Los viejos están destrozando España, Europa y nuestra economía, ¿no?

Es llamativo cómo una serie de estereotipos han tomado a las personas de más de 50 años como el objetivo central de sus críticas. Les acusan de casi todo, Brexit y 26J incluidos

Foto: Es mayor. O es socio de la empresa o será despedido pronto. (iStock)
Es mayor. O es socio de la empresa o será despedido pronto. (iStock)

Los viejos son la causa de los males contemporáneos. Ocurre en el mundo del trabajo, donde los mayores de 45 son percibidos como el principal motivo de que las empresas no funcionen, y por eso deciden despedirlos o, si tienen la edad precisa, prejubilarlos. Son gente que opera con referencias de otras épocas, que no quiere aprender, nada dispuesta a adaptarse y mentalmente muy rígida. Además, cuestan mucho dinero a nuestra seguridad social, porque cada vez tienen más achaques, suponen un gasto enorme en pensiones y aportan poco a las arcas estatales. Por si fuera poco, tienen una mentalidad antigua, son dados a la xenofobia, se creen las mentiras mucho más fácilmente y poseen una rigidez mental que les impide salirse de las pautas adquiridas.

Jóvenes tolerantes y pragmáticos

¿Parece una descripción excesiva? Pues es frecuente oírla en el mundo de la empresa y últimamente en la política. Muchos expertos (y muchos medios) respondieron a los interrogantes sobre el Brexit con un diagnóstico bastante rotundo: los viejos, carcamales, retrógrados y xenófobos británicos decidieron el referéndum en contra de los intereses de los preparados, globalizados, tolerantes y pragmáticos jóvenes. Y algo de esta retórica se dejó caer en el 26J: la gente mayor había sido clave en los resultados, porque su cerrazón mental les llevaba a votar a los viejos partidos, a hacer lo que la costumbre marcaba, y sus miedos irracionales a perder la pensión o a que el caos asaltase las calles españolas ayudaron al PSOE a resistir los embates de lo nuevo y al PP a ganar holgadamente los comicios.

Lo viejo debía morir para dar paso a lo nuevo, pero había colectivos que se resistían por cobardía, por comodidad o por una mala percepción de la realidad

Pero esta no es solo una creencia de la política, sino más bien una lógica típica de nuestra época. Desde mediados de los años 80, y especialmente a partir de la década siguiente, el concepto dominante fue el cambio. Vivíamos en un mundo en transformación, que se debía reinventar con urgencia y donde las certezas pretéritas ya no resultaban pragmáticas. Era un escenario de grandes riesgos, pero también de enormes oportunidades, y quienes supieran ser lo suficientemente flexibles, poner su talento a trabajar y adecuarse a los tiempos, serían los vencedores. Este ha sido el discurso central en el entorno de las organizaciones, y también en el del trabajo. Términos como innovación, emprendeduría, flexibilidad o adaptación al cambio se convirtieron en enormemente populares, y terminaron justificando éxitos y fracasos de personas y empresas.

El mundo actual nos ofrece enormes posibilidades y lo único que nos impide alcanzarlas es precisamente la resistencia de esos colectivos a adaptarse

En ese contexto, el pecado mayor era aferrarse al pasado, a lo que siempre se había hecho, lo cual englobaba elementos de lo más dispares, desde las raíces hasta los procedimientos técnicos, desde el apego a la tierra natal hasta las prácticas profesionales, desde las costumbres hasta el deseo de estabilidad. Lo viejo debía morir para dar paso a lo nuevo, pero había colectivos que se resistían por cobardía, por comodidad o por falta de visión de la realidad. En política esto quedaba retratado en las personas que se aferraban al estado del bienestar, que querían seguridad en su puesto de trabajo o que eran partidarios del proteccionismo. Especialmente, en la Unión Europea este vínculo fue muy claro en lo que se refiere a los nacionalismos.

Las certezas del pasado

También funcionó a la inversa y el caso español es relevante en ese sentido, con los partidos emergentes insistiendo en que debían acabar con lo viejo, haciendo de su novedad un valor: estábamos en un sistema que no funcionaba, corroído por el uso, y hacían falta otras bases sobre los que sostenerlo, como una nueva constitución, o un nuevo acuerdo entre el estado central y la periferia. Era tiempo de cambios, porque las certezas del pasado ya no bastaban.

Hay que reinventarse para abrirse a todo aquello que el futuro nos ofrece. Algo que no puede hacerse sin expulsar todo aquello que se resiste al cambio

Pero esta idea posee un corolario evidente: si estamos ante un mundo que nos ofrece tantas posibilidades, la única causa que nos impide alcanzarlo es precisamente la resistencia de esos colectivos a adaptarse. En las empresas, esta convicción tiene un peso enorme, porque los gestores han entendido que para que funcionen sus métodos lo prioritario es eliminar los obstáculos internos. Hay que reformar las compañías, sus estructuras y sus modelos de negocio, hay que reinventarse con frecuencia para abrirse a lo que el futuro nos ofrece. Algo que no puede hacerse sin expulsar todo aquello que se resiste a su avance. Es en ese sentido que las empresas optan por prescindir de las personas que superan los 45, de quienes no ponen su vida profesional por encima de la personal o de quienes comienzan a dar señales en su cuerpo de que ya no son tan jóvenes.

Este modelo también opera de forma bastante frecuente en la política. Fijémonos en el Brexit: ¿no nos iría mucho mejor sin esa gente retrógada y xenófoba que se niega a ver la realidad, y que prefiere seguir anclada en las viejas tradiciones? ¿No son ellos los culpables de que las cosas vayan mal?

Estos argumentos son una estupidez que mezcla elementos reales con otros falsos

Sorprende que este esquema interpretativo aparezca con tanta frecuencia. Es cierto que en un mundo de continuos cambios todo lo que no es novedad es percibido como obsoleto, al igual que el móvil del año pasado ya no es cool este, pero el nivel de irrealidad que se alcanza en este asunto es excesivo. Estos argumentos son una estupidez porque, como suele suceder, mezclan elementos reales con otros falsos, para después retirar los que estorban hasta ofrecer una verdad interesada. Incluso los científicos sociales, en especial los que pertenecen a las corrientes dominantes, caen en estas obviedades, prefiriendo un dictamen rotundo que el análisis de una realidad compleja.

Jóvenes y viejos pierden

Oponer los viejos a los jóvenes es perturbador porque desplaza los asuntos hacia elementos poco relevantes. El mundo del trabajo es, de nuevo, un buen ejemplo. Los jóvenes tienen muy difícil su entrada en el mercado de trabajo, y las condiciones de acceso, cuando este se produce, son claramente pobres. Pero, del mismo modo, quienes cuentan ya con cierta edad, como tengan la mala suerte de salir de él, algo que comienza a ser muy frecuente, son arrojados a una suerte de limbo donde se convierten en invisibles. El problema, pues, no es si salen más favorecidos los mayores o los recién llegados, sino la estructura del mercado laboral en sí misma.

Y ocurre igual en la política. En el Brexit hubo varias causas, alguna mucho más importante que la pelea de jóvenes contra viejos, pero que apenas es tenida en cuenta, porque la primera es mucho más útil y más fácil de comunicar

La clase media está convirtiéndose en pobre mientras que la gente muy rica se hace mucho más rica. Por eso creen que el sistema les ha abandonado

Como argumenté en este artículo, hay un cambio sustancial en nuestras sociedades, al que es difícil adaptarse y cuyas consecuencias ya se han dejado sentir. 'The Washington Post' señalaba que hemos entrado en un mundo dualizado en el que los trabajadores del primer mundo están perdiendo pie, y eso incluso en contextos en los que las cifras económicas son positivas. La clase obrera vive peor, y por eso no resulta extraño que focalice su indignación en ese enemigo interior que son los inmigrantes. En 'Harvard Business Review' se afirma que,en lo que se refiere a la clase media, lo que está sufriendo no puede ser denominado recesión ni tampoco depresión, sino que más bien se trata de una implosión. La clase media se está convirtiendo en los nuevos pobres mientras que la gente muy rica se hace mucho más rica todavía, lo cual hace crecer la conciencia de que el sistema les ha abandonado, y con ella, la rabia. El Brexit tiene un buen componente de esta ira, y puede entenderse como la reacción de clases trabajadoras y medias que perciben que sus opciones materiales y vitales son escasas y que no encuentran mucha salida a esa situación. El retorno al nacionalismo, en ese contexto, funciona.

Las ansiedades económicas

El manejo de las ansiedades económicas también ha sido, entre otros, un factor en las elecciones del 26J, y desde luego mucho más importante que el eje joven/viejo. Ahí es donde el PP ha hecho valer un mensaje que le ha servido para ganar: las supuestas consecuencias para el país de un gobierno inestable liderado por personas poco preparadas, en el mejor de los casos, e ideológicamente perversas en el peor, que es la idea central que han transmitido, ha calado en todas partes. Incluso en barrios madrileños de clases populares, como Usera, Carabanchel, Vicálvaro, Hortaleza o Villaverde ha ganado el PP. Su mensaje ha canalizado mejor las ansiedades económicas, frente a unos partidos nuevos que, por verse perjudicados por el voto útil, como Ciudadanos, o por no haber sabido lanzar un mensaje económico, como Podemos, han salido escaldados.

De modo que, más que enfrentar a jóvenes y mayores, lo cual es útil como distracción, quizá sea mejor pensar en términos sistémicos. Insistir en ese eje es perderse en lo accesorio y esconder lo relevante.

Tribuna
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