Palos, 20; zanahorias, 0. ¿Hasta cuándo?

“Se cazan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre”, decía San Francisco de Sales. Por desgracia, los españoles hace mucho

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    “Se cazan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre”, decía San Francisco de Sales. Por desgracia, los españoles hace mucho que no vemos miel y sí mucho vinagre, en forma de recortes salariales, subida del IVA, falta de crédito, aumento del IRPF, incremento del IBI… Nos aprietan, nos aprietan, nos aprietan. ¿Hasta cuándo?

    Hay a quién le gusta echar mano de la teoría del palo y la zanahoria: para que el burro camine y nos haga caso, hay que ir combinando una de cada. El palo, para ir eliminando conductas dañinas, y la zanahoria, para reforzar los comportamientos positivos que queremos que se repitan. En la UE, podríamos decir que los del palo son los de Merkel, los que defienden que hay que seguir castigando a Europa del Sur con más recortes hasta que sea un reflejo de la del Norte. Y los de la zanahoria, los keynesianos, dispuestos a abrir la mano e invertir para que el burro vuelva a andar y no se lleve por delante a los pura sangre. 

    La política del palo puro y duro funciona exclusivamente en periodos muy cortosPero cualquiera que haya trabajado en el mundo de la empresa lo tiene claro: el palo sin zanahorias no vale para nada. Todos hemos conocido jefes que apretaban y apretaban, que siempre exigían un esfuerzo extra porque las circunstancias eran complicadas, que tensaban la cuerda hasta el no va más… Sin dar a cambio ni una palmadita en la espalda y sin aplicarse a sí mismos un nivel de exigencia similar.

    La política del palo puro y duro funciona exclusivamente en periodos muy cortos. ¿Por qué? Porque genera un constante estado de nervios en el trabajador, le lleva a sentir desconfianza del resto del equipo que está igual de presionado, y puede generar malas conductas de cara a los proveedores y clientes. En definitiva, fomenta un ambiente laboral en el que predominan la agresividad, la descortesía, y la mala educación, y se lleva por delante cualquier atisbo de compromiso.

    Normalmente, este es el estilo de gestión que eligen los directivos que necesitan salvar sus propios pellejos, los que pecan de un exceso de prepotencia o de un complejo de inferioridad. Y el resultado suele ser una gran desmotivación. De repente, los jefes (algunos) se dan cuenta de que la organización está enferma, de que el talento no fluye, de que los empleados trabajan por puro trámite y de mala gana. Y, ¡zas! Empiezan a repartir zanahorias. Pero cuando llegan, las felicitaciones suenan a falsas y a los empleados les crispa aún más que se les quiera tomar el pelo.

    Una sociedad que encaja bien los golpes

    Volvamos a España. Nuestro Gobierno, en plena huida hacia adelante por culpa de una crisis más compleja de gestionar de lo que nunca imaginó, se encuentra con una sociedad que encaja bien los golpes o que, al menos, se queja poco. Así que se dedica a tratarnos como a niños, jugando a contarnos una realidad distinta a la que vemos todos y echándoles a otros la culpa de cada nuevo palo que nos arrea. Los ciudadanos de a pie asistimos estupefactos a un castigo que debería ir destinado principalmente a los culpables de los que provocaron las burbujas de España: la corrupción de los políticos, el elefantismo de las administraciones públicas… Precisamente, los que se van de rositas.

    Si no entrevemos que España tiene un futuro, dejaremos de pensar que lo que pase en este país es cosa nuestraLo que dicen los expertos es que es imposible motivar sólo a base de castigos. Un castigo elimina conductas, pero no modifica los comportamientos. De ahí que haya que buscar otras técnicas que refuercen las conductas deseables.

    Cualquiera que haya trabajado en el mundo de la empresa sabe que para todo hay un límite. Si a cambio de nuestros sacrificios los ciudadanos no vemos zanahorias en forma de lucha contra la economía sumergida o el fraude fiscal, reforma de la función pública o ayudas a las pymes, nos cansaremos. Si no vemos atisbos de un plan que deje entrever que España tiene un futuro, vamos a dejar de pensar que lo que pase en este país es cosa nuestra. Y los daños podrían ser irreparables.

    “Se cazan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre”. Cualquiera que haya trabajado en el mundo de la empresa lo tiene claro: llega un momento en que la cuerda no se puede tensar más. Y los españoles estamos llegando al límite. ¿Hasta cuándo?

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