Mediciones universitarias: del 'ranking' de la investigación al 'ranking' de la docencia

En determinados foros educativos, las diferencias en la aproximación al concepto de 'excelencia académica' se perciben entre dos frentes intelectualmente enfrentados

Foto: La Universidad de Harvard figura en el primer puesto del listado.
La Universidad de Harvard figura en el primer puesto del listado.

Este mismo verano leíamos, una vez más, la ya habitual interpretación pesimista —tras la aparición de la última edición del 'ranking de Jiao Tong'— sobre la ausencia de universidades españolas dentro de las 300 'top' del mundo. Es evidente que no resulta positivo para nadie —ni para los países ni para sus sistemas universitarios— quedar fuera de un escaparate como este, cada vez más orientativo en la configuración de políticas de educación superior de gobiernos y de las propias universidades, tanto occidentales como orientales. A su vez, ser visible o no en esta clase de medidores afecta en algunos casos a la selección natural; a la hora de elegir universidad por parte de los estudiantes y a la hora de acogerles el mercado laboral, al menos, en sus primeros empleos.

Ahora bien, aquello de tildar en silencio o abiertamente como 'mejor' o 'peor' una universidad o a un conjunto de estas por aparecer o no en una tabla de este tipo requiere previamente de una revisión de fondo. ¿Qué se alumbra y ensombrece en el propio 'ejercicio comparativo' de los listados universitarios globales?

A menudo prima consolidarse y crecer como investigador, que no como profesor, y tener más presente la agenda de publicación que al alumno

Para iniciar esta respuesta, resulta oportuno saber que ya en Bruselas, en determinados foros educativos y asociaciones universitarias europeas, las diferencias en la aproximación al concepto de 'excelencia académica' se perciben entre dos frentes intelectualmente enfrentados: las agencias de calidad clásicas, de un lado, y las publicaciones o consultoras modernas de 'rankings', de otro. Las primeras son conscientes de su cierta invisibilidad o intrascendencia en los públicos de padres y alumnos, su acotamiento regional y la dificultad de entendimiento divulgativo de sus métricas. No obstante, sus responsables anhelan un mayor protagonismo o estatus de su función, considerándose las pioneras y legitimadas para la evaluación de resultados de esta índole. Las segundas, conscientes de su plena visibilidad e impacto global, al igual que sencillez de interpretación, ansían mayor respetabilidad y credibilidad, así como validez científica. Estas últimas buscan en las anteriores replicar metodologías de evaluación más rigurosas, así como indicadores y variables de análisis más fiables. En definitiva, unas y otras desean para sí la contribución de valor ajena, con el fin de ampliar su radio de acción, prestigio y notoriedad (y dependencia incluso).

¿Qué requisitos?

Sin embargo, la corriente o tendencia popular muestra una clara preferencia hacia los 'rankings' globales frente a los informes técnicos elaborados por agencias especializadas. Ahora bien, una opción u otra desde el punto de vista de dirección universitaria conduce a caminos y objetivos distintos, a la vez que a una gestión de recursos divergente, algo no tan fácil de diferenciar desde fuera a día de hoy entre las universidades españolas.

De cara a seguir respondiendo a la pregunta de partida, resulta clave saber quiénes suelen 'cotizar al alza' en 'rankings' como el referenciado al inicio. Según el Centro de Investigación Política en Educación Superior de la Universidad Tecnológica de Dublín (Irlanda), la tipología dominante en ese segmento es la siguiente: 2.000 millones de dólares estadounidenses de presupuesto anual, 1.000 millones de fondo de dotación, 200 años de historia y uso vehicular del idioma inglés en el aula. En definitiva, este retrato parece más bien uno propio de grandes (en volumen) y longevas (en antigüedad) universidades centradas en la investigación (el origen de la universidad moderna-actual del siglo XIX).

Stanford (en la foto) y Cambridge completan el podio.
Stanford (en la foto) y Cambridge completan el podio.

Esta clase de 'rankings' pondera determinados requisitos, como las patentes, las citas, los impactos en publicaciones científicas de primer orden y la concesión de premios Nobel o Fields a los miembros de su claustro. Todo ello resulta sencillamente imposible de lograr por parte de muchas universidades de pequeño o mediano tamaño, aun siendo más ágiles, flexibles y claras en su estrategia y proposición curricular y educativa de valor. Curiosamente, estas otras universidades, de iniciativa privada muchas de ellas, aunque no exclusivamente (según cada país), abren un espacio de diferenciación y mejora al que no se presta máxima atención: la experiencia de madurez, desarrollo, vida personal, intelectual y profesional 'del alumno como alumno'. Es decir, el retorno dentro y fuera de clase del universitario no tanto por la óptima investigación generada por su institución como por la docencia cultivada en esta.

No todo lo contable cuenta

Una posible causa de por qué se 'mide lo que se mide' exige reflexionar sobre la carrera y el éxito académico del investigador predeterminados por la 'investigación aislada' o individual, que no por una 'docencia abierta' y colaborativa. A menudo se prima o premia (el propio sistema) consolidarse y crecer como investigador, que no como profesor, y tener más presente la agenda de publicación que al propio alumno (impartiendo cuantas menos horas de clase mejor, dicho sea de paso). Se concibe y permite pensar, incluso en muchas mentes académicas, que el buen investigador no tiene por qué ser un buen docente, mientras que al buen docente el sistema le exige ser un buen investigador. Podríamos llegar a estirar esta idea hasta llegar a la creencia de que la razón de ser del 'investigador puro' es respecto a su comunidad científica y no respecto a su centro de afiliación académica (su universidad).

Algunos otros 'rankings' sí que se detienen a buscar y parametrizar el nivel de fortaleza del vínculo 'universidad-alumno'

En sentido opuesto, afortunadamente otro grupo de universidades, tanto dentro como fuera de España, van poniendo tímidamente el peso de su esfuerzo en una excelente docencia que gravita en torno al alumno ('student centric'). De momento, en Holanda e Israel, como ejemplos positivos, ya separan y compensan sin discriminación los dos senderos académicos (el que aspira a consagrase como investigador y aquel otro que sueña con convertirse en un magnífico docente), dejando libertad plena en el desarrollo profesional de cada cual. Algunos otros 'rankings' como el de Times Higher Education (THE) junto al de 'The Wall Street Journal' sobre 'colleges' en Estados Unidos, sí que se detienen a buscar y parametrizar el nivel de fortaleza del vínculo 'universidad-alumno'. Algunos países como Reino Unido lo han adoptado e interiorizado —en un proceso no exento de crítica de los sectores estáticos de la educación— como punto de partida sobre el que crecer económicamente e impactar en la sociedad a corto plazo.

Bajo el nombre de TEF (Teaching Excellence Framework), se pretende apostar por la docencia con tablas que sirven para identificar aquellas nuevas fortalezas universitarias de futuro y comprometidas con esta realidad. Curiosamente, de momento, aquellas pertenecientes a la exclusiva 'investigadora liga universitaria' del Russel Group son las que peor paradas salen en los frecuentes informes de 'rankings' que miden la vertiente docente.

En fin, como reza el dicho erróneamente adjudicado a Albert Einstein —nunca llegó a pronunciarlo—, en algunos 'rankings' “no todo lo que se puede contar cuenta y no todo lo que cuenta puede ser contado”.

* Samuel Martín-Barbero, rector de la Universidad Camilo José Cela (UCIJ).

Tribuna

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
3 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios