Mis amigos han desaparecido, y en su lugar solo hay gente extraña vendiéndome cosas

En los últimos meses me ha ocurrido algo que no pasaba desde hacía una década: he intentado contactar a un conocido, y me he dado cuenta de que es totalmente imposible

Foto: Foto: iStock
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¿Alguna vez has vuelto a uno de los lugares por los que salías en tu juventud, esas plazas, cruces de calles o zonas de la ciudad que cada sábado bullían con hormonas 'teen', y has descubierto que de repente se han convertido en desiertos? Donde antes no había quien diese un paso entre minis tirados por el suelo, grupitos de gente atormentando con su guitarra al paseante y borrachos rebotando entre pared y pared, ahora no hay nada más que recuerdos. Aunque los vecinos lo habrán agradeciendo, no se puede evitar sentir una cierta melancolía, esa que ayuda a sublimar lo cutre.

Muy bien, pues eso es lo que ocurre en Facebook hoy. O quizá habría que extenderlo a otras redes sociales del internet temprano, desde los foros que comenzaron como una cosa y terminaron degenerando en otra (hola, Forocoches) hasta vestigios de otra era que vuelven zombificados, como Fotolog. Lo que hace unos años era un espacio virtual que bullía con todo tipo de forma de autoexpresión más o menos brillantes —de la actualización en plan "comiendo churros con mi churri" a la foto de paisaje que bien podría ser robada de Google pasando por el habitual ladrillo de fenomenología cotidiana—, ahora es un vertedero de amistades truncadas y publicaciones de marcas que ríete tú del 'Independance' (abierto toda la noche).

Muchos de mis conocidos han desaparecido para siempre de mi vida al borrar sus perfiles, lo que genera una extraña sensación de pérdida

Ahora que la plataforma ha cumplido 15 años, muchos medios han decidido echar la vista atrás y recapitular cómo ha cambiado nuestra forma de relacionarnos en ese tiempo. Bastantes veces centrándose en una única idea, que es cómo nuestra preocupación por la privacidad ha reducido nuestra participación en estas plataformas. Aunque sintetice en parte el devenir de los usos y costumbres del usuario de internet, deja fuera una importante parte de la historia, que es común a toda la experiencia humana, incluso lejos de la red. Es decir, cómo las aparentes utopías terminan degenerando en orgías de consumismo y vanidad, espoleadas por la mano invisible del turbocapitalismo.

¿Quiénes son estas personas?

Últimamente me ha ocurrido varias veces algo que no me pasaba al menos desde hace 10 años, cuando aún no existía Facebook. De repente, intentando contactar con un viejo amigo —dejémoslo mejor en conocido—, me he dado cuenta de que no era posible. En su lugar, hay un perfil vacío, una de esas siluetas vacías que muestran que donde hubo un perfil, ahora solo hay ceniza virtual. Como en 'The Leftovers', ha habido una desaparición gradual de usuarios, un goteo casi imperceptible de bajas que un buen día salieron por la puerta de atrás. Soy consciente de que muchos han salido de mi vida para siempre.

Oh, Dios mío, ¿dónde te has ido, mi querido amigo?
Oh, Dios mío, ¿dónde te has ido, mi querido amigo?

Pasear por nuestro listado de amigos (animo a que lo hagan) es como pasear por el cementerio de nuestras vidas pasadas. Están mis compañeros de colegio, ahora con un par de hijos incorporados; los de universidad, que nunca me termina de quedar claro si viven en Malibú o en Torrevieja; algún que otro familiar lejano que de la noche a la mañana se convierte en fiel admirador de mi trabajo; los colegas de los conciertos, a los que aprecio aunque me hagan tragarme cada dos semanas el vídeo de 'Hurt' de Johnny Cash; y otros especímenes con los que uno ha coincidido brevemente pero con quien no quiere perder el contacto.

A medida que hago 'scroll' entre mis contactos, comienza a ser evidente una tendencia entre los más recientes. Está ese tipo casi completamente desconocido, que un buen día me agregó, al que acepté porque compartíamos muchos amigos en común (pista: que esto ocurra no quiere decir que sea alguien conocido, sino un coleccionista de contactos), que en cuanto conectó conmigo me vendió algo y, desde entonces, si te he visto no me acuerdo. (Hay otra variante, que es la del tipo que te añade, te pide un favor, no puedes corresponderle y acto seguido te borra, que también los hay). Me gusta pensar que es un daño colateral de trabajar como periodista y, como tal, ser víctima idónea de cualquier vendedor de burros, pero sospecho que le puede pasar a cualquiera. Nadie está a salvo de los brasas.

Yo prefería la inocencia de diario posadolescente ("cómo lo pasamos anoche!!! jajajaja") que la calculada frialdad de los aspirantes a influencer

Hay una gran paradoja en este devenir de nuestras relaciones con los conocidos virtuales. Todos hemos oído la frase "yo ya solo utilizo [inserte nombre de red social] para subir lo que hago, por si alguien le interesa", como si la utilización de redes que comercian con nuestros datos estuviese justificada si eso nos reporta un beneficio profesional. Debo ser el único, pero yo prefería la inocencia de diario postadolescente de aquellas publicaciones posfiesta ("cómo lo pasamos anoche!!! jajajaja") que la calculada frialdad de los posts de aspirantes a influencer en que nos hemos convertido (#aboutlastnight #mediaspuri #lavapiesing) o las invitaciones a eventos en otro país (me ocurre a menudo, lo juro).

En teoría, es el uso inteligente de las redes. Si ellas se aprovechan de nosotros, qué menos que nosotros hagamos lo propio y saquemos algún rédito. Pero también es una muestra de que la rentabilidad siempre se mide en términos económicos, y no personales. Siempre consideré demasiado condescendiente la actitud que muchos adultos mantenían hacia las redes, arrugando el morro porque "nadie puede tener 300 amigos". Y es verdad, pero creo que nadie pensó en ningún momento que fuese así de verdad; pero sí que se trataba de una útil libreta de direcciones que permitía acceder rápidamente a cualquier persona que hubiese pasado por tu vida en un momento u otro. ¿Quién no ha encontrado un currillo porque casualmente alguien le vio en Facebook y se acordó de él? Hoy se considera de mal gusto agregar masivamente a tus compañeros de trabajo.

¡Qué bien, 100 notificaciones! (En realidad son todo notificaciones a eventos). (Foto: iStock)
¡Qué bien, 100 notificaciones! (En realidad son todo notificaciones a eventos). (Foto: iStock)

Lo que nos lleva a preguntarnos de qué hablamos cuando hablamos de amistad. A menudo, conducidos por nuestro esencialismo, mantenemos que amigos de verdad hay muy pocos, y que pensar lo contrario es engañarse. Pero yo no veo gran problema en esa supuesta superficialidad. Por lo general, las relaciones que establecemos con las personas que nos rodean (física o virtualmente) son ambiguas, transitorias y utilitaristas en el buen sentido del término. Es decir, nos permiten establecer alianzas ocasionales de beneficio mutuo; y este no tiene por qué ser material, también puede ser emocional. En la amistad, como en el amor, con frecuencia el problema no se encuentra en la frivolidad de nuestras relaciones, sino en no comprender su naturaleza y sus límites y, por lo tanto, definirlas en términos equivocados.

Admito haber tenido amigos de Facebook, que solo tenían sentido en el contexto de esa red social. Cuando uno está en el paro, tiene mucho tiempo libre, y cuando tiene mucho tiempo libre puede bajarse al bar como en 'Los lunes al sol' o pasar ese tiempo muerto en el que el resto del mundo está trabajando departiendo sobre lo divino y lo humano con otros que están en su misma situación. Quizá nunca fuesen mis amigos en el sentido conservador del término, pero no haber vuelto a saber nada de ellos tras eliminar su presencia virtual me provoca un oscuro sentimiento de pérdida, quizá por la mala conciencia que produce darse cuenta de que nunca buscaste una alternativa física ante una eventual desaparición. Bien podrían estar muertos.

Durante mucho tiempo, el internet primigenio favorecía estas relaciones "débiles", un término a la fuerza peyorativo, que servía como argumento de autoridad contra la lamentable falta de compromiso de la era virtual. Pero esa debilidad ha sido sustituida por algo mucho peor, la comercialización de nuestras conexiones personales. Cuando veo a mis nuevos "amigos" vendiendo proyecto tras proyecto, no puedo evitar sentirme como el espectador que tiene que tragarse quince minutos de anuncios antes de ver la película que desea. Pero no hay que preocuparse. La venganza se sirve en plato frío, y probablemente muchos hayan llegado hasta aquí porque hayan visto el enlace a este artículo en mi muro de Facebook.

Tribuna
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