Soy mujer de 45 años y estoy en el paro, ¿qué hago?
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Lola García

Trabajo y sentido común

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Soy mujer de 45 años y estoy en el paro, ¿qué hago?

Carolina es una mujer de 45 años, divorciada, tiene un hijo a su cargo, y su marido a duras penas le pasa la pensión. Vive en

Carolina es una mujer de 45 años, divorciada. Tiene un hijo a su cargo, y su marido a duras penas le pasa la pensión. Vive en casa de sus padres porque el trabajo que realizaba no le llegaba para independizarse junto a su hijo. Ella ha trabajado siempre como secretaria de dirección. Un buen día, su jefe la lleva al despacho y le comenta que el negocio no está resultando todo lo rentable que esperaban y que han decidido prescindir de ella. A ella le pilló de sorpresa porque su jefe no le había comentado nada al respecto, y los pagos de facturas se pagaban religiosamente. Hubo un momento en que se derrumbó y lo primero que pensó fue: ¿y ahora qué? ¿Qué hago con el pago de las facturas? ¿Quién me va a contratar con los años que tengo? Preferirán a una chica jovencita antes que a mí. Empezó a sudar, le palpitaba el corazón y en ese momento todo eran pensamientos negativos.

En los tiempos que estamos viviendo lo mejor es practicar el sosiego con miras a trazar un plan de acción.

En el libro Ciencia del sosiego, Ramiro Calle nos comenta que factores potencian el sosiego: ecuanimidad, emociones sanas y percepción de la impermanencia, entre otros.

1. Ecuanimidad: Tener ánimo constante y estable. Mente firme e imperturbada. Visión clara y  y equilibrada, libre de reacciones desmesuradas de dependencia psíquica (el apego) y de aborrecimiento. Cuando algo no puede cambiarse y hay que aceptarlo, ya solo contamos con la ecuanimidad. La ecuanimidad nos permite ver las cosas como son, sin reacciones demasiado egocéntricas y desorbitadas.

La vida nos ofrece sus innumerables rostros: sonrientes, alegres, dolientes, tristes y tantos otros

¿Por qué nace de la visión justa o cabal? Porque el que disfruta de entendimiento correcto y lucidez comprueba que todo es cambiante, que nada deja de ser sometido a la mutabilidad y que hay una ley inexorable que es la de la dualidad: porque hay amistad hay enemistad y porque hay amor, desamor, y porque hay encuentro, desencuentro, y porque hay elogio, insulto, y porque hay ganancia, pérdida, y porque hay triunfo, derrota. La persona ecuánime, obviamente, prefiere lo grato a lo ingrato, pero sabe manejarse con una y otra faz de la vida. Si llega lo grato, disfruta sin apego (dependencia); si llega lo ingrato, como inevitable, lo vive sin añadir sufrimiento al sufrimiento, sin aversión, y lo instrumentaliza para corregir y seguir creciendo y mejorando.

Se trata de mantener la calma ante el fracaso y éxito. No se exalta desmesuradamente ni se deprime. Está en sí misma, sin reacciones anómalas de apego y odio. ¡Qué sabio el adagio de Santideva!: “Si tiene remedio, lo remedias y no te preocupas. Si no tiene remedio, lo aceptas y no te preocupas”.

Por eso la ecuanimidad es un salvoconducto hacia el sosiego, como el sosiego lo es hacia la ecuanimidad. Una persona ecuánime no pierde la quietud y sabe aceptar lo inevitable como es. La persona ecuánime no teme el fracaso, porque no pone por medio el ego, la falsa autoestima o modelos idealizados. Hace lo mejor que puede a cada instante, pero si fracasa, lo acepta con ánimo estable, aprende e incluso se fortalece. No se desanima.

La vida nos ofrece sus innumerables rostros: sonrientes, alegres, dolientes, tristes y tantos otros. La ecuanimidad nos hace firmes desde la sensibilidad. Apoya en la lucidez, nos hace ver las cosas como son y nos mantiene sin turbarnos en demasía ni ante una u otra faz de las innumerables que la vida nos muestra.

2. Emociones sanas: No hay persona que no sepa por propia experiencia el papel fundamental que juegan las emociones positivas en el florecimiento del sosiego. No siente lo mismo una persona contenta que descontenta, que ama u odia, que está alegre o amargada, que se siente pletórica o abatida. Las emociones insanas, sin duda, generan desasosiego, sean la soberbia, la ira, la rabia, el resentimiento, la suspicacia, la susceptibilidad, el odio o el miedo infundado. Las emociones sanas son como vitaminas y tranquilizantes para el alma, que entonan el ánimo y a la vez sosiegan. Hay que ir poco a poco debilitando las emociones insanas y, por el contrario propiciando e intensificando las sanas: amor, compasión, alegría compartida, ecuanimidad, benevolencia, contento y satisfacción. Uno puede convertirse en su artífice emocional. He aquí un maestro que siempre estaba sereno. Los discípulos le preguntaron cómo lo lograba y él repuso: “Cada mañana, al despertar, me pregunto qué elijo hoy, si desasosiego o sosiego, y siempre elijo sosiego”.

Practicar la ecuanimidad, generar emociones positivas y pensar que todo cambia y nada permanece. Esto nos hará sentir sosiego con los pensamientos que nos llevarán a una actitud positiva y finalmente a emprender un plan de acción. Tener 45 años no es un inconveniente, es una edad en la contamos con experiencia y, además, es buen momento para plantearse emprender un negocio de servicios. ¿Podrías actuar de secretaria freelance para diferentes gerentes de empresas que no se pueden permitir una ‘secre’ todo el día? ¿Qué otros trabajos te hubiesen gustado desarrollar que sean viables en estos momentos? ¿Te has planteado vivir en un lugar que no sea la ciudad? Tus gastos se reducirían y te permitirían experimentar la calidad de vida. ¿Y practicar el teletrabajo? Es la edad perfecta para emprender un negocio que te permita salir adelante y conciliar la vida familiar.

El autoempleo con un buen plan de viabilidad puede ser un nuevo camino.

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