Por qué cada vez hay menos trabajo y peor pagado: una explicación real

Hablan de un futuro en el que los robots acabarán con muchos empleos. No hace falta ir tan lejos: está ocurriendo ya y la automatización no tiene nada que ver

Foto: Un robot en la Feria de Inteligencia Artificial de Tokio. (Christopher Jue / Efe)
Un robot en la Feria de Inteligencia Artificial de Tokio. (Christopher Jue / Efe)

Un revelador artículo publicado en 'The New York Times' compara la situación de dos empleadas de la limpieza de compañías prestigiosas: la Sra. Evans trabajaba para Eastman Kodak, la Sra. Ramos lo hace para Apple; la primera recogía y adecentaba las oficinas de la firma a principios de los 80, la segunda en la actualidad. En términos reales, sus salarios son equiparables, pero las condiciones resultan completamente distintas.

Evans contaba con más de cuatro semanas de vacaciones por año, recibía ayudas de la empresa para cursar sus estudios universitarios y cada marzo recibía un bonus. Además, cuando cerraron las instalaciones en las que limpiaba, le fue asignado otro trabajo en la misma compañía. Ramos trabaja para una subcontrata, no tiene vacaciones, tampoco puede formarse tras el horario laboral y no cuenta con ninguna paga extra. El caso de Evans es especial, además, porque desarrolló una importante carrera dentro de Kodak: tras titularse en la universidad, desempeñó diversas tareas en la firma hasta ser nombrada directora de tecnología. La mejor opción de Ramos para subir en la escala laboral es ser ascendida a jefa de equipo y cobrar 50 centavos más por hora.

No es mal negocio: antes pagaban a cuatro trabajadores y ahora, por hacer lo mismo, solo a uno que además es autónomo

Hace unos meses tuve ocasión de conocer, gracias a un afiliado sindical, una comparación similar en el ámbito del transporte. Me contaba que hace poco más de una década, en su camión iban dos conductores si el trayecto era largo, para relevarse. En su empresa, apenas hay conductores en plantilla, porque los transportes los realizan autónomos que aportan su propio camión; como la legislación se ha relajado, sólo conduce una persona, y está autorizado a hacerlo más horas de las que a ellos les permitían. Además, el autónomo debe cargar y descargar. Concluía que no era mal negocio: allí donde antes se necesitaba invertir en comprar camiones, pagar dos conductores y a la gente que cargaba, ahora sólo precisan una persona, que además es dueña del vehículo y que está dispuesta a trabajar las horas que sean necesarias.

¿Los robots?

Ambos ejemplos representan dos caras de la misma moneda. La ortodoxia predictiva señala que estamos ante tiempos de cambio, en los que la automatización, la sistematización y la robotización harán que se pierdan muchos empleos. Sin embargo, antes de entrar a analizar ese futuro y sus incertidumbres, deberíamos constatar cómo esos efectos se están produciendo ya, y no sólo, o no principalmente, como corolario de los cambios tecnológicos, sino que provienen de las directrices del management.

Desde la deslocalización hasta las prejubilaciones, todo tenía el mismo objetivo: reducir el peso del factor trabajo en los costes

Las últimas décadas en el mundo laboral han sido de cambios continuos y sostenidos (y las reformas de la normativa laboral forman parte de ese proceso), en las que han ido sucediéndose nuevas formas de gestión, siempre con nombres llamativos. Todas ellas han empujado en la misma dirección. La deslocalización, la externalización, las prejubilaciones, los Eres y las reorganizaciones estructurales tenían un objetivo común: reducir el peso del factor trabajo en los costes.

En todas las profesiones

Las compañías se han preocupado de aumentar ingresos, aunque en general han optado por tomar atajos como las fusiones o las adquisiciones en lugar de mejorar el producto o el servicio, pero sobre todo de reducir gastos. La trabajadora de Apple lo sabe porque carece de esas vacaciones pagadas, de las oportunidades profesionales o de la estabilidad laboral que tenía su compañera de Kodak. También lo saben los falsos autónomos, como muchos transportistas, porque se han hecho cargo de los costes derivados del desarrollo de la actividad (hasta han comprado un camión), que se ven sometidos a una presionante precariedad y a jornadas de trabajo más largas, además de a una mucho menor protección social. Algo que no ocurre sólo en los empleos de baja cualificación, sino que se ha extendido a toda clase de profesionales.

Esta tendencia está detrás de las horas extras, de la extensión del trabajo a la vida privada y de los deficientes servicios que prestan muchas empresas

Producto de este deseo de hacer más con menos, también han llegado las reducciones de plantilla, de forma que la misma carga de trabajo es repartida entre los empleados que quedan. Esta tendencia está detrás de las horas extras que no se pagan, de la extensión del tiempo de trabajo a la vida privada, de la gente pendiente del móvil o del ordenador en su casa. Pero también de los deficientes servicios que prestan muchas empresas (y también los servicios públicos externalizados), en los que la falta de mano de obra provoca retrasos, fallos o equivocaciones. Y está, obviamente, detrás de la menor oferta de puestos de trabajo.

Núcleos reducidos

El futuro que nos espera parece adentrarse aún más en ese pozo. El sector tecnológico y la economía del contenedor que propone como modelo general no consiste sólo en mediar gracias a la red o a las aplicaciones, sino en adelgazar al máximo las empresas, reduciendo sus costes, en especial los laborales. Si las firmas desde mediados de los noventa han optado por externalizar todo lo posible y quedarse sólo con las áreas centrales, las actuales están haciendo lo mismo, pero intentando acelerar el proceso: quieren que el núcleo sea aún más reducido y las áreas periféricas más baratas.

Dependen menos de la innovación tecnológica per se que de los cambios en la forma de empleo y en la reducción de los salarios

Como asegura Eric Peters, fundador, CEO y jefe de inversiones del hedge fund One River, "deberíamos tener cuidado y no pasar por alto la posibilidad de que las empresas tecnológicas disruptivas no sean más que mecanismos de reducción de los salarios a meros niveles de subsistencia”. Estas firmas “dependen menos de la innovación tecnológica per se que de los cambios en la forma de empleo y en la reducción de los salarios, así como de la imposición de condiciones de trabajo más duras”. En palabras de Peters, “la naturaleza de la tecnología depende en gran medida de lo que el público pueda ser persuadido de aguantar”.

De modo que cuando oigamos hablar de desigualdad, de los trabajos que se pierden o de la irrupción de las máquinas, no pasemos por alto la fuerza principal que los impulsa. Y, hoy, esa no es la tecnología.

Tribuna

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