Soy el hijo del miedo: el triste sentimiento que solo entenderán los nacidos en los 80

La situación ha sido mala para todos, pero nuestras particulares circunstancias nos han impedido quitarnos de encima una ansiedad que nos ha hecho conservadores y conformistas

Foto: Presos de las biografías que escribieron para nosotros y no pudieron convertirse en realidad. (iStock)
Presos de las biografías que escribieron para nosotros y no pudieron convertirse en realidad. (iStock)

Es una de esas conversaciones entre amigos de final de vacaciones, cuando la hora de hacer las maletas está cerca. El sol se pone, asoma el retorno a la rutina y, con él, las conversaciones sobre el nuevo año laboral con sus expectativas, esperanzas y agobios. Se hacen cálculos: ¿nos compensan nuestros sacrificios personales en lo laboral? La cuenta nos sale a perder. Se recuerda que nuestros padres no convirtieron sus empleos en un camino de realización personal. Eso lo hicimos nosotros, los profesionales creativos; para ellos, su realización éramos nosotros. Y en ese maremágnum de sentimientos, me doy cuenta de que estoy solo a la hora de experimentar uno del que no consigo sacudirme: el miedo.

“Claro”, me responde mi amigo Jesús como si hubiese experimentado una epifanía, “tú solo has vivido eso”. Le he explicado mi teoría. Los nacidos a mediados de los años ochenta accedimos al mercado laboral cuando este era un erial, cuando la crisis acababa de estallar y las puertas se cerraron cuando nos tocaba entrar. La de muchos de nosotros fue una travesía en el desierto: becas de tres meses, empleos precarios, paro y estudios que se acumulaban en el currículo y que no servían para más que para tranquilizar la conciencia en espera de tiempos mejores. Un cúmulo de experiencias que comenzaron a cincelar un miedo a volver a pasar por todo ello que nunca se ha desvanecido, ni siquiera después de la seguridad que debería garantizar un contrato indefinido y cinco años en el mismo puesto.

El miedo nos ha llevado a aceptar condiciones laborales lamentables, a exigir poco y agradecer mucho, pero también a estancarnos

Por supuesto, el miedo no es ni mucho menos exclusivo de mi generación, pero quizá sí la herida en forma de condicionamiento pauloviano que ha dejado en nuestras actitudes vitales. Si mi colega, una década mayor que yo, se sorprendía, era porque para él la crisis había sido algo pasajero. Vivió los (hinchados) buenos tiempos en su sector, y a pesar de la inestabilidad y del paro brutal, su sensación era que tarde o temprano las cosas volverían a parecerse a lo que eran. En mi corazón, no obstante, sé que todo solo puede ir a peor. He percibido a menudo esa tristeza y resignación entre mis coetáneos, pero no entre los que nacieron cinco años antes o después.

De acuerdo, es posible que los menores que yo quizá experimenten una sensación parecida. Hay, no obstante, una diferencia sustancial. Fui criado a base de promesas que señalaban que si era buen estudiante y hacía lo que debía hacer –sacar buenas notas, esforzarme, tener ilusión– todo iría rodado. La falta de correlación entre esa guía que escribieron para nosotros y la realidad que vivimos nos ha convertido en descreídos. Los que venían detrás aprendieron rápido la lección que nosotros experimentamos en nuestras carnes, fuimos carne de cañón en la España en la que todo iba a ir bien siempre. Rebaja tus expectativas, chaval.

Los años perdidos

A diferencia de los nacidos en los noventa, hemos sido –y seguimos siendo– presos de nuestras expectativas. Y el miedo tiene una consecuencia clara, el conservadurismo o, mejor dicho, el conformismo. Cuando tienes la sensación de que el suelo se puede abrir bajo tus pies en cualquier momento, y que cualquier cambio será a peor, nada como aferrarse a lo (poco) que tenemos. Y eso nos ha llevado a aceptar condiciones laborales lamentables, a tragar con trabajos poco gratificantes, a exigir poco y agradecer mucho, pero también a estancarnos, a evitar riesgos, a pensar en nuestros sueldos de mileuristas precarios como si fuesen el empleo indefinido y bien pagado que esperábamos, como el náufrago que se deleita pensando que el agua del mar es champán. Porque sabemos que la alternativa (paro, frustración, desesperación) es más dolorosa.

Sospechamos que esos años han marcado nuestra biografía, una herida que adquiere la forma de un hueco difícil de explicar en el currículum

Resulta difícil acostumbrarse a ciertas realidades que la dinámica de la crisis puso de manifiesto, como ver que a pesar del esfuerzo, tu puesto termina siendo para el compañero enchufado o el que ha cursado el máster correcto. Hemos visto cómo en muchos casos, la generación posterior nos ha adelantado por la derecha, algo sencillo si tenías un mínimo de curiosidad. Sospechamos que los años perdidos han marcado para siempre nuestra biografía, una herida que adquiere la forma de ese hueco difícil de explicar en el currículum o de la imposibilidad de competir en experiencia con los que tienen apenas cinco años más. Una diferencia que, en muchos casos, ha provocado que la posibilidad de tener hijos se haya retrasado hasta ser prácticamente una utopía.

Entre unos y otros, entre los que comenzaron su carrera en la España precrisis y los que llegaron advertidos, estamos nosotros. Ocurre cada vez que hay un gran bache económico, como en 1992. Pero otras circunstancias sí nos pertenecen por completo, para empezar que cuanto más grande es la burbuja, más duro resulta el despertar. Otro ejemplo que puede parecer banal: internet llegó a nuestras vidas en la adolescencia, de manera que ni hemos vivido la época analógica ni crecimos inmersos en ella como los 'millennials'. Mientras nosotros arañábamos datos en la Encarta, ellos han tenido acceso a cantidades ingentes de información, pero también han gozado la posibilidad de establecer lazos con otros que compartiesen sus aficiones. Una vez más, entre dos aguas.

Pensamos que nunca pisaríamos la cola del paro, pero no fue así. (Efe)
Pensamos que nunca pisaríamos la cola del paro, pero no fue así. (Efe)

Puede parecer un factor superficial, pero no lo es en la medida que ha condicionado nuestra forma de relacionarnos. No compartimos la sensibilidad que los jóvenes sienten hacia el cambio y lo transitorio, hacia las personalidades, apariencias y comportamientos dúctiles; en eso nos parecemos más a nuestros padres. Una vez aceptada esa rebaja de expectativas y que no a todo gran esfuerzo le sigue una gran recompensa, los que nacieron en los noventa gozan de esa libertad del que no tiene nada que perder pero sí mucho que ganar. No hablo únicamente de bienes materiales, sino también de explorar las posibilidades de la vida. Frente a las autobiografías que muchos teníamos escritas de antemano, los lazos que atan a los jóvenes a sus ideas románticas de adolescencia son más débiles. Por decirlo rápido: si ni siquiera sabes si podrás tener hijos, la jaula del ciclo estudios-curro-piso-hijos se rompe para siempre.

¿Soy el hijo de las excusas?

Este discurso me suena convincente. Teniendo en cuenta que es una generalización, suena razonable, y cada vez que lo explico en voz alta, mis interlocutores asienten y me dan la razón. Qué peligro. La pregunta quizá debería ser la siguiente: ¿es este análisis un reflejo de una realidad generacional o no es más que una narrativa que hemos construido sobre nosotros mismos? En definitiva, ¿no es otra manifestación más de esa mentalidad de excusar nuestros errores y cobardías y apelar constantemente a factores externos para justificar nuestro estancamiento? ¿No es una especie de profecía autocumplida que nos hace sentirnos aliviados al entendernos víctimas?

Siempre es un problema que uno sea capaz de construir una buena narrativa sobre sí mismo, sobre todo si eso le exime de afrontar responsabilidades

Al fin y al cabo, toda generación –incluso microgeneración, como es el caso– construye sus propios discursos identitarios que, como bien sabe la psicología, sirven para protegerse ante las amenazas del mundo, buscando explicaciones externas a problemas internos. Es lógico que los nacidos a mediados de los setenta, o a comienzos de los sesenta –no digamos los que han vivido lo peor de la posguerra– arruguen el morro ante mi razonamiento. Muchas microgeneraciones han atravesado sus problemas, pero ninguna como la nuestra ha creado tantas narrativas a partir de ello. Eso sí lo hemos aprendido bien: nuestro “yo” estaba mucho más hinchado que el de nuestros padres, que nos recordaban una y otra vez lo buenos que éramos.

Siempre es un problema que uno sea capaz de construir una buena narrativa sobre sí mismo, sobre todo si eso le exime de afrontar sus responsabilidades. Volvemos a esa conversación entre amigos de final del verano, con el último sol de las vacaciones ya oculto. Los problemas de cada cual afloran poco a poco, como una manera de relativizar mi confesión: un gran éxito profesional pero una vida personal reducida al mínimo, ansias por cambiar de vida sin tener clara la dirección a seguir, el anhelo de una estabilidad pequeñoburguesa… Pero eso no hace desaparecer la angustia. Se atribuye a Séneca la sentencia “el colmo de la infelicidad es temer algo cuando ya nada se espera”. Esa es nuestra tragedia personal e intransferible, pero también nuestro refugio frente a la tormenta: habernos visto obligados a renunciar a nuestras expectativas y, aun así, seguir teniendo miedo.

Tribuna

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