No seáis zotes, estudiad humanidades y no matemáticas (si queréis arreglar esto)

Hay una guerra en marcha contra las ciencias humanas y sociales. Pero quizá en ellas residan las soluciones a los problemas que nos genera la apuesta ciega por los números y las estadísticas

Foto: ¿De verdad que el manejo de grandes cantidades de datos va a acabar con nuestros problemas? (iStock)
¿De verdad que el manejo de grandes cantidades de datos va a acabar con nuestros problemas? (iStock)

Son iniciativas estupendas, cada vez más presentes en la oferta cultural. 'Le Monde' ha celebrado un festival de las ideas, otras publicaciones como 'The Atlantic' la organizan anualmente (Aspen Ideas Festival) y en España tenemos la edición segoviana del más prestigioso de todos ellos, el Hay Festival, que tuvo lugar el pasado fin de semana. Conjuga los encuentros con creadores con mesas dedicadas a la radiografía de la sociedad y al análisis de grandes temas, y es un buen contexto, en un marco idóneo, para entender cuáles son las ideas que están circulando en nuestro mundo y cuáles están a punto de consolidarse.

En ese entorno, llama la atención la cantidad de ocasiones que ha salido a relucir la educación como solución última a los problemas. Sin duda, se trata de un asunto crucial para nuestras sociedades, quizá el más decisivo, pero que suele ser utilizado a menudo de forma perversa: cada vez que se expone un problema y se señala que la solución es la educación, suele ser porque o no se tienen ideas para arreglar lo roto o no se quieren poner en marcha. Además, últimamente se habla mucho de educación cuando se quiere decir formación laboral, y distan mucho de ser lo mismo.

"Una carrera normal"

Hubo dos intervenciones llamativas en ese sentido, cada una en un plano. El economista Guillermo de la Dehesa señaló, desde la polémica, el error “monumental” que constituye ese deseo de buena parte de la población de acudir a la universidad, puesto que no es una vía real de acceso al empleo: “La gente, en lugar de hacer una carrera normal, como es la formación profesional, quiere ir a la universidad. Como además es barato, porque sólo cuesta 6000 euros, todo el mundo lo hace”. La segunda gran equivocación que planteó es la elección de la disciplina, ya que en lugar de matricularse en matemáticas o ingeniería, muchos estudiantes optan por las humanidades, lo cual les suele condenar al paro.

La idea dominante es que la educación debe ser ante todo formación para el trabajo, es decir, adquisición de competencias técnicas

La otra referencia, esta vez en un plano más pragmático, tuvo lugar en la mesa dedicada al sector del 'big data' en el mundo del libro, donde Juan Mateos García, economista de las industrias culturales que trabaja en el Reino Unido, señalaba que va a ser muy importante que todos recibamos formación en estadística, que es determinante en el presente laboral, así como en creatividad. Estos conocimientos son muy relevantes, por ejemplo, en los 'data scientist', un perfil sin paro que se caracteriza por contar con profesionales que además de saber extraer y analizar los datos, pueden convertirlos en atractivos.

Ambas afirmaciones coinciden con las dominantes en buena parte de nuestra sociedad, que señala que la educación debe ser ante todo formación para el trabajo, es decir, adquisición de competencias técnicas, ya sea de mayor o menor grado (desde la impartida en la FP hasta la ingeniería), que matemáticas y ciencias van a ser los conocimientos esenciales, y que el manejo de datos, cifras y estadísticas van a ser las fuentes de información esenciales en los años próximos.

Las matemáticas no lo son todo

Pero esta tendencia, mucho más que aportar soluciones, nos aboca a grandes problemas. Esta confianza ciega en los datos y en las matemáticas está comenzando a a reinar en los entornos expertos, en la opinión pública y en la toma de decisiones de toda clase. Quizá porque, como señala el catedrático de Economía aplicada Antonio Pulido “se tiende a confundir matematización con rigor y calidad científica en una ciencia social como la economía (y en la administración de empresas)”, esto es, se cree que una verdad sólo lo es si está puesta en números.

Detrás de algunos modelos matemáticos usados en economía no hay más que mera ideología

Pulido, profesor de Econometría, cree “en el uso de modelos de la cuantificación de los fenómenos económicos, en la utilidad de la prospectiva y en la predicción económica y empresarial", porque se dedica a ello, pero advierte de los excesos en que estamos incurriendo. Pulido se refiere en su 'post' al estudio 'Mathiness in the Theory of Economic Growth' del profesor de la New York University Paul Romer, en el que denuncia no sólo como esta correspondencia entre realidad y medición no existe sino que “se manejan hipótesis irreales detrás de construcciones matemáticas complejas”. Por decirlo más rápidamente, que detrás de algunos modelos matemáticos usados en economía no hay más que mera ideología.

Romer ha llamado a este fenómeno 'mathiness' o 'matematicismo', una forma de convertir a la disciplina en una herramienta retórica más que en una herramienta para entender el mundo. Como advierte Simón González de la Riva en una serie de artículos tremendamente clarificadores, se trata de una actitud que se percibe claramente en los académicos se “cuando centran más en el uso de instrumentos matemáticos que en las labores previas de conceptualización, creación o selección de indicadores…”. Es decir, cuando no tienen en cuenta las frecuentes divergencias entre la realidad y su medición, entre el fenómeno y su indicador y entre las matemáticas y la realidad, lo que a menudo convierte al instrumento para resolver problemas en el problema mismo.

El mínimo común denominador

Hacer caso omiso de esta divergencia es lo que permitía a Guillermo de la Dehesa señalar sin género de dudas como un gran peligro el hecho de que, si la población de Nigeria sigue creciendo al ritmo actual, para 2100 será tan numerosa como la de la UE. Puede que sea así, pero sólo si creemos que su modelo predictivo es perfecto y hacemos abstracción de toda clase de elementos, previsibles e imprevisibles, que la vida traerá en los próximos 85 años. Su idea sólo funciona si eliminamos de raíz todo aquello que debería ser analizado para poder realizar una predicción que se aproximase algo a la realidad. Esa visión estrecha es la misma que lleva a Mateos García a señalar al 'big data' como un gran instrumento para el mundo del libro, cuando lo cierto es que su aportación hasta la fecha ha sido residual, ya que carece de capacidad predictiva real, que la información que puede aportar genera escaso valor añadido y que se trata de una herramienta con límites internos, puesto que sólo puede medir enormes cantidades de datos a partir de su reducción al mínimo común denominador, por lo que es probable que arroje conclusiones simplistas.

Se quería ser eficiente y realista y se acabó gestionando de una manera irracional, cuando no ciega

En este entorno, la insistencia en que cada vez formemos más gente que se centre en el indicador en lugar de en el fenómeno, que en lugar de trazar un análisis amplio sobre la realidad que nos ayude a entenderla decida medirla pobremente y correlacionarla, se ha convertido en una de las más frecuentes causas de las disfunciones de nuestras sociedades. Y esa visión racional es justo lo que una educación en humanidades puede aportar.

Las promesas irracionales

Desde que irrumpió derribándolo todo esta especie de glorificación de las ciencias y de desprecio por las humanidades, que fue dibujada como el enfrentamiento entre lo útil y lo inútil, entre lo pragmático y lo especulativo, buena parte del mundo del pensamiento trató de combatirla erróneamente, porque acogió su marco. El problema no es que un ámbito sea eficiente y el otro retórico, sino que el que se proclama científico y pragmático no lo es. Dos ejemplos recientes en los que hemos ahondado en El Confidencial, el error de McDonald's y el hundimiento de Nokia, reflejan con bastante precisión cómo esas decisiones que estaban avaladas por los números, que estaban respaldadas por las tendencias de la época y que aseguraban un futuro brillante, llevaron a las firmas a situaciones muy complicadas. Si en lugar de fijarse en cuadritos y tendencias, hubieran tomado en cuenta realidades muy evidentes pero difíciles de medir, su suerte hubiera sido mucho mejor. Dicho de otra forma, se quería ser eficiente y realista y se acabó gestionando de una manera irracional, cuando no ciega.

Y esa es una gran lección, porque al eliminar las humanidades y las ciencias sociales de la ecuación, al relegar a la nada a materias como la filosofía, la historia, la sociología, la psicología o la misma economía, se destruye aquello que puede hacer que una organización, una empresa o una sociedad funcionen bien: todo aquello que hace que las decisiones sean pragmáticas, realistas y efectivas. De modo que quizá los estudiantes deberían encaminarse más hacia las humanidades y las ciencias sociales, y las empresas e instituciones deberían elegir para dirigirlas a un buen número de personas formadas en ellas, en lugar de a personas que se dejan tentar por las promesas irracionales de la novedad y de la exactitud.  

Tribuna

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