Tsipras dice gracias: a Merkel le va a pasar lo mismo que a Esperanza Aguirre
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Esteban Hernández

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Tsipras dice gracias: a Merkel le va a pasar lo mismo que a Esperanza Aguirre

Hay unos cuantos elementos de sentido común que suelen pasarse por alto y que sin embargo definen muy bien el problema de fondo griego

placeholder Foto: Tsipras en la televisión durante su discurso de ayer. (EFE)
Tsipras en la televisión durante su discurso de ayer. (EFE)

Los argumentos sobre causas y soluciones de la crisis griega están frecuentemente recorridos por la ideología, moviéndose en un marco estrecho en el que caben invocaciones al caos, enormes desastres si salen del euro, acusaciones de querer acabar con la soberanía griega y con un gobierno de izquierdas y razonamientos similares. Cuando uno se encuentra con ellos, sin tener información de primera mano y sin ser un experto economista, tiende a sentirse un poco perdido, porque gran parte de la información consiste en informes técnicos o en lecturas completamente políticas, en cifras y gráficos o en opiniones ideológicamente orientadas. Pero más allá de unas y otras, hay unos cuantos elementos de sentido común que suelen pasarse por alto y que sin embargo definen muy bien el problema de fondo griego [aquí puede seguir en directo toda la información sobre Grecia].

Más allá de quiénes fueran los causantes de la crisis y de los objetivos últimos que se persigan, hay que insistir en algo muy evidente, como es la pérdida de soberanía de los estados nación en un entorno global. En este contexto, y más aún en la Unión Europea, y más aún en los territoriosfuertemente endeudados, los países están sometidos a una supervisión férrea de sus presupuestos por las instituciones internacionales, de modo que sus políticas económicas y fiscales quedan muy marcadas. La capacidad de acción de los políticos nacionales es muy escasa, convirtiéndose más en gestores de instrucciones ajenas que en dirigentes autónomos que toman sus propias decisiones.

Fracasar durante años y seguir en el puesto

Por ser más concreto: los últimos cinco años han sido las instituciones internacionales las que han dirigido la economía griega, las que han impuesto condiciones y las que han ordenado las reformas que han estimado convenientes. En ese lustro el agujero se ha hecho más grande y se ha pasado de una deuda que suponía el 80% del PIB griego al 180%: las negociaciones actuales son consecuencia directa del fracaso en la gestión de quienes han impuesto las políticas económicas.

Las negociaciones sobre el rescate de Grecia no van de izquierdas ni de derechas, sino de la peculiar cerrazón de la tecnocracia europea

Lo llamativo es que, en esta ronda tensa y públicamente amplificada, quienes se han equivocado insisten en que apliquen las mismas directrices que están hundiendo a Grecia, sólo que con más intensidad aún. Un razonamiento que no entenderíamos en otros ámbitos de la vida: si el CEO de una empresa la conduce a la ruina, su dimisión o su despido resultarían inapelables; si un entrenador impusiera un sistema de juego que llevara a un fracaso tras otro durante cinco años, no nos cabría duda de que la única solución sería un cambio que permitiera que se desarrollaran otros planteamientos tácticos. En el caso griego no ha sido así, y han ido cambiando a los cuadros intermedios, esto es, a los políticos locales, esperando que de este modo se solucionara el problema. Pero el error es de dirección, y echar a unos cuantos empleados no cambia las cosas en absoluto.

Quienes defienden a los actuales gestores europeos suelen señalar que esto no es exactamente así, porque sus órdenes no han sido cumplidas con la exactitud que sería precisa. Pero como hemos visto en las negociaciones, la capacidad de actuar de un modo distinto al que marca Bruselas es mínima y los gobiernos helenos (hasta Syriza) no han hecho más que acatar las órdenes recibidas. Hay quienes insisten en que esto no es cierto, porque el carácter griego y los innumerables privilegios a los que estaban acostumbrados los convierten en un pueblo especialmente resistente a los cambios. Todos hemos oído historias acerca de gente que se jubilaba con jugosas pensiones a los cincuenta años, una gran masa de funcionarios que querían seguir siéndolo, el derecho adquirido a no pagar impuestos y asuntos de ese corte.

Tienen que pagar y dejarse de cuentos

Imaginemos que, como suele argumentarse desde ciertos sectores, los griegos sean unos jetas y unos vagos, y sus ganas de seguir viviendo como los reyes sean las que imposibilitan la reducción de la deuda. Pero esa hipótesis coloca a los tecnócratas europeos en una situación poco favorecedora. El préstamo con interés es un negocio, y es tarea del prestamista valorar las garantías de los prestatarios. En ese caso, bien cabe preguntar a los acreedores de la deuda griega si no sabían a quién estaban dejando el dinero: es como si alguien presta a un drogadicto y luego se queja de que no se lo devuelve porque se lo ha gastado en droga. ¿Acaso no lo imaginabas? Es más, ¿no te habían engañado ya presentando unas cuentas falsas que les permitieron entrar en el euro? De modo que si son un pueblo tan poco disciplinado no se puede argumentar que no se estaba sobre aviso. Si el prestamista, en esos casos, tiene un problema, es porque se lo ha buscado.

Otros argumentos señalan que, más allá del carácter griego y de sus condiciones actuales, lo importante es cumplir con el deber adquirido, y que por lo tanto, lo que debe hacer el Gobierno heleno es pagar y dejarse de cuentos. El lado débil de este razonamiento es que son precisamente las medidas impuestas las que hacen imposible el cumplimiento de lo acordado: si prestamos dinero a un establecimiento comercial con diez empleados, le obligamos a prescindir de cinco, a reducir sus existencias a la mitad y a vender parte de sus activos, generará necesariamente menos ingresos; si a la siguiente ocasión insistimos en que siga recortando su oferta y su personal, venderá aún menos; y si se vuelve a repetir la operación, terminará cerrando y la deuda quedará impagada. Eso es lo que está ocurriendo con Grecia: desde el punto de vista de los deudores la cosa pinta mal, porque las condiciones de vida de su población cada vez son peores; desde la perspectiva de los acreedores, tampoco pinta bien, porque acabarán por no cobrar.

Los gestores europeos deberían tener cuidado con estas cosas porque encienden fuegos que no podrán apagar

Las negociaciones sobre el rescate de Grecia no van de izquierdas ni de derechas, sino de la peculiar cerrazón que la tecnocracia europea ha demostrado a la hora de ser pragmática para solventar un problema. Se está comportando como esas viejas burocracias del siglo XX, monolíticas y rígidas, que no toleraban cualquier cosa que se saliera de la línea de puntos. Parece que sólo tiene una solución posible, y la va aplicando mecánicamente aun cuando la realidad le demuestre que no es útil. Pero no es capaz de ser flexible, de entender el momento y de aportar nuevas soluciones. Como bien define Habermas, es la obcecación dentro de la obcecación.

Deberían tener cuidado con estas cosas porque son perjudiciales para la solidez de Europa y porque demuestran profundas maneras antidemocráticas, pero también porque son poco pragmáticas para los intereses que defienden. Puede pasarles lo mismo que a Esperanza Aguirre: tenía la alcaldía ganada, pero su intransigencia arrojó a miles de votantes en brazos de los partidos de oposición; simplemente votaron contra ella. Desde luego, eso ocurrirá en Grecia si seguimos por este camino, pero las cosas no se detendrán ahí. Están encendiendo fuegos en Europa que no van a poder apagar.

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