El mal de la universidad (y del periodismo, la ingeniería y demás profesiones)

Un estudio enormemente sincero descubre por qué se embellecen o se manipulan los estudios académicos y da una pista sobre por qué se hace en otros sectores laborales

Foto: No todo lo que te cuentan cuando te venden un estudio académico es cierto. (Corbis)
No todo lo que te cuentan cuando te venden un estudio académico es cierto. (Corbis)

Bajo el extenso y enrevesado título 'Artifice or integrity in the marketization of research impact? Investigating the moral economy of (pathways to) impact statements within research funding proposals in the UK and Australia', emerge un estudio enormemente sincero sobre los problemas que está sufriendo la educación superior, pero también sobre los que aquejan a gran parte del trabajo intelectual en la sociedad contemporánea.

Los investigadores Jennifer Chubb (Universidad de York) y Richard Watermeyer (Universidad de Bath) describen una serie de contradicciones en el seno de las universidades, cuyo núcleo está instigado por un cambio que lleva a los profesores a orientarse cada vez más hacia la captación de fondos, hacia la consecución de impacto en sus investigaciones y hacia un mayor rendimiento. Esa presión por obtener resultados que no están en su mano les lleva a comprometer o sacrificar su integridad en un intento de asegurarse ventajas profesionales. La consecuencia última es la utilización ambigua o el abandono de los códigos tradicionales de conducta, aquellos que tenían como horizonte el universalismo, la ausencia de intereses, el escepticismo y la defensa de la crítica y la verdad objetiva, y a sustituirlos por el pragmatismo profesional, la mercantilización y las prácticas rentables.

Los académicos utilizan el marketing, lo que favorece las propuestas infladas que hacen indistinguibles las investigaciones de las exageraciones

En este nuevo managerialismo, los académicos son reclutados, promovidos y premiados, aseguran los investigadores, con base en su capacidad de captar ingresos y de atraer “bienes posicionales”, lo cual provoca que pongan en marcha prácticas inusuales que acaban siendo percibidas como eficaces, legítimas y adecuadas al rol del verdadero académico.

Tergiversar o mentir

La presión por aplicar sistemas que conduzcan a alcanzar estos resultados, que llaman ‘Pathways to Impact Statements' o procedimientos que marcan los caminos para alcanzar el impacto pretendido, comportan una presión sistémica que modifican los comportamientos de los sometidos a ella. Los académicos envuelven sus investigaciones en marketing, lo que favorece las propuestas infladas, que buscan seducir mucho más que describir, y que convierten en indistinguibles las investigaciones de las exageraciones.

Embellecer, tergiversar o mentir sobre la importancia y el alcance de las investigaciones se ha convertido en una práctica normalizada y necesaria en la cultura académica, asegura el estudio, a la hora de alcanzar sus objetivos, como la consecución de fondos:

¿Me creo esto? No. ¿Me ayuda a conseguir fondos? Sí”. (Profesor del Reino Unido)

“Escribiré mis propuestas según lo que marca mi trabajo, pero en los flecos añadiré algunas mentiras acerca de su utilidad, porque es la única manera que tenemos de conseguir fondos. Tengo un trabajo que hacer y es el modo con el que cuento de terminarlo. Es una pena, ¿no?”. (Profesor del Reino Unido)

“Ahora, con la autojustificación permanente nos metemos en un entorno muy sucio. Alguien te llega con cosas académicas que seguramente no tienen ninguna importancia, les pides que te las enseñen, y nunca puedes estar seguro de si te están diciendo la verdad o las están tergiversando. Eso no es bueno”. ('Reader' en una universidad del Reino Unido)

“Tendrás problemas”

Varios entrevistados explicaron que la mercantilización en la investigación es un asunto de supervivencia en el mundo académico y señalaron que se suele operar de un modo parecido al del comerciante, intentando satisfacer las expectativas de logro y éxito que los directivos les imponen:

“Si puedes encontrar a un académico que no haya mentido o embellecido sus investigaciones para obtener recursos, entonces estás señalando a un académico que tiene problemas seguro con su jefe de departamento Si no juegas el juego, estás causando un perjuicio a tu universidad. Así que cualquier persona que sea tan ética como para no romper las reglas y para no dedicarse a estos juegos, va a tener problemas, lo cual es lamentable”. (Profesor, Australia)

“Es sólo un poco peor”

La presión por los objetivos, aseguran los investigadores, termina por proporcionar una inmunidad moral a los académicos en este contexto de búsqueda de impacto:

“No creo que nos debamos preocupar demasiado por esto. Es simple supervivencia… La gente escribe ficción todo el tiempo, esto es sólo un poco peor”. (Profesor, Australia)

“Encontraremos alguna manera de disimularlo. No es que no vayamos a salir bien, que siempre terminamos haciéndolo. Es la tensión moral a la que la gente está sometida”. (Profesor, Reino Unido)

Consecuencias negativas

Otros entrevistados, sin embargo, argumentaron que aunque las 'Pathways to Impact' sean un camino hacia la supervivencia en el trabajo, su utilización causará consecuencias negativas, por ejemplo a la hora de la valoración pública de la investigación:

“Todo tiene que ver con la supervivencia y se vuelve desalentador. Pone a la gente en situaciones comprometidas y crea un clima de desconfianza”. (Profesor, Reino Unido):

El estudio asegura que el problema aumenta en la medida en que estas exageraciones no sólo proporcionan la subsistencia en el trabajo, sino que son también la principal causa de progreso en la carrera profesional.

Un ingeniero debe vender los proyectos y sacarlos adelante con el coste más bajo, el abogado ha de captar clientes y el periodista conseguir lecturas

La cuestión de fondo, sin embargo, alcanza mucho más allá de las prácticas académicas. Los trabajos son cada vez más un entorno donde se exigen resultados y que priorizan las técnicas de venta sobre las reglas propias del oficio. Un ingeniero no sólo debe realizar una tarea técnica, sino que debe vender los proyectos y sacarlos adelante al coste más bajo; el abogado ha de captar y conservar a los clientes, y el periodista conseguir lecturas, y eso no puede hacerse sin utilizar algunas prácticas que, como bien se describe en el artículo citado, pueden entrar en conflicto con las bases que deben dirigir una profesión. La mercantilización, el empaquetado del producto para que venda mejor es un mal común en la política, en la empresa y en las profesiones, y el ámbito académico no es más que el terreno en el que estos problemas se reflejan.

Como asegura Mats Alvesson, profesor de la Universidad de Lund, resulta mucho más sencillo vender la imagen que vender el trabajo. En nuestra época la marca termina siendo más importante que el producto, la apariencia que la sustancia, la actitud más que la calidad del trabajo y la imagen más que la profesionalidad. El foco está puesto en la superficie y no en lo de dentro, lo cual está generando contradicciones llamativas. “Haciendo bien las cosas sustanciales (esto es, las cosas que podemos hacer, las que hacemos y las que conseguimos) es difícil tener éxito y más aún comunicarlo. Sin embargo, otros indicadores son mucho más sencillos de conseguir y visibilizar, como el título falso, el CV inflado, las certificaciones que no significan nada, o vender una imagen impresionante en Facebook, Twitter y otros medios de comunicación social”. Y eso es exactamente lo que están haciendo los académicos, como el resto de profesionales, dar brillo a su producto.

Tribuna
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