Bin Laden vuelve a dividir a Estados Unidos y Europa

El lunes nos despertamos con imágenes de júbilo en Estados Unidos, desde Times Square a Boston Common. Osama Bin Laden estaba muerto. ¡Viva Barack Obama! El

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    El lunes nos despertamos con imágenes de júbilo en Estados Unidos, desde Times Square a Boston Common. Osama Bin Laden estaba muerto. ¡Viva Barack Obama! El miércoles, Europa ya era un hervidero de dudas. Pedro J. Ramírez amanecía en Twitter con un “Bdías. ¿Q significa q Bin Laden murió pq se "resistió" yendo "desarmado"? Cuantos + detalles, tengo + dudas sobre la moralidad de la acción”. Almudena Ariza, corresponsal en Asia Pacífico de TVE, twitteaba que había conseguido un visado para Pakistán y que salía para allá en cuestión de horas. Y añadía: “Tengo la impresión de que ahora surgen las dudas tras la operación contra Bin Laden. Quizás no había tantos motivos para la celebración”. Una vez más, un acontecimiento de importancia mundial refleja la enorme brecha entre la forma de pensar de Estados Unidos y Europa. Aunque esta vez las instituciones y los gobiernos (el del pacifista Zapatero incluido) hayan apoyado la decisión de Obama, la opinión pública sigue sus propios derroteros.

    Entiendo la alegría de los estadounidenses. En gran parte, porque cuando el monstruo saudí ordenó el ataque contra las Torres Gemelas, yo vivía en Nueva York. Y jamás podré olvidar aquellos días. Comprendo que el índice de popularidad de Obama haya subido en las encuestas: los americanos saben ahora que su comandante en jefe no es un pusilánime, como sospechaban algunos. Y que tiene mejor sentido de la orientación que George W.Bush, que dejó que su megalomanía le llevase a Irak en vez de a Pakistán, dónde el terrorista más buscado del mundo vivió seis años en una mansión de un millón de dólares.

    También comprendo las dudas europeas. Nunca nos gustó Guantánamo, y no nos va a gustar más por el hecho de que haya respondido al principal fin para el que fue creada: capturar a los cabecillas de Al Qaeda. No respaldamos en la tortura. No creemos en la pena de muerte. Confiamos en la fuerza de la ley. No estamos seguros de que la muerte de Bin Laden sea un “acto de justicia”, como lo califica Obama.

    Ahora bien, tampoco me extraña que, a menudo, los estadounidenses nos miren como a marcianos, a lo Astérix: ¿Estos europeos están locos? ¿Hemos ganado la primera gran batalla en la guerra contra Al Qaeda y no se alegran? Ayer vi un episodio de la serie Mad Men, sugerentemente titulado El crisantemo y la espada, que refleja bien esta mentalidad. Uno de los personajes se niega a hacer negocios con japoneses –la serie está ambientada en los sesenta-, contra los que luchó en la Segunda Guerra Mundial. Y una de las protagonistas femeninas, más joven, no lo entiende y le pide que deje atrás el pasado porque “ganamos y ahora nos sentimos seguros”.

    Así se siente ahora toda una generación de estadounidenses que se consideraba invencible hasta que Bin Laden y el 11-S trastocaron su pequeño mundo: más seguros. Algo que a los europeos nos cuesta entender. ¿Acaso no ven que los partidarios de Al Qaeda son ahora animales heridos? ¿Qué todos los occidentales somos objetivos válidos? ¿Que la cruzada no ha acabado?

    En un mundo ideal, los helicópteros estadounidenses hubiesen aterrizado sigilosamente en Abbottabad, la población a 50 kilómetros al norte Islamabad dónde se refugiaba Bin Laden, le hubiesen pedido educadamente que levantase las manos, le hubiesen esposado y se lo hubiesen llevado con toda su "troupe" hasta Washington. El mundo entero se hubiese regocijado y esperado con avidez el momento en que el juicio se retransmitiese por televisión.

    O no. Porque para los europeos, los estadounidenses nunca parecen acertar con su brusco modo de actuar, más propio de las películas del Oeste que de los delicados y sutiles films franceses. Pero nos hemos acostumbrado a que sean ellos los que nos saquen las castañas del fuego, sobre todo, cuando se trata de que las tropas actúen. Aunque el problema sea más nuestro –Libia o los Balcanes- que suyo. Vieja y querida Europa. Incapaz de tomar decisiones difíciles aunque cuando son más necesarias. Gobernar es elegir y casi nunca entre algo blanco y algo negro. Obama lo sabe. Por eso no le tembló el pulso en la madrugada del lunes.

    La caída de Osama Bin Laden es la mejor noticia de los últimos tiempos. Un líder sin una ideología más allá que su oposición al poder occidental en general y al de Estados Unidos en particular. Una diva que buscaba el protagonismo en prime time de Nueva York a Marrakech. Un hombre sin escrúpulos que supo aprovechar la falta de valores y la sed de gloria de muchos jóvenes musulmanes perdidos por el globo. Con o sin juicio, con o sin entierro como Alá manda, con o sin consenso entre Estados Unidos y Europa, el mundo es un sitio mejor sin él.

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