchos años cuando eres joven

En España, los mayores de 65 años suponen ya el 19,4% de la población total, alrededor de uno de cada cinco. Pero no es el dato clave: sí lo son, por ejemplo, que de las 4,7 millones de personas que viven solas en España, un 43,1% tiene más de 65 años, la mayoría de los cuales son viudos y viudas; o que, como señalaba el informe ‘Mujeres mayores viviendo solas’, el 38,3% de las mujeres que viven solas en España no han tenido hijos. En otras palabras, no son abuelas.

El Schmidt de 'A propósito de Schmidt', a punto de jubilarse y sufrir una crisis existencial.
El Schmidt de 'A propósito de Schmidt', a punto de jubilarse y sufrir una crisis existencial.

En otras palabras, ¿qué son las personas de más de 65 que no son abuelos? En muchos casos, no parecen ser nada. Simplemente, desaparecen a los ojos de la sociedad, y ni siquiera pasan a conformar el inmisericorde pero recordado grupo de los fallecidos en residencias, sino que engrosan la inexistente estadística de las personas que mueren solas. Pero no hace falta ponerse dramáticos: pensar que un anciano solo está abocado a un destino trágico es tan dañino como pensar que no existen. Es reducirlos a otro de esos tópicos ante los que resoplamos cuando no se cumplen, como el abuelo que pretende tener vida propia más allá de ser la muleta de la conciliación de sus hijos trabajadores.

La gran cuestión aquí, creo, es que aún no tenemos imágenes y definiciones que nos ayuden a entender a los mayores actuales más allá de su clasificación como abuelos. Cualquiera que haya frecuentado someramente la compañía de jubilados de más de sesenta, setenta o incluso de ochenta habrá comprobado que no hay una ruptura clara, como sí podía ocurrir décadas atrás, entre el maduro y el anciano. A los 75, muchas personas no son hoy más que como eran a los 45 o 55 tal vez con algún achaque más. Desde luego, no encajan en la imagen de Carl Frederiksen, el protagonista de ‘Up’, convertido desde hace una más década en el epítome del abuelito tierno. En todo caso, se parecen más a Manuel Castells, cáustico Ministro de Universidades a los 78 o de Carmen Maura, que para el que no lo sepa, tiene 74.

Cuando uno no encaja en el papel de abuelo o de trabajador, pasa a formar parte de un limbo representativo

Si existe esa indefinición sobre los nuevos mayores, no asociados tampoco a una fragilidad que se les presupone, es por nuestra manía de articular nuestra identidad como personas a partir de dos ejes que parecen sostenerlo todo: el trabajo y la familia. Cuando uno deja de producir, ya sea porque se jubila y deja de utilizar tarjetas de visita, ya sea porque no tiene familia a la que cuidar (o por la que ser cuidado) pasa a formar parte de un limbo representativo. No porque él no tenga identidad, claro, porque tal vez se sienta más libre que nunca, sino porque a la mirada de los demás ya no es ni trabajador ni abuelo, sino una simple persona mayor.

El problema no es que la odiemos, es que como no sabemos ni que existen, no forman parte de nuestro mundo. Nadie pintará un mural para ellos, pero cada día serán más. No estaría de más comenzar a comprenderlos fuera de los tópicos.

Mitologías
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