Cómo leer 1.200 libros en un año: así gané la batalla a la cultura del picoteo

Vivimos obsesionados por hacer más cosas en menos tiempo: el verdadero sueño del ser humano del siglo XXI es aprovechar todas las posibilidades que el mundo le ofrece

Foto: Leyendo 'Soy leyenda' mientras contemplas 'The Walking Dead S13x10. (iStock)
Leyendo 'Soy leyenda' mientras contemplas 'The Walking Dead S13x10". (iStock)

Vaya, he vuelto a picar. Debería estar prevenido, porque me pasa dos o tres veces a la semana, cada vez que me encuentro por la red con uno de esos artículos que prometen enseñarme a leer más, mejor, más bonito. En esta ocasión, se trataba de un publirreportaje sobre una app en el que una contenta usuaria explicaba que había conseguido ventilarse 100 libros en un mes (¡1.200 al año!). Claro, la cosa tenía truco: como se dio cuenta de que no podía leerse las más de 200 páginas de 'Outliers' de Malcom Gladwell en dos horas (sorpresón), decidió zamparse un resumen… porque de eso va la app, de condensar en un texto de como mucho cuarto de hora clásicos de ayer y de hoy. Ya saben, en plan "'Crimen y castigo' va de un ruso que asesina a una anciana" y tal.

Es probable que, junto con las dietas que prometen que perderemos 50 kilos en una tarde y los trucos para mejorar en la cama —800 ultraorgasmos repartidos estratégicamente a lo largo de nueve horas—, los trucos para leer más sean uno de los grandes pilares del 'clickbait' aspiracional. Yo sigo picando y gracias a eso he descubierto los milagros del 'speed reading', que anima al lector a leer un poco en diagonal y saltarse la paja (a ver, Melville, ¿tú crees que a mí me interesa saber cómo se caza una ballena?) e ir al grano. Mi truco favorito, eso sí, es el de Warren Buffett: hazte rico y enmarrona a alguien para poder permitirte leer 500 páginas al día.

Queremos durar más en la cama pero tardar menos en leer un libro, como si lo primero fuese un placer y lo segundo un compromiso autoimpuesto

Si usted ha pinchado en este enlace es porque probablemente le pase como a mí y, con un poco de mala conciencia, esté buscando alguna fórmula para no tener que volver a prometerse en Año Nuevo aquello de "este año sí, voy a leer más". Y a estas alturas ya se habrá dado cuenta de que leer mucho, según estos métodos, es inversamente proporcional a leer bien. Vaya, es imposible ser Cortocircuito. Me recuerda un poco a lo que decía uno de sus contemporáneos del cineasta Jean-Luc Godard: que no es que fuese especialmente culto, sino que se había leído muchas contraportadas de libros. Al parecer, el director de 'Al final de la escapada' tenía la costumbre de ir a una librería, ojear por encima unos cuantos libros, memorizar alguna cita ilustre y tirarse el pisto delante de sus colegas de la 'nouvelle vague'.

Vale, todas estas fórmulas ofrecen soluciones rápidas a problemas casi irresolubles, pero hay una diferencia sustancial. Aunque el sexo y la lectura sean (en principio) un placer, los métodos sobre relaciones sexuales suelen centrarse en aguantar cuanto más mejor pero con la lectura ocurre exactamente lo opuesto: cuanto menos tardemos en leer un libro, mejor. Como si se tratase de una obligación en la que el objetivo principal es marcar más casillas. ¿Se imaginan a alguien presumiendo en plan: "Hey, chavales, me he pasado ocho horas leyendo 'La Regenta'… ¡y sin parar!". Bueno, con el sexo ocurre. Quizá lo que muestra esta llamativa diferencia es que hemos terminado convirtiendo la lectura en particular y la cultura en general en algo esencialmente utilitario.

Deprisa, deprisa

Los 'speed readers' no están solos. Hace poco descubríamos a esas simpáticas personas que ven series o escuchan 'podcasts' a una velocidad de 1,5x, como explicaba un artículo de 'Xataka'. Esto quiere decir, básicamente, que uno puede ver un episodio de 40 minutos en 30 sin ver comprometida la comprensión, más allá de tener que escuchar al actor de turno con una voz un poco apitufada. Llévese cuatro episodios y pague tres: tampoco se puede culpar a los espectadores de que tantas series puedan reducirse a un resumen de los dos o tres acontecimientos más importantes sin perder gran cosa. Como ocurría con las telenovelas, cada vez más están pensadas para tenerlas puestas de fondo mientras uno hace otra cosa.

Como el tiempo es limitado, tenemos que intentar hacer cuantas más cosas, mejor. El problema es que el primer sacrificado es el placer

Es fácil verlo como una consecuencia del famoso 'FOMO', ese miedo a perdernos algo interesante, el terror metafísico a no poder opinar del tema del día. Hay 800 series "imprescindibles", 350 artículos diarios de lectura obligatoria, 200 programas de televisión que uno no se puede perder si quiere saber qué se cuece, 341 bares de moda y de vez en cuando, un par de libros que marcan la agenda cultural. En ese contexto, cuantas más experiencias podamos acumular en ese breve período de tiempo, mejor. Lo único que tenemos que sacrificar es el carácter expansivo y placentero de dichas actividades. Es como hacer el amor en medio minuto para que nos dé tiempo a repetirlo 30 veces la misma noche, con personas diferentes. ¿Cultura del resumen, o más bien, cultura del picoteo, donde se prueba un poco de todo sin disfrutar nada?

Esa perpetua sensación de no tener tiempo para hacer todo lo que nos gustaría hacer ha sido analizada en profundidad por el profesor Hartmut Rosa, uno de los grandes críticos de la aceleración del mundo moderno. "Ahora, la riqueza, plenitud o calidad de la vida, según la lógica cultural dominante en la modernidad occidental, puede medirse como la suma y la profundidad de las experiencias que vivimos a lo largo de la vida", explicaba en uno de sus artículos. "Por lo tanto, en esa concepción, la buena vida no es la autónoma y libre, sino la completa, una vida llena de experiencias y capacidades desarrolladas". Ya no se anhela una vida después de la muerte, sino "probar tantas opciones como sea posible de todas las que el mundo tiene que ofrecer".

Mi reino por un resumen de El Rincón del Vago. (iStock)
Mi reino por un resumen de El Rincón del Vago. (iStock)

El problema de ese picoteo es que lo primero que elimina es el disfrute; precisamente, uno de los factores esenciales a esa "buena vida" de la que habla Rosa. De igual forma que uno disfruta con los entrantes de una opulenta boda, saborea más o menos con gusto el primer plato, le cuesta hacer sitio para el segundo y a la hora del postre sería capaz de firmar la total abstinencia gastronómica para la siguiente semana, el disfrute por acumulación, compulsivo y bulímico, termina convirtiéndose en una competición, otro compromiso más en nuestras agendas. En la sociedad moderna, recuerda Rosa, hay que estar moviéndose continuamente para quedarnos en el mismo sitio. O, en otras palabras, encajando actividades en nuestra agenda para no sentir que estamos desaprovechando la vida.

'Mens pocha in corpore ruinoso'

Ese miedo a quedar atrás en la competición de la actualidad nos ha atenazado a todos. ¿Qué pasaría si decidiésemos no ver el último vídeo viral de Twitter? ¿Y si decidimos prescindir de la novena temporada de 'Juego de tronos'? ¿Y si no leyésemos 'Patria'? Muchos prefieren no sentarse a comprobarlo. Yo he intentado aplicarlo a mis hábitos de consumo de música: hubo una temporada, cuando pretendía ser periodista musical, que cada día escuchaba unas seis o siete novedades, de las cuales hoy no recuerdo absolutamente nada. Así que decidí reducir al mínimo la cantidad de discos nuevos que oigo; eso sí, los pongo una y otra vez. ¿Resultado? Paradójicamente, tengo la sensación de que estoy mucho más al día que nunca, quizá porque no solo oigo, sino que también disfruto y comprendo.

Ni siendo inmortales podríamos cumplir el sueño de aprovechar todas las oportunidades que el mundo nos brinda, el gran deseo del hombre moderno

Cabe otra posibilidad, que es la de acelerar nuestras vidas hasta que seamos capaces de albergar varias existencias (nunca más de dos o tres) en una sola, que es el verdadero sueño de la sociedad del siglo XXI. Al fin y al cabo, la industria de las experiencias (por ejemplo, las turísticas) y la tecnológica son dos caras de dicha moneda: mientras una nos ofrece la promesa de ahorrarnos tiempo, la otra nos enseña en qué deberíamos gastar esas horas que hemos podido rascarle al inclemente reloj del trabajo, ese que intercede entre nuestros deseos y la posibilidad de realizarlos. Pero es una búsqueda que tan solo puede conducir a la frustración, puesto que ni siquiera siendo inmortales podríamos alcanzar ese fin que es experimentar todas las vidas en una.

El otro día, un compañero se acercó en la redacción a echar un vistazo a uno de esos libros de promoción que las editoriales nos envían. Este, en concreto, prometía al lector que le enseñaría a "producir más, trabajando menos". "Si supiese que me iba a servir algo, me lo llevaba", nos dijo. "Pero es que no tengo tiempo para leérmelo". Nadie da duros a peseta, aunque esa sea la gran promesa de una industria multimillonaria que se aprovecha del inconfesable deseo del hombre moderno de alargar el tiempo indefinidamente. "“¿'Mens sana in corpore sano'?" De igual forma que la dieta milagro de turno dista mucho de ser buena para nuestro cuerpo, parece poco probable que pegarse atracones literarios o audiovisuales sea lo mejor para nuestra alma.

Tribuna

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
6 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios