La 'mili' vuelve, y se va a llamar Erasmus obligatorio: una idea patafísica del PSOE

En el borrador del programa para las europeas se plantea la posibilidad de obligar a los universitarios a pasar seis meses en un país de la Unión. ¿Propuesta absurda o globo sonda?

Foto: Prietas las filas. (iStock)
Prietas las filas. (iStock)

Cuando era pequeño, me encantaba que mi padre y mi abuelo me contasen historias sobre la mili. No es que tuviese ningún interés por lo castrense. Simplemente me hacía gracia imaginarlos, décadas atrás, más jóvenes y un poco gamberros, una imagen opuesta a la que tenía de ellos. Las historias de la mili, como el cómic de Ivà, son un poco como una sitcom: te ríes (un poco), te emocionas (menos aún) y tienen un final tierno. Son sobre todo nostálgicas de esa época de ritos de paso que, en muchos casos, era el umbral de acceso a la vida adulta. Una era idealizada; ya saben el efecto que causa el tiempo en nuestros recuerdos.

A partir de 2001, el lugar en nuestro imaginario dejado por la mili pasó a ser ocupado por el programa Erasmus. El perfil socioeconómico era distinto a la fuerza. Menos clase obrera, más universitarios y muchas más mujeres. Ambos, la mili y el Erasmus, son los dos grandes generadores de mitos cotidianos de la posadolescencia. 'Las Grandes Anécdotas De Cuando Era Joven' suelen tener como telón de fondo o el cuartelillo (antes) o uno de esos botellones pantagruélicos con más nacionalidades que en las Naciones Unidas (ahora).

Es un buen resumen de cómo funciona la política educativa: promete lo que nadie ha pedido mientras pasa por alto lo necesario

Quizá hayan escuchado que el PSOE está barajando proponer de cara a las elecciones europeas un Erasmus obligatorio, como desvelaba 'El País' el pasado jueves. La medida se sustanciaría en obligar a todos los estudiantes universitarios a pasar un semestre en otro país de la Unión, con el objetivo de hacer patria (europea). De entrada, parece una medida tan mala que a la fuerza se me debe de estar pasando por alto algún aspecto clave que pruebe su genialidad. Es, desde luego, un buen ejemplo de cómo funciona la política educativa en nuestro país: prometer cosas que nadie ha pedido mientras se pasan por alto medidas mucho más necesarias.

Haciendo una sencilla aritmética socioeconómica, la medida favorecerá sobre todo a aquellos estudiantes que menos lo necesitan. Si el aumento de los precios de las matrículas han provocado durante el último lustro un descenso en el número de estudiantes de grado, el Erasmus obligatorio beneficiará solo a aquellos que puedan permitírselo, y potencialmente limitará la posibilidad de acceso de estudiantes de menos recursos. Pero incluso en el caso de que se subvencionase por completo la estancia (sonreirán aquí los que aún están esperando el dinero del Erasmus), no siempre es posible dejar tu país durante seis meses.

Reunión de la ejecutiva federal del PSOE. (Foto: Inma Mesa/PSOE)
Reunión de la ejecutiva federal del PSOE. (Foto: Inma Mesa/PSOE)

Un ejemplo autobiográfico que lo ilustra bien: aunque nunca hice un gran esfuerzo por irme de Erasmus, y sé que mis padres me habrían apoyado en caso de decidirlo, habría causado un pequeño cataclismo familiar a la hora de cuidar a mi abuelo. Hay muchas razones por la que el Erasmus, por bonito que suene, no siempre es posible. La obligatoriedad puede generar una trampa que deje fuera a muchos estudiantes. Pero es que ni siquiera es deseable. Que viajar es la panacea contra los grandes males de nuestra época (el nacionalismo suele emplearse de ejemplo) es uno de los mitos más consolidados de nuestra era.

Soñando con Europa me caí en una alcantarilla

Lo del Erasmus obligatorio ya se les había ocurrido a personas más inteligentes que yo y que toda la ejecutiva del PSOE junta. A Umberto Eco, por ejemplo, que en una entrevista con 'The Guardian' defendía un poco en broma un poco en serio que debía ser necesario, "pero no solo para estudiantes, sino también para taxistas, fontaneros y otros trabajadores". Una herramienta para consolidar la identidad europea e integrar a los países miembros a través de —Eco lo decía abiertamente— la revolución sexual que suponía que "un joven catalán conociese a una chica flamenca". Una optimista visión europeísta que quizá siete años después suene algo inocente.

El cosmopolitismo impuesto es uno de los factores que contribuyen a ampliar la brecha entre los que se pueden pagar la carrera y los que no

Pero el camino al cielo (europeo) está asfaltado de buenas intenciones, y quizá no sea precisamente el mejor momento, en plena crisis de credibilidad europea, para proponer brindis al sol que pueden causar más rechazo que otra cosa. Por no ser, no es ni electoralista. ¿Alguien de verdad va a cambiar el sentido de su voto por un Erasmus obligatorio, incluso aunque prometa barra libre de becas? Además, el cosmopolitismo impuesto desde el que parte —conocer mundo no es solo útil, sino necesario— es uno de los factores que están contribuyendo a ampliar la brecha entre aquellos que pueden pagarse una buena carrera y una estancia en el extranjero y los que no.

Basta con dar una vuelta por las páginas donde se defiende la obligatoriedad del Erasmus, como el 'think tank' Friends of Europe, para comprobar que sus razones se encuentran en consonancia con esa visión de clase media aspiracional. ¿Qué te proporciona un Erasmus? Básicamente, aprender idiomas, adquirir habilidades blandas (esas que "no te enseñan en las aulas") y hacer contactos en otros países, esos supuestos jinetes de la empleabilidad del futuro inmediato. Otro dato sugerente: el 40% de los Erasmus se muda a otro país terminada la carrera, así que puede ser un buen atajo hacia la fuga masiva de cerebros españoles.

Lo más divertido quizá sea comprobar cómo esta propuesta propicia una guerra de mitos. Hablar de Erasmus es, para el mundo académico y político de centro, hablar de Europa —en muchos casos, una idea difusa de lo europeo que se identifica con la cultura centroeuropea, en oposición a la mediterránea y británica—, de intercambio de ideas y de una larga tradición cultural. Para los ciudadanos de a pie, y no hay más que leer algunas de las respuestas en redes sociales para comprobarlo, es un sinónimo de fiesta, vaguería y desbarre. El conocido como Orgasmus, vaya. Otra muestra más que las buenas intenciones de los políticos, las percepciones del ciudadano y los imprevisibles resultados que terminan resultando suelen discurrir por caminos muy diferentes.

No nos engañemos. No deja de ser un brindis al sol que probablemente termine abandonándose más pronto que tarde por la cantidad de preguntas difíciles de responder que plantea. ¿Cómo lo financias? ¿Cómo te pones de acuerdo con el resto de países europeos? ¿De verdad le interesa a alguien? Muy probablemente, no se trate más que de otro globo sonda candidato a ser guardado en algún cajón de Ferraz, listo para ser desempolvado en algún momento como aquel extraño día en el que alguien pensó que era buena idea proponer un Erasmus obligatorio. Una pieza más del folclore patafísico del electoralismo español.

Tribuna
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