Un mensaje a los hombres que meten mano en el metro (y por qué necesitamos carteles)

Un colectivo ha puesto pegatinas en uno de los transportes públicos más usados de la capital para pedir a los tíos que dejen de acosar a las mujeres. Y la idea no puede ser más brillante

Foto: Cuando el metro se convierte en una ratonera. (iStock)
Cuando el metro se convierte en una ratonera. (iStock)

El pasado 25 de noviembre se celebró el Día Internacional por la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Diferentes asociaciones llevaron a cabo iniciativas al respecto. Entre ellas destaca la del grupo Feminista del Centro Social Seco: instaron a la población a imprimir una serie de imágenes y a pegarlas en los vagones del metro. En dichas ilustraciones vemos cuatro avisos con las siguientes indicaciones: "No piropees", "no acoses", "ocupa tu sitio" y "no babees", todas ellas dirigidas a los hombres.

En general, las redes sociales han acogido de muy buen grado la iniciativa del centro, excepto, claro está, quienes se sienten atacados por el sector femenino. "Feminazis", "dejad de victimizaros", "¿desde cuándo no se puede piropear?" o "sacáis todo de contexto" son algunos de los comentarios que hemos podido leer en Twitter estos días.

No soy de posicionarme públicamente respecto a ningún asunto. No tengo ego periodístico y no necesito formar parte de ningún colectivo para sentirme mejor o para sentir reforzadas mis opiniones. Tampoco suelo ir a manifestaciones. Pero esto es diferente, nos afecta a todos y me da una rabia inmensa que haya algunas personas que no sean conscientes de ello. Así que, tras leer la respuesta de algunos hombres a la iniciativa, no pude evitar escribir algo al respecto. Y aquí estamos.

Me dirijo especialmente a aquellos que creen que estos carteles son "una exageración" y que "somos unas feminazis". Yo, como otras muchas mujeres, he sufrido acoso en el metro. Tres de ellas con contacto físico, y otras tantas sin este. La última fue hace seis meses. Era miércoles y volvía del cine a casa. El metro estaba atestado de gente, así que tocarse con otros pasajeros era inevitable. Consigo meterme en el vagón cual sardina en lata y me percato de que un hombre de unos 55 años está en el andén, mirándome fijamente. Justo antes de que se cierren las puertas, sube. Se queda a mi lado, observándome. Yo no podía moverme, como he dicho, el vagón estaba a rebosar de gente. Sigue mirándome y se empieza a humedecer los labios con la lengua.

Antes de llegar a la siguiente parada, Lavapiés, me empieza a tocar los muslos y a meterme mano bajo la falda. Le digo que deje de tocarme pero no sirve de nada. "Por favor, señor, me está tocando las piernas, pare, por favor". Él, como respuesta, me guiña el ojo y me pone 'morritos'. Estuve a punto de llorar, lo juro. Miro a mi alrededor, y le digo a un señor que tenía al lado que, por favor, me cambiase el sitio, que el individuo que tenía delante estaba aprovechando para acosarme. Y me dice con toda tranquilidad: "Cariño, no te está acosando nadie, es normal que te toquen, ¡nos estamos tocando todos!".

Yo también he sufrido acoso en el metro. Tres de ellas con contacto físico, y otras tantas a un metro de distancia. Los carteles son necesarios

Luego pasó de los muslos a las manos. Me las acariciaba. Me agarraba en la barra, y ponía su mano sobre la mía. La apoyaba contra mi cuerpo, y la posicionada encima. Fue el viaje en metro más largo de mi vida. Salí de allí con una sensación de impotencia horrible. Me daba asco. Estaba como en estado de 'shock'. Me venían a la mente noticias que había leído sobre violaciones. "Si yo me sentía así de mal con unos tocamientos y miradas obscenas, ¿cómo serán de horribles las secuelas de una violación?", pensaba. Fui corriendo a casa, dejé mis cosas por el suelo, y me duché con agua muy caliente. Me daba asco a mí misma.

Antes de aquello, hubo dos hombres que hicieron lo mismo. Era más joven (actualmente tengo 26 años). Una fue yendo a la universidad; otra, de camino al centro. Las contaré brevemente, no quiero aburriros. En la primera, iba con mi carpeta, mi bolso, mis vaqueros y mi cara de sueño. Vaya, como cualquier otra chica que va a clase. Pues a un individuo le pareció divertido sentarse a mi lado y comenzar a apretar su pierna junto a la mía, dejar su mano sobre mi pierna y mirarme lascivamente. Me guiñaba el ojo. Me levanto y me cambio de vagón, y me sigue. Le dije que, por favor, me dejase en paz. Tenía miedo. Me empezó a tocar el pelo. La gente miraba y no hacía nada. Me fue siguiendo a lo largo del tren, hasta que se cansó y me dejó en paz. La otra fue del estilo. Creo que tenía 24 años. Era viernes e iba a Sol, porque había quedado con unos amigos para tomar algo. Dos chicos jóvenes, de mi edad y con pintas de macarras, me vieron sola en el vagón y se acercaron. "¿Dónde vas, guapa? ¿Y tu novio cómo te deja salir sola a la calle? ¿Por qué no te vienes con nosotros?", todo ello acompañado de 'caricias' en el brazo. Una vez más, los pocos pasajeros que había miraban y no hacían nada. En esta ocasión, me cambié de vagón y no me siguieron.

Metro de Madrid, no estaría de más que no sólo dejéis los carteles de vuestras pasajeras, sino que pongáis los vuestros propios

Al margen de estas tres, me he sentido acosada en muchas más ocasiones en el metro. Hombres que no te quitan el ojo de encima, que te piropean, que te hacen repasos de arriba a abajo con la mirada, que se ponen a tu lado. Lo siento, si no ves acoso en eso, el que tiene un problema eres tú.

Huelga decir que odio ir en metro sola, y que no me estoy victimizando ni voy de creída. Cuento lo que me ha pasado a mí, porque es lo que le ocurre a miles de mujeres a diario. Tengo la oportunidad de hacerlo, de intentar cambiar la mentalidad de aquellos que no consiguen entender por qué nos quejamos de micromachismos, por qué nos movilizamos, por qué ponemos carteles en el metro, un transporte público que se convierte en una ratonera de la que no puedes escapar ni huir. Estás indefensa, encerrada en un tren bajo tierra. Sabes que como te pase algo, es francamente difícil que alguien te eche una mano.

"No piropees, no babees, no acoses, ocupa tu lugar". "Cede el sitio a una mujer embarazada, a un anciano, a una persona con un bebé y a la que vaya con muletas". Son normas de convivencia, cívicas. Yo no necesito ver un cartel para levantarme y dejar que se siente un anciano. Y tampoco para saber que no puedo acercarme a cualquiera, invadir su espacio, y comenzar a acosarle. Pero hay algunos que sí lo necesitan, así que, Metro de Madrid, no estaría de más que no sólo dejéis los carteles, sino que pongáis los vuestros propios.

Tribuna

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