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No programes sus actividades, los niños también tienen que aburrirse
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David Pulido

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No programes sus actividades, los niños también tienen que aburrirse

Asusta ver las agendas de algunos niños en estos días de verano: campamentos urbanos, academias de refuerzo, clases de idiomas y todo tipo de cursillos de

Asusta ver las agendas de algunos niños en estos días de verano: campamentos urbanos, academias de refuerzo, clases de idiomas y todo tipo de cursillos de actividades de ocio programado y formal. Más asusta la razón que dan los padres para justificar que en verano las jornadas de sus hijos necesiten de una organización horaria digna del mejor aeropuerto: "Es que si no, tienen demasiado tiempo libre y se aburren".

Puede entenderse que haya padres que, al no disponer de vacaciones, necesiten que sus hijos estén atendidos en el horario que antes ocupaba el colegio. Y, efectivamente, si ese tiempo es productivo o se plantea de una forma lúdica, será mucho mejor aprovechado. 

Pero pensar que el tiempo libre sin estar dirigido por adultos es una fuente de aburrimiento es un gran error. Es más, dotar al aburrimiento de esa gravedad, como si fuera un estado emocional que hubiera que suprimir en cuanto aparece, se convierte en un problema de educación: nuestros hijos aprenden a ser caprichosos, a no saber transformar la inactividad y a tener más bajo el umbral de frustración, puesto que no siempre seremos capaces de cumplir sus expectativas de ocio. Son niños más dependientes y con menos iniciativa.

Qué pasaba antes

Los que fuimos niños hace décadas sabemos de aquellos veranos eternos donde la aventura de cada día empezaba por saber qué haríamos o con quién nos encontraríamos. El día no estaba planeado y dependía de nosotros el que fuera un día divertido o no. Aprendíamos que habría momentos más interesantes que otros, pero que el aburrimiento podía vencerse simplemente teniendo paciencia y algo de imaginación. Por supuesto, era más fácil cuando todos los demás niños estaban como nosotros: con todo el tiempo libre del mundo y buscando salir de ese aburrimiento. Eso facilitaba que nos encontráramos sin necesidad de un horario y que acabáramos juntándonos para jugar sin que nadie tuviera que supervisarnos.

Ventajas del tiempo libre

Aunque en la actualidad casi todos los niños tienen acceso a muchas más posibilidades de ocio que las que teníamos nosotros. El tratar de darles todo masticado y digerido ha podido mermar las ventajas psicológicas que el tiempo libre, libre de verdad, puede proporcionar a los niños.

  • El tiempo libre fomenta la creatividad. Para ser más exactos, es el propio aburrimiento el que lo hace. La falta de estímulos externos y la monotonía facilitan la generación de estímulos internos, es decir, la imaginación. De ahí que el aburrimiento no sea en todos los casos un estado improductivo, sobre todo en los niños, que tienen una capacidad de improvisar y crear más grande que la nuestra. La creatividad no puede desarrollarse en un entorno rígido, por muy lúdico que sea.
  • El tiempo libre permite profundizar en los gustos y en las aptitudes de cada niño. La constancia que proporcionan muchas horas seguidas dedicadas a algo es lo que realmente fija los hobbies de un niño y le permite discriminar qué es lo que le verdaderamente le gusta. Un niño que cada día tiene varias actividades diferentes que abarcan todos los campos, desde el deporte a la música, estará entretenido pero no podrá perfeccionar una determinada aptitud.
  • El tiempo libre favorece la creación de grupos de amigos estables frente a la existencia de decenas de grupos en diferentes sitios por cada una de las actividades a las que apuntamos al niño. Los amigos que se aburren juntos también compartirán experiencias más autónomas y creativas, y participarán en el desarrollo del ocio en todas sus facetas.
  • Por último y más importante, que el niño gestione su tiempo libre, incluso aunque a veces se aburra o haga cosas improductivas, le hará más autónomo, algo que parece preocuparnos mucho a los adultos cuando comparamos la gran dependencia que tienen respecto a todo frente a la que teníamos nosotros. El niño debe ser capaz de planear su tiempo libre, organizarlo y hacer partícipe del mismo a sus iguales. Es más, debe aprender de lo que funcionó y de lo que no para el próximo día. Debe ser capaz de lidiar con la frustración y con la ilusión y de tener la iniciativa de modificar sus propios estados emocionales.

Antes de que los lectores se vean tentados de no volver a ofrecer nunca un plan de ocio a un niño, hay que tener en cuenta ciertas consideraciones.

  • Como en casi todo, la virtud está en el término medio y en el sentido común. Igual de absurdo es programar cada hora del verano a un niño que no hacer nunca ninguna actividad. Hay que aprovechar el verano para jugar más que nunca y poder compartir en familia muchas actividades. Pero si lo dosificamos, alternando tiempo libre con tiempo de ocio programado, el niño será más feliz. Y nosotros, además del dinero que nos ahorraremos, podremos desconectar y descansar también.
  • La labor de los padres debe ser facilitadora siempre. Estando más pendiente si son más pequeños y dejándoles su autonomía a medida que crecen. Si el niño no está en un entorno donde sea fácil encontrar a otros niños o jugar, será importante que les ayudemos a buscar ese ambiente para que luego sea él quien, aburriéndose o equivocándose, vaya poco a poco conformando su tiempo libre.
  • No podemos caer en el error de aplicar esto mismo a los adultos. Nosotros tenemos menos recursos de improvisación y de creatividad. También tenemos menos tiempo libre y no tenemos tanto acceso a redes sociales como las que tiene un niño. Y lo que es peor: nosotros somos capaces de justificar nuestro aburrimiento y acostumbrarnos a él. Por eso, nosotros sí que tenemos que forzarnos a hacer cosas y programar mejor nuestro ocio.

Somos los adultos los que más debemos reflexionar sobre lo que hacemos con nuestro propio tiempo libre en vez de estar tan pendientes de que nuestro hijo no esté desocupado ni un minuto.

 A ellos dejémosles disfrutar y aburrirse de su verano.