La participación y las primarias: del maquillaje al efecto 'boomerang'

La participación de los ciudadanos parece una de las exigencias irrenunciables de nuestro tiempo. El problema es que quizá no sea más que maquillaje

Foto: Eduardo Madina en cierre de campaña en Barakaldo (Efe/ Luis Tejido)
Eduardo Madina en cierre de campaña en Barakaldo (Efe/ Luis Tejido)

Hace unos días me invitaron a la tertulia política “Beers & Politics” de Málaga, en su sesión de inauguración. Ángela Paloma Martín y Antonio Guzmán, los promotores, me pidieron que hablase de primarias y de mi experiencia en campañas electorales.  Además de la satisfacción de visitar Málaga, donde conservo grandes amigos de la campaña de Madina por la secretaría general del PSOE, me sorprendió gratamente constatar lo que pienso, y que hace unos días publicaba en El Confidencial Esteban Hernández: que cada vez se habla más de política, que la sociedad se repolitiza y proliferan las tertulias, los clubs y las plataformas cuyo motivo es el debate político. Este hecho confirma que el enfado con la política, la indignación, la antipolítica, no se hayan replegado en la abstención, sino que ahora veremos cómo en las próximas convocatorias los electores votarán por amor o por enfado. Por amor a las siglas o por enfado con la élite política. Porque de eso va esto, de enfado con la élite política, no con la política, ni con la democracia.

Nace la nueva política

Así empecé mi charla. Así y contando que esto es lo que nos ha dejado el 15M, una suerte de estado de ánimo tendente a la política y a la indignación que hunde sus raíces en los aledaños del sistema bajo el inquietante lema de “No nos representan” o “Mis sueños no caben en tus urnas”. Yo lo llamo “el quincemayismo”. En marzo de 2011 se empezó a gestar esa semilla que floreció tres años después, en mayo de 2014, en los resultados de las elecciones europeas. Nació la nueva política, la que abre el protagonismo a los ciudadanos y rompe el eje tradicional de la izquierda y la derecha. Bienvenidos a la batalla entre lo viejo y lo nuevo, entre élites y ciudadanos,  la que alumbra a Podemos, la que lleva al PSOE a abrir su congreso para que vote todos sus militantes o la que invita a que IU se pregunte por su propia identidad y sus alianzas.

La gente no quiere participar, lo que quiere es influir y cambiar, con su aportación, las cosas

Y en este escenario toman protagonismo las primarias abiertas, esas votaciones para que el electorado escoja a quien cree que puede ser el mejor candidato para ganar las elecciones. Esa fue precisamente la gran promesa socialista, todavía por cumplirse. Ese producto, uno de los más valiosos e importantes de su escaparate, generó una enorme ilusión entre el electorado progresista, y no solo entre la militancia del PSOE, porque significaba el primer paso hacia un proceso de “regeneración democrática”, o como dicen los nuevos partidos, para radicalizar la democracia. Porque de eso se trata, de llevar al límite de lo posible cada uno de los aspectos que definen los pilares de nuestro sistema, ahora puesto en duda y deslegitimado por las sospechas de corrupción generalizadas y por las certezas de ineficacia. La política no solo no es percibida como solución sino que se entiende como el problema, uno de los principales. La elección directa de los representantes es una de esas aspiraciones de participación ‘extreme’ que permite llevar la opinión individual a la decisión colectiva. Porque, no nos engañemos: la gente no quiere participar, lo que quiere es influir y cambiar, con su aportación, las cosas. De lo contrario, la participación como fin solo tiene efecto placebo, por un tiempo, o efecto indignante, según los casos. Desengañémonos, la participación -como la transparencia, y como las primarias- no es un fin sino un medio para llegar a la incidencia, a la confianza en los procesos y a la renovación de las élites.

Los ciudadanos, convencidos del fin de ciclo

¿Qué clase de interpretación esperan que hagamos ante el resultado de las primarias del Partido Socialista de Madrid? O mejor, de las no primarias, porque no se van a celebrar ya que sólo un candidato ha conseguido los avales necesarios. En esas primarias –cerradas, por cierto- se requería un insólito 20%, el doble que en las primarias para la candidatura de la Comunidad de Madrid y el cuádruple que para ser candidato a la secretaría general del partido. Me pregunto con qué intención el Partido Socialista de Madrid pone esas condiciones, porque parece evidente que para convertir la elección del candidato en una fiesta de la concurrencia, no. No se nos escapa que el porcentaje de avales se establece para evitar una multitud de candidaturas y para que las que lleguen tengan unos apoyos mínimos pero, claro está, nunca para evitar su celebración.

Pero junto a esa certeza, existe un temor fundado de que sean instrumentos de manipulación de los procesos y libretos teatrales para la perpetuación de la élite

Los ciudadanos estamos cada vez más convencidos del fin de un ciclo y reclamamos con fuerza una segunda transición política y democrática en nuestro país. Acabada la primera -que cerraba con corchetes el corsé de una democracia conservadora de los pilares de nuestra convivencia, que consagraba la concentración del poder, mediante un sistema electoral de partidos fuertes y seguridad en la gobernabilidad- ya es hora de un nuevo paradigma. Ahora se reclama más apertura, la descolonización de espacios por parte de la política, más legitimidad en la representación, más ciudadanía…y nuevos mecanismos que ensanchen nuestra democracia para apuntalar las grietas tectónicas que se abren en los fundamentos del sistema. Tal como era ya no sirve y los primeros que deberían aceptar el reto y liderar esa transición son los partidos, llegando a consensos para cambiar las Reglas del Juego y auto-renovando sus fondos y sus formas.

¿Síndrome de Estocolmo?

Hay sin duda un fuerte consenso en la izquierda social respecto a que las elecciones primarias abiertas deben marcar ese salto cualitativo como la primera manifestación de cesión y distribución del poder, de igual forma que ya no puede haber vuelta atrás en el proceso de apertura para las instituciones democráticas. Y junto a esa certeza, un temor fundado de que sean falsos, sean maquillajes, efectos placebo para acallar los gritos indignados que reclaman cambios, instrumentos de manipulación de los procesos y libretos teatrales para la perpetuación de la élite. Precisamente es aquí donde la brecha se abre entre los partidos de la vieja política que apuestan por mantener las estructuras retocando la fachada, frente a la apuesta de Podemos, dispuestos a hacer bandera de aquellos temas en que el PP y el PSOE aparecen como casta.

Hace poco escuché atemorizada a un diputado de un gran ‘viejo’ partido decir que los que, como yo, trabajamos por acercar la vida parlamentaria a los ciudadanos, que estamos preocupados por la crisis de legitimidad de nuestras instituciones de la política formal y por el divorcio absoluto entre ciudadanos y élites, y que proponemos un reformismo radical tenemos síndrome de Estocolmo con los ciudadanos y que eso está muy cerca del populismo. Pero ese es otro tema. 

Tribuna

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