Los machos extractivos: el inconfesable secreto del éxito de los genios

Para llegar lejos quizá más importante que las cualidades innatas y el esfuerzo sea disfrutar de unas condiciones materiales idóneas. Esta división deja ganadores y perdedores

Foto: Reunión de ganadores del Premio Nobel de Literatura en 2010. (Reuters/P. K.)
Reunión de ganadores del Premio Nobel de Literatura en 2010. (Reuters/P. K.)

Lo han (hemos) vuelto a hacer. Un año más, los hombres hemos arrasado en los Premios Nobel. Somos unos 'cracks' todoterreno. No hay ni una mujer en el listado final, pero sí 10 varones (¡y una organización!). Una dinámica que se ha repetido durante los últimos años. Qué digo años, décadas, ¡siglos! En 2016 tampoco hubo ganadora. En 2015, eso sí, la escritora Svetlana Alexievich y la química Tu Youyou fueron reconocidas. Los datos totales muestran que las mujeres representan apenas el 5% total de los galardonados, por un 92% de hombres. La polémica se ha desatado, las redes han ardido y, probablemente, el año que viene volverá a ocurrir lo mismo.

Hay muchas razones que explican esta brutal diferencia, pero como siempre, lo más útil es descender a lo puramente material. Como recordaba Sarah Todd en 'Quartz', Kazuo Ishiguro, ganador del Nobel de Literatura, ya desveló en su día cuál era su secreto para alumbrar obras merecedoras del mayor galardón. Consiste, básicamente, en dedicar cuatro semanas completas a inspirarse y escribir. Durante ese tiempo, su mujer Lorna se encargaba de todas las tareas de casa, de cocinar y de coger el teléfono cuando alguien llamaba. Ello no solo le permitía tener tiempo para escribir, sino también “alcanzar un estado mental en el que el mundo de ficción resulta más auténtico que el real”.

Si hay algo en lo que coinciden los 'genios' es en haber disfrutado de un entorno que les ha permitido convertirse en tales, dándoles apoyo y tiempo

Esto lo sabe muy bien la creadora de Harry Potter, J.K. Rowling, que criaba ella sola a sus hijos cuando comenzó a escribir la saga: solo pudo hacerlo después de dejar de lado las tareas del hogar. Nos gusta pensar que el genio y el talento son rasgos innatos que podemos pulir a través del esfuerzo, pero la realidad es que las condiciones materiales en las que una persona desarrolla sus cualidades son aún más decivas, aunque menos visibles. Si hay algo en lo que coinciden los 'genios' es en haber disfrutado de un entorno que les ha permitido convertirse en tales, proporcionándoles apoyo material y tiempo. Y las que han facilitado esto suelen ser mujeres.

Hace unos años se puso de moda el término “élites extractivas”. Acuñado por el profesor de economía del MIT Daron Acemoglu y el de la universidad de Harvard James A. Robinson, servía para denominar a aquellos dirigentes que se apartan del interés común y se centran en su propio beneficio. Ya que se convirtió en un término comodín, bien sirve en esta ocasión para aplicarlo a los “hombres extractivos”. Aquellos que vampirizan a los que los rodean para desarrollar sus propias cualidades, llegar lejos en su carrera o, simplemente, protegerse de los vaivenes del destino delegando lo que menos rentable les resulta personal o profesionalmente.

Elegimos tu propia aventura

Hace unos días comenzó a circular por la red desde un hilo de tuits de la usuaria @2Cronopia, en los que exponía paso por paso el proceso que explica la gran divergencia de sueldos entre hombres y mujeres, que afectaba en última instancia a la cuantía de su jubilación. Todo comenzaba cuando era ella la que decidía aceptar una reducción de jornada para cuidar de su hijo y terminaba, décadas después, con los hombres percibiendo un 157,4% más en su pensión contributiva. Lo que parecía un “hoy por ti y mañana por mí” terminaba siendo “hoy por ti y mañana, ya veremos”.

Que se acepte que los genios puedan ser despóticos, caprichosos y tiránicos es la muestra más clara de que conocen bien sus privilegios

La inteligencia del razonamiento se encontraba en poner al descubierto los sutiles mecanismos comúnmente aceptados de forma casi inconsciente que abren las puertas a determinadas personas (hombres) y se la cierran a otras. Como en uno de esos libros de 'elige tu propia aventura' o los juegos de estrategia militar para ordenador, lo que en principio parece una decisión menor y de puro sentido común –como ella cobra menos, es razonable que sea quien reduzca su jornada– termina multiplicándose exponencialmente a lo largo del tiempo. No es únicamente una cuestión de dinero. El marido terminaba ascendiendo, pero era también el que conseguía que sus aspiraciones laborales fuesen satisfechas y el que lo tenía más fácil para encontrar una alternativa en caso de crisis (o, pongamos, divorcio).

Durante las últimas décadas, en toda discusión sobre los genios ha aflorado de una forma u otra la teoría de las 10.000 horas de Malcolm Glawdwell. Aunque se haya puesto en tela de juicio, viene a decir algo así como que basta con dedicar ese tiempo (el equivalente a 416 días con sus noches) para convertirse en un experto en una materia. Era una teoría tranquilizadora, muy en consonancia con el optimismo ligado con la autoayuda, ya que relativizaba las cualidades innatas para sugerir que a través del esfuerzo podemos llegar donde queramos. Pero una vez más ocultaba la gran pregunta: ¿quién puede sacar 10.000 horas libres para convertirse en un experto? Sobre todo, ¿a costa de quién?

El cubismo muy bien, pero aguántale tú. (iStock)
El cubismo muy bien, pero aguántale tú. (iStock)

La concepción cultural más popular sobre el genio le confiere inmediatamente legitimidad para darse prioridad por encima de los demás. Dado que se entiende que es un rasgo excepcional que distingue a una persona, sería un crimen no cuidarlo y promoverlo. Otra cosa es que esta supuesta genialidad “de partida” se haya encontrado con mucha mayor frecuencia en el sexo masculino que en el femenino, en parte porque algunas de las características convencionalmente asociadas con el talento son tremendamente masculinas, en parte por puro machismo. Que se dé por hecho que los genios pueden ser despóticos, caprichosos y tiránicos y que aun así debemos permitírselo es la muestra más clara de que conocen bien sus privilegios. Si se mueve, habla y se comporta como un genio, quizá lo sea.

Un juego de suma cero

Las habituales teorías sobre la genialidad suelen situar la puerta de acceso en las condiciones innatas y en el esfuerzo, y no en las estrictamente materiales. Si el mundo no está lleno de estas personas excepcionales es porque no nacen las suficientes, o porque, a pesar de tener cualidades, no las desarrollan. Esta visión nos lleva a aceptar que, en lo que concierne al talento, cuanto más haya y más se cuide, mejor para todos. Lo que resulta menos evidente es que, probablemente, la promoción del talento sea un juego de suma cero. Para que alguien gane, otro ha de perder.

Es muy fácil defender el esfuerzo si tienes a alguien disponible 24/7 para cuidar de tus hijos mientras reflexionas sobre el sexo de los ángeles

¿Quién? A grandes rasgos, todos aquellos que han sacrificado su tiempo y su esfuerzo en apoyar al potencial genio sacrificándose. Los que han evitado que este tuviese que enfangarse con el trabajo sucio de limpiar la casa, cocinar, cuidar de los familiares enfermos o de los hermanos pequeños o realizar todas esas labores no reconocidas socialmente. Labores que aun hoy en día siguen recayendo mayoritariamente en las mujeres, pero también en las clases más bajas que han de comerse la externalización de los marrones de quien tiene dinero. Es muy fácil defender la cultura del esfuerzo si tienes una persona disponible durante ocho horas al día para cuidar de tus hijos mientras tú te dedicas a reflexionar sobre el sexo de los ángeles.

Esta barrera de entrada nunca se pone suficientemente de relieve porque hurga en la gran herida de la meritocracia. Los privilegiados –en cuestión de género, pero también de clase social– no solo ganamos más, sino que también nos aseguramos puestos que nos permiten explotar nuestras cualidades, hacer contactos (con otros hombres que luego nos invitarán, por ejemplo, al congreso de turno, donde conoceremos a otros hombres) y mostrar lo buenos que somos. Se nos ha enseñado que debemos comparar cuánto nos miden los talentos, porque valemos mucho. Sospecho que se ha dado el caso de que un hombre ha conseguido escribir el tratado definitivo sobre el feminismo mientras su mujer cuida a los niños, porque claro, es un tema muy importante y hay que dejar a papá con sus cosas.

Como hombre, soy consciente de que he sido educado para identificar, promover y cuidar mi talento. No me refiero a mis padres, sino al sistema educativo y a la sociedad, que me han recordado constantemente que soy especial, que debo llegar lejos, que debo dedicar tiempo a ello. Es una imposición, pero también un privilegio del que no estoy seguro que mis compañeras hayan disfrutado. Sigue ocurriendo hoy en día en mi sector, el periodístico, cuando percibo que se da por hecho que las mujeres deben encargarse de labores de edición, gestión o apoyo mientras los hombres nos dedicamos a lo nuestro, que es crear. El error quizá estaba en ese gesto original que explica por qué esto lo estoy explicando yo y no una compañera. La gran paradoja final.

Tribuna

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