Los madridistas también somos humanos, aunque disfruten odiándonos

Durante décadas fue el equipo de los que llegaban a la capital. Sin embargo, ha perdido su particular batalla sociológica, lo que ha dejado a muchos madridistas sin identidad

Foto: El Real Madrid celebra la séptima Copa de Europa conseguida en 1998. (Imago)
El Real Madrid celebra la séptima Copa de Europa conseguida en 1998. (Imago)

Si me hubiesen dado un euro por cada vez que he tenido que escuchar que ser del Real Madrid no tiene ningún mérito, que los árbitros nos regalan los partidos o que, con el dinero que se gasta el club en fichajes lo menos que podemos hacer es ganar todo, podría haber comprado tres o cuatro Gareth Bale. Lo que ya no hago es discutir. ¿Para qué? Es un vano esfuerzo, y en el amor lo último que hay que hacer es rebajarse a dar explicaciones. Es mucho mejor asentir y, sonriendo cual villano de telenovela, reconocer que sí, que hemos comprado al estamento arbitral, que somos del Madrid porque siempre gana (aunque nuestro primer recuerdo sean las ligas de Tenerife) y que las noches de luna llena devoramos niños cual Saturno.

Sociológicamente, el madridismo se encuentra en una fascinante tierra de nadie que funciona un poco como sinécdoque de lo que significa ser madrileño. La lógica para los antimadridistas suele ser la siguiente: uno solo puede ser del equipo de su barrio / ciudad / comunidad autónoma, salvo si ha nacido en la capital y tiene por encima un par de generaciones que han hecho lo propio, lo que le concede el derecho a ser del Atlético o del Rayo. Pero no del Madrid, porque eso es rendirse al vil capital, abrazar el lado oscuro. O un absurdo, como nacer en Ohio y hacerse de los Harlem Globetrotters. Como mucho, se admite que uno tenga al Madrid como segundo equipo, para que todo español tenga derecho a saborear las mieles del éxito de vez en cuando. Pero de igual forma que en Madrid nadie es completamente madrileño, hay quien piensa que el madridista de verdad es pura entelequia.

Muchos madridistas son viejos emigrados a la capital que terminaron convirtiendo en su equipo al de la ciudad que los había adoptado

Esto no siempre ha sido así, claro. Una de las razones por las que soy del Madrid es por filiación familiar. Me pasé la infancia escuchando a mi abuelo, nacido en Lavapiés a principios de los años 20, contando historias de las seis Copas de Europa, y su carnet de socio de finales de los 50 siempre me pareció la mejor reliquia familiar. También porque mi padre lo era, aunque creo que nunca lo ha reconocido en voz alta. Si lo sé es porque cuando decía que era del Tenerife, mi madre siempre matizaba “si este en realidad es del Madrid”. Es una historia común a muchos españoles de su generación, la que durante los 60 y 70 emigró a la capital para estudiar o trabajar. La ciudad que les había acogido terminó convirtiéndose en su equipo de adopción, aunque siguiesen mirando de reojo a su cuna natal.

Lo explica Alejandro Quiroga en 'Goles y banderas: fútbol e identidades nacionales en España', un libro imprescindible para orientarse en el complicado laberinto de por qué cada español es del equipo del que es: “Muchos de los fans del Real Madrid en los 40 y los 50 formaban parte de los vencidos en la Guerra Civil y eran de clase trabajadora”. Desde luego, lo eran gran parte de los madridistas de más de 50 años que he conocido a lo largo de mi vida, aunque la demografía en un club tan grande es compleja. ¿Qué pasó para que de repente nos hayamos convertido en el Darth Vader de los equipos de fútbol?

Una identidad vacía

Aunque no lo crean, los madridistas sabemos que es imposible que el Madrid gane. ¿Por qué? Si pierde, porque pierde –y ya le vale, ¡con lo que se han gastado!– y si gana, por la misma razón, porque carece de mérito. Como mucho, lo que se le permite el Madrid es no perder. Creo que todos hemos experimentado esa misma frustrante sensación ante el partido de liga de turno: como ganar es lo lógico, no reporta una especial satisfacción, y la única alternativa es fracasar. Así no hay quien sea feliz. Quizá por eso pasemos de la Liga y nos guste tanto la Champions, porque sospechamos que si ganamos la primera tan solo oiremos el soniquete habitual; Europa se ha convertido en el refugio frente al desprecio nacional.

Sería gol en fuera de juego, pero al autor, que tenía 13 años, le dio exactamente igual. (Reuters)
Sería gol en fuera de juego, pero al autor, que tenía 13 años, le dio exactamente igual. (Reuters)

Hay que reconocer la abismal torpeza del club a la hora de construir identidad durante las dos últimas décadas, especialmente en tiempos de bonanza. Podría haberse recogido el carácter popular, cosmopolita pero acogedor de la capital, pero al final su símbolo visible han terminado siendo las cuatro torres de la Castellana, Figo, Zidane, Ronaldo y Beckham convertidos en colosales torres de Mordor. El Atlético y el Barcelona lo han hecho bien: los primeros podrían ganar cinco ligas seguidas y seguir creyendo que son un equipo de perdedores y, los segundos seguirían siendo el equipo de la cantera aunque jueguen con 22 brasileños. Perdimos la guerra de la propaganda, dejando a muchos madridistas sin más identidad que la de la prensa 'hooligan'.

Ni somos románticos, ni somos obreros. Por no ser, no somos casi ni madrileños. Eso ha generado una especie de madridismo blandito, pasivo e indolente, lindante con eso que llaman 'piperos', que sigue al club con cierto desapego. Vemos algún partido de vez en cuando, nos metemos con Florentino ocasionalmente, criticamos al que le toque –Benzema suele ser un candidato habitual– disfrutamos con la Champions y respondemos cuando nos acusan de fascistas que la célebre franja morada era un reducto de los años de la Segunda República (inciso: permítanme que recuerde que pocos equipos aguantarían si revisásemos el pasado de sus directivos o el comportamiento de los sectores más radicales de su afición). A la larga, sale poco rentable. Mucha crítica y poca satisfacción.

Se podría haber recogido el carácter cosmopolita pero acogedor de Madrid, pero su símbolo visible han terminado siendo las torres de la Castellana

Como ocurre con tantos productos culturales de nuestra época, no hay nada mejor que la nostalgia para mantener ese vínculo sentimental. El fútbol es, ante todo, un recuerdo. Una sensación experimentada hace décadas y que se intenta recuperar una y otra vez, la mayor parte de veces, sin éxito. Ser del Madrid es como que te gusten los Ramones o 'Star Wars' –en mi cabeza el estreno de 'La amenaza fantasma' se entremezcla con la séptima copa de Europa–, algo que solo puede entenderse si nos retrotraemos a la infancia. ¿Escapismo? Es posible, aunque siempre defenderé el carácter comunitario que puede tener el deporte, su capacidad para unir a padres, hijos y abuelos y, sobre todo, a amigos y enemigos: la rivalidad me hizo entender que tengo más cosas en común con un aficionado del Barcelona o del Atlético que con los de otros equipos. El "odio" al rival, bien entendido, es parte del deporte, un ritual carnavalesco y humorístico que acerca a los polos opuestos.

Durante muchos años, pensé que era seguidor de Raúl porque le consideraba un gran delantero, oportunista e inteligente, y no fue hasta mucho después que me di cuenta de que probablemente lo era por la fotografía que mi abuela pegó en mi habitación y que siguió ahí durante años, muchos años después de que se marchase. A su lado, en la pared, otra imagen mostraba a Manolo Sanchís levantando la Séptima, que cogió de una revista y pegó en mi pared un par de meses antes de morir. Me pareció algo histórico: por fin había vivido eso de lo que mi abuelo siempre me hablaba. Creo que esa es la imagen que me viene siempre a la cabeza cuando el Madrid levanta otra Champions, cuando juega otra final, gane o pierda. Y eso es algo que no tiene nada que ver ni con los árbitros, ni con el talonario, ni con lo que los demás piensen.

Tribuna

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