La UE tiene una fórmula mágica para Grecia. Y la va a aplicar hasta el final

El problema griego va mucho más allá de Grecia, y se manifestará en su toda su crudeza las próximos años. Pero los burócratas europeos tienen una solución perfecta

Foto: Hay tecnicismos que son pura y dura ideología. (iStock)
Hay tecnicismos que son pura y dura ideología. (iStock)

Todos los días nos levantamos preguntándonos lo mismo sobre Grecia, y es qué vendrá a continuación. Ahora toca el debate en el Parlamento griego, los apoyos con que contará Tsipras en el futuro, si habrá Grexit al final, etc. Sin embargo, en la lectura de fondo, Grecia parece, a pesar de las incógnitas, un caso cerrado. Tsipras ha perdido en las negociaciones de la peor manera posible, el acuerdo ha sido humillante, y el resultado final deja a todos la sensación de que el asunto se ha manejado de manera lamentable. En definitiva, los poderes europeos ganan, la troika gana, Rajoy gana, Tsipras y Podemos pierden y aquí paz y después gloria.

Extend and pretend

Pero el caso griego es bastante más que eso, y dista mucho de estar cerrado, porque los problemas no harán más que recrudecerse. En cierta manera, lo que han hecho los técnicos europeos, el Eurogrupo y las instituciones no es más que una versión de lo que llaman extend and pretend, un término que, más que en su acepción económica, debe ser utilizado en su sentido original: intentar curar la resaca bebiendo. Las medidas que se han impuesto a Grecia, igual que las que llevan orquestándose desde hace cinco años, no pueden alcanzar otro objetivo que el de aumentar la deuda, como bien ha señalado el FMI. Desde que la troika se puso manos a la obra con los griegos, han pasado de una deuda del 80% del PIB al 180%, y ahora les van a prestar más dinero al mismo tiempo que imponen medidas que impedirán cualquier crecimiento. Gastarán menos, sí, pero ingresarán menos, con lo cual la deuda crecerá.

La ideología actual tiene que ver con las creencias absolutas de los tecnócratas en que sólo hay una fórmula que sirve

Puede que esté todo previsto, y la quita llegue en uno, dos o tres años, y que la insistencia en no hacerla ahora se deba exclusivamente a razones políticas cuya intención es la de frenar las derivas populistas en Europa, que es la versión que mucha gente maneja. Pero es probable que no se trate de otra cosa que de una acción típicamente disciplinaria de los burócratas de toda la vida, esos que tienen un manual con una fórmula y no se separan un ápice de ella. Krugman define a estos hombres grises como gente que tiene una fe absoluta en la ortodoxia recibida, con independencia de que las señales de la realidad les indiquen que se están equivocando o, parafraseando a Keynes, como esa clase de personas que prefiere fracasar una y otra vez siguiendo el camino ortodoxo que tener éxito realizando acciones no convencionales.

En ese contexto, a cualquiera que se le ocurra proponer otro camino diferente del de la fórmula mágica (reformas estructurales y reducción presupuestaria) será completamente ninguneado (eso contaba Varufakis cuando, al proponer al Eurogrupo otras opciones bien estudiadas y argumentadas, recibía el silencio por respuesta: “Si les hubiera cantado el himno de Suecia, habría conseguido la misma reacción”); si insiste, además, en llevarlas a cabo, será aplastado. Lo que está en juego no es un problema ideológico en el sentido en que lo entendemos, como producto de unas creencias políticas concretas en lucha: si en lugar de estar Syriza en la mesa de negociaciones hubiera estado Le Pen, un gobernante socialdemócrata o un conservador euroescéptico se habría llevado el mismo escarmiento. La ideología actual tiene que ver mucho más con las creencias absolutas de los tecnócratas europeos en que sólo hay una fórmula, que tiene poderes increíbles y que tienen que llevarla hasta el final porque así conseguirán un mundo mucho más saludable que con alternativas políticas con un contenido concreto. Los burócratas del pasado aplicaban el libro de normas, hoy el libro de la ortodoxia.

Reforzando al enemigo

Pero los problemas no acaban ahí, sino que reciben un nuevo impulso. Económicamente, porque Grecia va a ir a peor, y políticamente porque aquello que querían evitar, como eran los populismos, se van a recrudecer. El equipo de Tsipras tiene razón cuando insiste que este escenario favorece a Amanecer Dorado, pero se le olvida decir que el asunto va mucho más allá de un grupo de extrema derecha griego. La forma en que se ha manejado el asunto por parte de Merkel, Schäuble, el Eurogrupo y las instituciones europeas en general, sólo puede reforzar los sentimientos anti-EU. Los euroescépticos del partido de Cameron, el UKIP, el Frente Nacional y los partidos de izquierda estilo KKE han visto ratificadas sus tesis. No hay que ignorar que Syriza y Podemos pueden tener otra idea sobre Europa, pero son europeístas, y los partidos que la UE está reforzando con sus decisiones no.

Esto ocurre siempre que la tecnocracia se encierra en sí misma y no confía más que en su ortodoxia

Pero no sólo vendrán problemas desde los márgenes: el peligro de que se confunda el rechazo a esta expresión de la Unión Europea, en la que el peso de la política es ínfimo respecto de la economía y en la que esta significa una sola fórmula, con el rechazo a la UE en sí misma es muy grande. Los principales dirigentes comunitarios han minado la credibilidad de las instituciones con su particular cerrazón a la hora de solucionar un problema pragmático, han conseguido que crezcan muchas antipatías y además han reforzado los sentimientos anti-EU. Es cierto que todo el mundo desde las instituciones y desde los medios afines señala con el dedo a Tsipras como responsable de todos los males, y que Dijssembloem y compañía han recibido un premio por hacer cumplir la fórmula mágica en lugar de ser despedidos por haber gestionado la situación tan mal desde hace cinco años, pero el precio a pagar no es menor. Mucha gente tiene la sensación de que esta UE sólo sirve a intereses alemanes, de que los países del sur van a salir perdiendo y que, si seguimos por este camino, dentro de varios años los problemas seguirán estando ahí, sólo que manifestándose mucho más crudamente. Pero esto ocurre siempre que la tecnocracia se encierra en sí misma y no confía más que en su ortodoxia. Esto es, cuando se convierte en una burocracia que no tolera el disenso. O, por decirlo de otro modo, cuando se convierte en ideología.

Tribuna
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