Libros: Publiqué un libro y dos años después aprendí una valiosa lección: sobramos escritores

Publiqué un libro y dos años después aprendí una valiosa lección: sobramos escritores

Cada año se editan en España miles de libros. Uno de ellos fue el mío, un grito desesperado más en ese océano de ruido donde se publica mucho y se lee poco

Foto: Muerte por aplastamiento. (iStock)
Muerte por aplastamiento. (iStock)

¿Plantar un árbol? Demasiado fácil (mentira). ¿Tener un hijo? Demasiado caro. Así que el año de mi 30 aniversario decidí comenzar a tachar casillas de ese formulario vital del refranero español y lanzarme a escribir mi libro. No solo eso, sino también publicarlo con una editorial, sorteando los peligros de la autoedición. Alrededor de un año y medio después de aceptar el reto, el pasquín estaba terminado, editado, presentado, promocionado… y prácticamente olvidado en la inmensidad de la industria editorial. Da igual su título, o su temática (se trataba de un pequeño reportaje sobre educación), o cuántas decenas de copias vendí. Ese no es el tema, aunque ¿les he dicho ya que pueden comprarlo 'online'?

La gran pregunta aquí es por qué me decidí a hacerlo de verdad. Una buena respuesta, aunque quizá un tanto pretenciosa, es porque pensaba que podía aportar algo de valor a la sociedad, una obra que de otra manera no existiría y que consideraba que debería estar al alcance de todos los españoles. La experiencia, no obstante, me ha demostrado que la gente no escribe libros para los demás, sino para ellos mismos. Puede sonar un tanto egoísta, pero al fin y al cabo se trata de un trabajo: si de verdad lo que uno pretende es hacer mejor la vida de los demás, se me ocurre una larga lista de cosas infinitamente más útiles que escribir un libro. Entre otras cosas, dedicar ese tiempo a realizar las tareas que los escritores suelen encasquetar a los que les rodean (generalmente, mujeres).

Quizá escribí un libro para saber qué ocurre cuando escribes un libro. La respuesta es sencilla: nada o, mejor dicho, no gran cosa

Pongamos que lo escribí para mi propia realización. La versión oficial que me gusta contar(me) es que se trataba de un reto. En parte, es cierto. Quería saber si era capaz de ir un poco más allá de mi trabajo diario de periodista y enfrentarme a un proyecto más ambicioso. Se trataba de un desafío a tres niveles: organizativo (¿tengo la autodisciplina suficiente como para sacarlo adelante?), profesional (¿de verdad sé cómo hacerlo?) y personal (¿tengo el talento suficiente para aportar algo de valor?). Los demás me creen cuando lo explico. Lo escribí para mí mismo, para que el lector aprenda algo y, de paso, para dar la voz a los profesores, los verdaderos protagonistas del libro. Esto último siempre queda muy bien.

He venido aquí a hablar de mi libro.
He venido aquí a hablar de mi libro.

No obstante, mi inconsciente suele pellizcarme para recordarme que estoy contando una verdad a medias. En realidad, hay otras motivaciones que no estaría dispuesto a admitir en público. Quizá escribí un libro para saber qué ocurre cuando escribes un libro. La respuesta es fácil: nada o, mejor dicho, no mucho. Económicamente, prácticamente nada, pero eso ya lo sabíamos. Tus amigos te felicitan, los conocidos le dan "me gusta" a tus publicaciones de Facebook, las fuentes se quedan encantadas con ver su nombre impreso y te llevan a la Ser o a Carne Cruda como supuesto experto. Eso teniendo en cuenta que tengo el privilegio de trabajar en un medio como El Confidencial, que me da una visibilidad que el 95 % de escritores españoles no puede disfrutar. Pero hay algo aún peor.

Las ruedas no pueden dejar de parar

Al final, digámoslo ya, uno decide escribir un libro porque tiene un ego relativamente grande y, además, sospecha que es el camino más fácil para hacerse un nombre en la profesión. Es un cuento de la lechera periodístico con el que supongo que también se identificarán en otras profesiones: si sacas un libro, la gente (que suele querer decir "los que mueven los hilos de este tinglado") sabrá quién eres, lo que puede hacer que aparezcan nuevas oportunidades de darte a conocer, de desarrollo profesional, mejores sueldos y más tiempo libre que puede emplearse en, qué sé yo, ¿escribir más libros para sentirse autorrealizado? Uno fantasea con su libro como pasaporte a una nueva categoría y al reconocimiento de sus compañeros.

Lanzar un libro al mercado no te convierte en un jugador de los 22 que disputan un partido, sino en uno de los 60.000 espectadores del Wanda

Entiendo que toda profesión puede tener su equivalente al libro, metáfora del viejo prestigio. Para un futbolista, quizá se trate de marcar un gol en el Bernabéu. Para un abogado, salir bien parado en un caso mediático. Con una sustancial diferencia, que es que en nuestro caso, no se trata de un golpe de suerte, sino de un peaje que tarde o temprano hay que pagar. En serio, ¿conocen a muchos periodistas de más de 50 que no tengan su libro? (Los habrá, pero quizá no los conozcan precisamente por eso). Se trata de un espejismo, en realidad, porque lanzar un libro al mercado no te convierte en un jugador de los 22 que disputan un partido de fútbol, sino más bien, en una de las 66.000 personas que caben en el Wanda Metropolitano.

En 2017, se editaron en España 59.567 títulos. Una bajada significativa desde el año anterior, cuando se encontraba en 86.000, según Cedro (84.047 de ellos eran primeras ediciones, lo cual quiere decir que se edita mucho pero se reedita poco). En román paladino, publicar un libro te convierte en ese tío que desde el tercer anfiteatro insulta al árbitro: una voz en mitad de la multitud prácticamente indistinguible de los demás. Por si fuera poco, la vida de los libros es cada vez más breve, otra consecuencia más de la aceleración de la industria de la información. Cuando un libro llega a las tiendas, parece estar ya viejo, y en apenas un par de meses habrá caído en el olvido.

Un asiento por cada uno de los libros que se han publicado en España. (Reuters/Sergio Pérez)
Un asiento por cada uno de los libros que se han publicado en España. (Reuters/Sergio Pérez)

Si esto ocurre es, entre otras cosas, porque los libros ocupan un papel muy diferente en nuestra sociedad que en el pasado. Prestigio intelectual, ninguno. ¡Si hasta yo he sacado uno! Pasaporte a una supuesta visibilidad, tampoco. Más bien, se han invertido las tornas: raramente uno se hace famoso escribiendo libros, sino que más bien, uno es famoso y luego ya escribe (o le escriben) su libro, otro producto de 'marketing' más derivado de la marca personal, que es lo que realmente se vende. Los libros ya no se escriben para ser leídos, sino como tarjeta de presentación que de presentación en presentación y de tertulia en tertulia te terminará abriendo otras puertas. Ser Héctor G. Barnés, autor de 'La ley de las aulas', siempre suena mejor que Héctor G. Barnés, periodista de El Confidencial. De paso, se engrasan los engranajes de la industria. Que el ritmo no pare, no pare no, que el ritmo no pare.

Tú, el lector y el pacto implícito

Nadie admitiría abiertamente esto, porque suena asquerosamente cínico, pero no conozco a nadie que haya publicado un libro cuyas palabras no dejen entrever en mayor o menor grado una aceptación de este pacto. Publicar tu libro ha terminado convirtiéndose en un rito de paso, entre otras cosas porque dispones de más libertad y te da, en teoría, una mayor proyección que el repetitivo trabajo diario. Quizá lo que más me molesta de ello es que se trata de la culminación de la inaguantable rueda de la visibilidad, en la que ni siquiera tener un trabajo a tiempo completo (en una redacción) y otro a tiempo parcial (escribiendo tu libro) es suficiente si no te das bola en las redes sociales o si no sales de cañas con la gente con la que debes salir de cañas. Qué cansancio.

Quizá no merezca la pena hacer cosas por las razones equivocadas, que paradójicamente, suelen ser las que nos parecen más pragmáticas

Desde luego que he obtenido cosas valiosas tras escribir el libro (es más, ¡lo volvería a hacer!), pero la mayoría de ellas tienen poco que ver con el hecho de publicarlo y sí con el proceso de escritura. Lo más importante, conocer y compartir conversaciones con profesionales de la educación que tenían mucho que contar. O descubrir entresijos de nuestra historia educativa que no conocería si no me hubiese embarcado en este proyecto. O comprobar que las personas que te rodean te aprecian de verdad. O aprender a escribir un libro, que tiene su miga. O escuchar a mi madre diciendo que Víctor Lenore es un tipo sensato (eso es impagable). El hecho de ver mi nombre en las librerías no me ha proporcionado una satisfacción mayor que la que habría obtenido tocando la guitarra en una banda de versiones de la Creedence Clearwater Revival o montando una campaña de 'Vampiro: la mascarada'.

"Qué pesado, espero que su libro no sea tan brasas", estará diciendo el paciente lector. Vale, aquí viene la valiosa lección: quizá no merezca la pena hacer cosas por las razones equivocadas, que paradójicamente, suelen ser las más pragmáticas. Podemos pensar que somos muy listos porque hemos sacado un libro y los amigos nos dan palmaditas en la espalda, pero quizá en realidad seamos un poco tontos pensando que eso nos hace mejores o más talentosos que el resto. El mundo editorial, como manifestación cumbre de la industria de la autoexplotación, se basa en ese pacto implícito por el cual publicar un libro está al alcance de cualquiera, pero por eso mismo, se ha convertido en un acto fútil que, simplemente, añade más ruido. A lo mejor sobran libros y sobramos escritores, y a lo mejor nos falta tiempo para llevar a cabo actos realmente valiosos.

Cabe la posibilidad de caer en otra trampa, claro, que es que escribir simplemente por amor al arte provoque que solo los ricos puedan hacerlo, como ocurrió en el pasado. Yo, mientras tanto, no querría terminar este texto sin recordar una vez más que el lector puede adquirir mi libro por unos asequibles 13,30 euros. Esa es otra lección que ya nos enseñó Francisco Umbral. Si son nuestra tarjeta de presentación, hemos venido a este mundo a hablar de nuestros libros. Aunque no los lea nadie.

Tribuna

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