Cultura, nacionalismo, dinero y las nuevas clases sociales

Hay nuevas ideas sobre lo que significa ser conservador y progresista. Y demuestran cómo se ha guardado en el armario la estructura material de nuestras sociedades

Foto: Corredores de la Bolsa de Nueva York. (Justin Lane/Efe)
Corredores de la Bolsa de Nueva York. (Justin Lane/Efe)

El enfrentamiento entre los ganadores y los perdedores de la globalización se ha convertido en un diagnóstico comúnmente aceptado para explicar las nuevas tipologías de los votantes y el ascenso de determinadas fuerzas políticas. Pero a la hora de explicar los cambios sociales, ese marco se ha convertido en un cajón de sastre que agrupa las tendencias más variadas.

La teoría de Thibault Muzergues, contenida en su libro 'La quadrature des classes', es un intento de afinar la explicación de la estructura de nuestra sociedad. Según el director del Programa Europeo del International Republican Institute, existen en nuestro tiempo cuatro clases sociales. La más importante es la creativa, la que produce ideas y conceptos que después se convierten en software, aplicaciones y capital inmaterial y simbólico, vive en los grandes núcleos urbanos, es liberal en lo económico, culturalmente abierta e impulsora de la diversidad y encuentra sus mejores representantes políticos en Macron o Rivera. La clase media provincial o suburbana está anclada también en el marco liberal en los asuntos materiales pero es culturalmente partidaria de valores fuertes; en nuestro país nutre al electorado del PP, del PNV y de buena parte del nacionalismo catalán. La tercera clase sería la de los obreros blancos, que incluye a la clase media en declive y que estaría girando hacia el populismo de derechas, desde Trump hasta Le Pen o Salvini. Y por último estarían los millenials, una clase rebelde que buscaría soluciones más radicales, en general de izquierdas, y que apoyaría a partidos como Podemos.

Las cuatro Españas

La teoría de Muzergues no está demasiado lejos de la tesis que en España sostiene Belén Barreiros respecto de las cuatro Españas, que se articula a través de un doble eje, el de la brecha generacional y el de la apertura a lo digital, pero recogiendo elementos de la visión de Christophe Guilluy, que señala cómo la gran diferencia se abre entre una población urbana, globalista, interconectada, abierta al cambio y que ocupa trabajos simbólicamente relevantes y las de las periferias, las que ocupan los lugares exteriores, ya sea en la ciudad o en el mundo rural. En estas visiones de clase no son decisivos los elementos materiales, sino que priman aspectos como la edad, la formación, la mentalidad y la situación geográfica.

Las dos ideologías principales de nuestro tiempo contienen nuevas versiones de los términos 'conservador' y 'progresista'

En realidad, estas teorías reflejan las dos ideologías principales de Occidente, que tienen que ver con dos formas de dar nuevos contenidos a los términos conservador y progresista. En el fondo, la línea que recorre ambas es la de la relación con el futuro. Hay una clase favorecida que justifica su posición por haber aceptado con entusiasmo los cambios sociales imprescindibles para estar a la altura de un futuro disruptivo y que ha decidido impulsarlos porque está convencida de su inevitabilidad, y otra reacia a las transformaciones, que prefiere anclarse en viejas costumbres y formas de ver el mundo y que se niega a desprenderse de los hábitos adquiridos. La primera sería la postura progresista, la que alienta tanto a los liberales globalistas como a las nuevas izquierdas, que aspiran a construir nuevas sociedades más abiertas, apoyadas en las posibilidades tecnológicas, y a las que instrumentos como la renta básica aportarían la cohesión social necesaria.

'Nosotros y ellos'

La otra postura política, la de los grupos sociales que se resisten al cambio, estaría articulada por una visión marcada por la división entre 'nosotros y ellos', las élites y la personas normales, los nacionales y los extranjeros, la gente común y las minorías que exigen derechos, los globalistas y los patriotas. Esta visión, además, tendría una correspondencia obvia en el plano internacional, en parte animada por una realidad geográfica que determina las opciones vitales en el mundo global: no es lo mismo vivir en una gran urbe que en un pueblo del interior de España, en el norte de Europa que en el sur, en Nueva York que en Arlington (Texas), en Senegal que en Canadá. Desde esta perspectiva, la mejor manera de conservar algo de bienestar es estableciendo nuevas reglas, como intenta hacer Trump: la Italia de Salvini o la Francia de Le Pen creen que les irá mejor sin la UE, EEUU que será aún más grande si se separa de sus aliados y deja de compartir poder, y Cataluña que sin España llegaría mucho más lejos. Y todo nace del mismo lugar: de esas clases perdedoras en la globalización que buscan líderes fuertes que les ofrezcan algo de esa seguridad de la que carecen, y que confían en que su vida será mejor yendo en solitario que en coalición.

Esta ideología sólo funciona si aceptamos el esquema cultural, el del futuro brillante, el de la gente que se adapta y la que no

En este marco se mueve la política, con dos visiones enfrentadas: la global, abierta, integradora, multicultural, abierta al cambio y que confía en un futuro nuevo, y la que busca el repliegue nacional y que pretende buscar una salida en solitario. Estas son, de hecho, las dos grandes fuerzas políticas que recorren nuestra época, encarnadas en los partidos prosistema y en los populismos de derecha, que se han convertido en las fuerzas de resistencia, y cada vez más de gobierno, en Occidente.

El retrato de las clases sociales en San Francisco se parece mucho al que encontramos en Europa

Pero esta brecha política sólo funciona si aceptamos el esquema cultural, el de la relación entre el pasado y el futuro, el de la gente que se adapta y la que no, el de las identidades, que es la versión dominante en el ámbito liberal global. Pero por debajo circulan otras divisiones sociales que dicen mucho más de nuestra realidad y que estructuran las vidas cotidianas de Occidente. El retrato de San Francisco y de los entornos tecnológicos que realiza Antonio García Martínez en la revista Wired es muy ilustrador en ese sentido.

Las otras cuatro clases sociales

En estas ciudades reconvertidas hay cuatro clases sociales. La primera está constituida por los dirigentes de fondos de inversión, los 'venture capitalists' y los empresarios de éxito, que manejan la economía y cuyo nivel de vida está muy por encima del resto. La segunda es la de los técnicos cualificados y el personal especializado que trabaja para las empresas de la clase superior, que reciben un salario elevado pero que, dados los precios, sólo pueden mantener un estilo de vida de clase media.

El escalón inmediatamente inferior lo ocupa la clase que se dedica a los servicios, los “que llenan los vacíos del software”, aquellos que aún no pueden hacer las máquinas y cuya función es hacer la vida más sencilla a la gente que pertenece a las clases citadas. Y la cuarta es la de los excluidos, la gente sin hogar, los drogadictos y los delincuentes. Claro está, una característica típica de esta estratificación es que la movilidad entre clases es mínima.

Hay una clase dedicada a dar servicios a las de arriba, ya sea vendiendo seguros, limpiando escaleras o escribiendo artículos

Lo peculiar de esta tesis es que, más que una posibilidad de futuro, contiene una descripción aproximada del presente europeo. Hay una clase vinculada al mundo financiero, a la alta dirección y a los poseedores de grandes cantidades de capital que ocupa el estrato superior. Una serie de trabajadores especializados, técnicos, altos cargos políticos y gestores que trabajan para la clase superior, y que justifican su retribución porque aportan “valor añadido”, constituyen su clase media alta, aun cuando cada vez tienen más difícil la reproducción de su posición social y deben invertir más recursos económicos y simbólicos para mantenerla. La clase inmediatamente inferior es la dedicada a ofrecer servicios a las anteriores ya sea vendiendo seguros, poniendo copas, fregando escaleras, escribiendo artículos o trabajando en empresas importantes en situaciones precarias. Y después están los excluidos, que no son sólo los homeless, sino esas partes de la población que por conseguir ingresos por debajo del nivel de subsistencia, carecen de futuro, tanto ellos como sus descendientes. La movilidad entre clases existe, pero es muy reducida y cada vez lo será más.

El problema no es que los mensajes culturales y materiales no sean compatibles, sino que se actúa como si no lo fueran

En este escenario, preferir la primera lectura de las clases sociales sobre la segunda, es decir, primar las tesis culturales e identitarias sobre las materiales, perjudica a las opciones progresistas, por motivos obvios, pero también porque eligen una opción estratégicamente débil. Nuestras sociedades están atravesadas por elementos generacionales, de género y geográficos que no pueden ser ignorados. El problema de centrarse en la diversidad no es que los mensajes culturales y materiales no sean compatibles, sino que buena parte de las fuerzas sociales, pero principalmente las de izquierda, están actuando como si no lo fueran: esconden bajo la alfombra los elementos de estructura económica porque son una muestra obvia de su impotencia y tratan de reforzarse por el camino del culturalismo, esperando que ese abrazo al discurso dominante les sea provechoso electoralmente. Cada cual elige sus opciones, y nada tengo que decir sobre el planteamiento estratégico de tal o cual partido, porque eso es función de sus dirigentes y sus afiliados, pero también creo que ha llegado el momento de que esta hipocresía, que lleva a parte de los progresistas a pedir un nuevo pacto social mientras que hacen todo lo necesario para debilitarlo y a otra parte a reivindicar lo cultural como prioritario mientras meten en el armario los asuntos materiales, sea llamada por su nombre. No es un problema exclusivo de la izquierda, porque los conservadores actuales tienen muy poco de conservadores, y están impulsando cambios radicales en nuestra sociedad, pero en un terreno del tablero político se nota más que en otro.

Tribuna
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