Si esto es lo que queréis, no sé por qué queréis la independencia

Las declaraciones de Joan Tardà y Gabriel Rufián sobre los motivos que les llevan a liderar el divorcio de Cataluña y España subrayan las contradicciones de parte de la izquierda

Foto: Gabriel Rufián y Joan Tardà. (EFE)
Gabriel Rufián y Joan Tardà. (EFE)

En esta confrontación sin apenas matices en que se ha convertido el 1-O, ha habido poco espacio para explicar y comprender los motivos de fondo por los que una parte importante de los catalanes quiere separarse de España. Se han mencionado diferentes aspectos, como la defensa de la lengua y la cultura, o las mejores oportunidades económicas que tendría Cataluña yendo por separado, o se ha analizado este deseo como resultado de un deterioro en la convivencia: la administración española no ha reconocido los derechos que un territorio posee y no hay más remedio que poner fin a la unión. El símil más habitual ha sido el de un matrimonio, en el que uno niega al otro lo esencial, por lo que el divorcio es ineludible.

Más allá de estos asuntos, que han sido comentados desde un lado y desde el otro, y acerca de los cuales el lector tiene ya sus ideas formadas, querría insistir en otro tipo de argumentos, que se han utilizado fundamentalmente entre la izquierda y que todavía, a pesar de sus limitaciones, siguen operativos. Un reciente encuentro, patrocinado por ctxt.es, con Joan Tardà y Gabriel Rufián, señala perfectamente el tipo de trampa en que, desde la izquierda, se está cayendo a la hora de enfocar el proceso catalán. Y ni siquiera entraré en el argumento de que los nacionalismos nunca han sido defendidos por la izquierda, porque si bien es cierto como tradición, existen las suficientes excepciones como para no dar esa realidad por sentada.

La apuesta de Rufián, tal y como ha sido expresada, apunta mucho más a cambiar la posición de un territorio dentro del sistema antes que a modificarlo

Rufián ha señalado repetidamente que “la gente no come banderas, por muy tricolores o esteladas que sean. Si muchos de nosotros, si la inmensa mayoría de nosotros está en esto, es porque se puede llegar a conseguir un país mejor. Una patria. Pero para muchos de nosotros, una patria no es más ni menos que tener escuelas públicas, colegios públicos y tener democracia económica e igualdad entre hombres y mujeres”. Esta es una idea muy apoyada en ciertos sectores, porque es la repetición de los argumentos de Podemos, solo que trasladados al otro lado del Ebro.

Lo que se pasa por alto

Si ese es el objetivo, que el centro del asunto sea la separación de un territorio en lugar del combate con las lógicas del sistema que nos rige, resulta bastante extraño, porque pasa por alto el asunto central. Como bien ha señalado Alberto Garzón en un reciente artículo, parece que la izquierda se ha olvidado del tablero de juego en el que se desenvuelve, que no es otro que el de unas dinámicas globales en las que cada territorio tiene sus funciones asignadas en ese reparto internacional de los procesos de generación de ingresos. Conseguir más recursos y más igualdad económica implica cambiar algo en ese sistema. La apuesta de Rufián, tal y como ha sido expresada, apunta mucho más a cambiar la posición de un territorio dentro de ese sistema antes que a modificarlo.

En un contexto donde el tamaño y la importancia económica son esenciales, repartir territorios y hacerlos más pequeños supone quedar debilitados

Desde un punto de vista pragmático, la secesión no es muy provechosa para el fin declarado por Rufián. Un Estado puede modificar el papel que juega dentro del entorno global dependiendo del tamaño y del peso económico de los que goce; ese es el intento de Trump o del Brexit, que han sido posibles precisamente porque son actores aventajados en el mundo global. En este contexto en el que el tamaño y la importancia económica son esenciales, repartir territorios y hacerlos más pequeños supone quedar debilitados y no reforzados. En el caso catalán, para conseguir ese reconocimiento internacional que precisa, solo una apuesta económica que encajase y que añadiese valor a este capitalismo extraño en que nos desenvolvemos sería factible; y esa es más la de Sala i Martí que la de Rufián. Hay quienes piensan que una coalición de izquierdas en una Cataluña independiente, que abarcase a ERC, la CUP y Podem, generaría un Gobierno mucho más progresista. No es cierto: constituiría un Gobierno hipotecado a un contexto frente al cual tendrían menos posibilidades de imponer su programa.

La derrota de Rajoy

La otra razón es más sorprendente. La expresa Joan Tardà: “Defender Cataluña es defender Madrid. Porque ¿alguien se cree que si nos sale bien la jugada y proclamamos la república, el 'statu quo' del 78 no va a reventar? (…) Estamos convencidos de que un proceso constituyente en Cataluña puede ser una palanca que pueda permitir abrir un proceso constituyente en el Estado español. Un proceso constituyente que quizá podría culminar con la proclamación de la Tercera República española”. En palabras de Rufián: “También lo hacemos por España, nosotros creemos firmemente que la única derrota que tiene Rajoy en el horizonte es el referéndum de Cataluña”.

Que los populares salgan de La Moncloa requiere de la formación de una mayoría social que lo desee. No sé en qué ayudaría la independencia de Cataluña

Esto ya tiene menos justificación. No solo porque si el PP no se equivoca (de lo que es muy capaz) será Rajoy quien salga reforzado de este proceso, sino porque es un sinsentido en sí mismo. Que los populares salgan de La Moncloa requiere de la formación de una mayoría social que así lo quiera, y que exista un proceso constituyente precisa de una mayoría todavía más grande. Si no se cae en ensoñaciones, estamos lejos de lo primero y más aún de lo segundo, y una secesión no ayudaría a que la cantidad de personas favorables a un cambio económico aumentase.

La habilidad de la derecha catalana

El artículo de Garzón señalaba algo evidente: en este escenario donde lo material es determinante (“y donde no es casualidad que el reciente auge independentista en Cataluña coincida con esta época histórica y con la habilidad de la derecha catalana de vincular independencia con esperanza frente a la crisis”), un cambio social desde la izquierda supondría alterar ese reparto de lo material, de manera que, al menos, existiera menos desigualdad, las bases de la política monetaria y de la económica tomaran otra dirección y los ciudadanos pudieran vivir mejor.

Creer que el llamado régimen del 78 conserva las mismas capacidades que hace 40 años en un contexto global es permanecer atados al pasado

Pensar que un proceso constituyente y la llegada de una república, o la creación de un Estado confederal, alterarían eso en algún sentido es desconocer dónde reside el centro del sistema. Como lo es pensar que el llamado régimen del 78 conserva los mismos poderes que hace 40 años en un contexto mundializado donde quienes poseen la capacidad real de acción son un conjunto de inversores, empresas e instituciones globales; insistir en el marco surgido de la Transición es permanecer atados al pasado. Esto ya no va de ejército, iglesia y empresarios franquistas. El sistema puede conservar el mismo nombre, pero es muy diferente del de hace cuatro décadas, y también sus principales actores.

Que nada cambie

Al capitalismo actual le da igual que la organización institucional española esté representada por un rey o por un presidente, siempre y cuando las bases materiales no se modifiquen lo más mínimo. A quien no les da igual es a los republicanos españoles y catalanes, pero a los inversores internacionales, por señalar un ejemplo importante, les resulta poco significativo: ni siquiera conocen España y su historia, solo quieren que su dinero sea devuelto con intereses. De modo que no, un proceso de ruptura no le vendría bien a España si el objetivo, desde la izquierda, no es que salgan Rajoy o el Rey, sino cambiar las bases de este sistema.

En ningún caso un decreto de independencia de un Estado-nación supone la neutralización de la ley del valor y de la lógica capitalista

Cualquiera puede desear la independencia por las razones que sea, y es normal que se solicite un referéndum. Pero lo que Tardà y Rufián cuentan no es más que desplazar hacia asuntos culturales lo que son lógicas materiales, como si algún cambio en los primeros alterase los segundos. Ese es un error habitual, pero no ocurre así. En palabras de Garzón: “En ningún caso un decreto de independencia de un Estado-nación supone la neutralización de la ley del valor y de la lógica capitalista”.

Lo que los dos líderes de ERC afirman es perturbador: es como si dos personas son perseguidas y una de ellas dice a la otra que se separen porque así será más fácil salvarse, y luego añade, “lo hago también por ti”. Si quieren defender la independencia están en todo su derecho, pero estas razones son poco sólidas. Salvo que, como es más que probable, estén ya pendientes del post 1-O, y piensen en clave electoral.

Tribuna

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