En la felicidad está la derrota

Las grandes corporaciones están obsesionadas con con la dicha de sus empleados aplicada a una ecuación de coste y beneficio. No quieren que seas feliz, sino que aceptes tu situación

Foto: Foro Económico Mundial de Davos. (EFE/Laurent Gillieron)
Foro Económico Mundial de Davos. (EFE/Laurent Gillieron)

“Si alguien escribiera un libro de autoayuda que diera resultado realmente, me quedaría sin trabajo”. Estas palabras las pronuncia un editor llamado Edwin de Valu, consumido por el día a día en un mundo editorial agotador. Pero vayamos más allá. Para entenderlas mejor hemos de situarlas en su contexto. Edwin de Valu es un personaje creado por el novelista Will Ferguson para su novela titulada 'Happiness'. ¿Happiness? No. Siendo precisos, el título exacto de la novela es Hapiness™. La felicidad sellada por el espíritu de la empresa.

Lo interesante de esta novela es que esa premonición de Edwin de Valu se cumple. Un día llega a la editorial una misteriosa obra titulada 'Lo que aprendí en la montaña', escrita por un enigmático Tupak Soiree. El libro incluye una mezcla sin sentido de métodos para dejar de fumar, dietas para adelgazar, consejos sexuales, el clásico y manido orientalismo y un misticismo repetitivo. Sin que Edwin de Valu pueda explicárselo, el libro se convierte en un éxito desbordante y Tupak Soiree en algo así como un personaje trascendental. Desde ese instante, la novela se transforma en un fabuloso delirio. El libro de Tupak Soiree cambia el mundo. Realmente, lo cambia. Y lo cambia a través de la felicidad. Con otras palabras: la felicidad destruye el mundo tal y como lo conocemos.

La felicidad realmente puede destruir la forma en la que el capitalismo rediseña nuestra posición en el entramado de lo cotidiano

El libro y sus ideas se expanden como una epidemia. De pronto todo el mundo es realmente feliz, es tan feliz que deja de fumar (con lo que Philip Morris y las empresas de tabaco van a la quiebra), las parejas son felices y el amor campa por el mundo, al tiempo que la gente comienza a necesitar menos para vivir, etc. La felicidad es, en la novela de Ferguson, la causa de la destrucción del capitalismo. Las empresas, por supuesto, no lo pueden permitir y ahí la novela se complica. En cualquier caso, lo fascinante de esta obra, vista a la altura de nuestro tiempo, es cómo, curiosamente, la realidad de la felicidad ha ido por otro camino.

O tal vez no.

La felicidad fue tema de las grandes filosofías morales, fue una enorme preocupación para el pensamiento político moderno y para la economía política, pero ¿qué ha quedado de ello en nuestros días? Libros de autoayuda y mensajes en las sucursales bancarias. Lo fascinante de la fábula de Ferguson reside en cómo la felicidad realmente puede destruir la forma en la que el capitalismo rediseña nuestra posición en el entramado de lo cotidiano. Sin embargo, ¿por qué no sucede nada de eso? ¿Por qué la felicidad en lugar de ser término oposicional al capitalismo es uno de sus grandes aliados? A sabiendas de que es imposible cerrar una única respuesta, bien podemos aventurar algunas ideas. Una vista rápida a la prensa económica o, simplemente, un rápido acercamiento a las páginas web de las principales fundaciones bancarias, nos permitiría observar la enorme importancia de la felicidad en la relación que esas grandes empresas tratan de tener con nosotros. Por supuesto que la felicidad puede reducir el capitalismo a escombros, de ahí la necesidad de controlar o limitar qué es eso de la felicidad.

Dicha laboral

El capitalismo afectivo es aquel que sabe reconocer que las emociones son las que mejor determinan algo necesario para el mercado: nuestro nivel de adhesión a su dinámica. La felicidad se ha convertido en el arma desde el cual dibujar un nuevo espacio o panorama para todos nosotros. La cuestión es ¿por qué este interés por la felicidad? Como bien nos recuerda William Davis en 'La industria de la felicidad', la felicidad (no otro tema) fue el eje del Foro Económico Mundial recientemente. No se trató de cuestiones de administración, ni de gestión, ni de modelos de inversión, sino de la felicidad.

Según el informe State of the Global Workplace del año 2013, solo uno de cada ocho trabajadores está seriamente comprometido con su trabajo, el resto esparce a su alrededor algo tan nocivo como la infelicidad. En España tenemos por ejemplo el congreso que anualmente organiza AEDIPE (Asociación Española de Dirección y Desarrollo de Personas) titulado 'La felicidad en el trabajo', donde precisamente se trata de rediseñar el lugar de la felicidad en la esfera laboral. Aunque quizá sea la Fundación Botín quien más apueste por toda esta retórica acerca de la felicidad. Hay un estudio que ya he mencionado en otras ocasiones, pero que es sintomático de esta preocupación. Según sus datos el costo económico de la infelicidad para las empresas “se ha calculado en 829 euros por habitante al año, 386.000 millones de euros solo en la Unión Europea”.

Un trabajador feliz tiende a generar beneficios mientras que uno infeliz tiene a la crítica

Asimismo, existe un informe de 2016 de la Fundación Española de Psiquiatría según el cual el coste de la depresión y de la infelicidad en España se acerca al 1% del PIB. Es cierto, según nos dicen, que no se puede calcular el coste para los trabajadores de la crisis; sin embargo, curiosamente, sí sucede a la inversa, es decir: el coste de la infelicidad sobre la producción y el beneficio es mensurable y corregible. Aquí está la nueva cultura de la felicidad. Uno de los mantras repetidos en la nueva literatura de gestión empresarial es insistir una y otra vez en que un trabajador feliz tiende a generar beneficios mientras que una persona infeliz tiende a la crítica.

De lo que se trata entonces es de inventarse qué es eso de ser feliz, y tenerlo siempre muy cerca, desde la escuela. No en vano las grandes corporaciones, la CEOE, etc., nos bombardean con la educación y la felicidad. Es necesario saber dibujar qué es eso de las emociones lo antes posible, y orientarlo para que siempre aparezca del lado de la producción. De ahí los programas “revolucionarios” que nos hablan de la “Educación Responsable” de la Fundación Botín o el “Yo puedo” del BBVA. A más capacidad de desahucio más capacidad de aconsejar “moralmente” sobre la felicidad y la educación.

Capitalismo afectivo

¿De qué nos habla todo esto? ¿De qué nos habla el capitalismo afectivo? Las dinámicas del sistema laboral actual nos condenan a la precarización, a una fórmula de explotación que genera graves casos de depresión, problemas de salud mental, etc. El objetivo, pues, es evitar esto. ¿En serio? Bueno, en realidad no. Es decir, no se trata de aceptar que el mercado laboral genera serios desórdenes vitales sino al contrario. En lo relativo a la felicidad (lo mismo ocurre si hablamos de creatividad o imaginación) este capitalismo afectivo funciona sobre dos ejes: calcular el coste preciso de ese problema y, en segundo lugar, producir un nuevo concepto (y, por tanto, un nuevo imaginario) de felicidad. Una asociada a los retos del mercado, a la competitividad, al individualismo, etc. La felicidad como herramienta para el desarrollo del capital humano.

Aquí el capitalismo desarrolla todo su potencial como gigante del arte y la propaganda, algo que podemos ver en bancos, escuelas o universidades. De esta forma, con este incansable juego de la felicidad impulsado por las grandes empresas se genera un estadio cultural en el cual se esparce un nuevo aroma de bienestar asociado al mercado. Es necesario, parecen decirnos desde las élites, recomponer el marco de la felicidad, hacerla penetrar en el terreno productivo. Y ahí se ha quedado. El mensaje cultural es el siguiente: la felicidad se basa en aceptar que si bien no puedes hacer mutar la realidad, hacer saltar por los aires esa realidad que te somete, esa relación que te precariza, lo que sí puedes hacer es cambiar tu reacción ante esa realidad. Esto es más sencillo y te hará más feliz.

Desprejuiciar lo espiritual y entenderlo como espacio desde donde producir una cultura común sería importante

El capitalismo afectivo se basa en esta premisa como una especie de evangelio: la felicidad está en variar tu reacción. Así de sencillo. Desde la racionalidad el capitalismo no puede funcionar hacia fuera; en este afuera serán los afectos el soporte, la forma desde la cual cincelan silenciosamente nuestra relación con lo real. Sobre la sensibilidad como lugar de dominación se generan ahora los límites de lo político, es decir, de lo decible, de lo tolerable, etc.

Y en este terreno la derecha neoliberal ha sabido no sólo manejarse con excelente precisión, sino que la izquierda, o parte de ella, ha asumido alegremente esta semántica afectiva. Y es que, quizá, regresando al inicio, haya que leer la novela de Ferguson como lo que es: un problema de imaginarios. La incapacidad de la izquierda para generar un imaginario político es alarmante. Un imaginario político que quizá debiera pasar por el rediseño de un imaginario afectivo, o mejor, a riesgo de ser malinterpretado, un imaginario espiritual. Desprejuiciar lo espiritual y entenderlo como espacio desde donde producir una cultura común sería importante. Dar por abierta esa batalla de lo sensible; a eso me refiero. La cultura es algo ordinario, decía Raymond Williams, y desde ahí es posible vislumbrar el cambio. Recuerdo que Gramsci citaba a Novalis para hablar de esto. No me cabe duda de que el olvido de lo espiritual es el olvido del resorte desde donde generar un imaginario colectivo. Necesitamos, creo, un cambio en la arquitectura de lo sentimental para defendernos de la obesidad afectiva del capitalismo, que tiende a derrotarnos con tanto cariño. Ese sería un buen empeño común.

Alberto Santamaría es poeta y ensayista. Su último libro es 'En los límites de lo posible' (Akal, 2018).

Tribuna

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