La reconversión de la izquierda en progresismo: el 'Fake Green New Deal'

El auge del ecologismo en las elecciones europeas y la fuerza con la que desde EEUU se habla de un 'Nuevo pacto social verde', ha colocado esta idea en el centro del debate político

Foto: Parada final del 'road to a green new deal' en washington
Parada final del 'road to a green new deal' en washington

En esta época de reconstrucción de fuerzas sociales, los movimientos políticos y electorales comienzan a ser intensos. En Europa se va conformando un espacio integrado por partidos de derecha del norte y del este de Europa, que se mueven entre la derecha sistémica alemana, el neoliberalismo descarnado y las formaciones a lo Trump. Y mientras ese espacio se asienta alrededor de alguna de esas opciones, está construyéndose otro eje, proeuropeo y claramente sistémico, que podríamos llamar francés, en el que se reúnen socialistas, liberales y verdes. Una de sus ideas fuerza, recogida de EEUU y del impulso que la izquierda le está concediendo allí, es el Green New Deal.

En una sociedad cada vez más desigual, y que por tanto produce mayores tensiones políticas, y más en este instante de giro geopolítico, el concepto de New Deal, de pacto social, está en auge, en cuanto instrumento útil para introducir cohesión y justicia social. A ese escenario se añade lo verde, que contendría una doble dirección, la de frenar el cambio climático y la de modernizar las sociedades, haciéndolas más innovadoras y sostenibles al mismo tiempo.

El ecologismo regresa con fuerza como parte esencial de la construcción de un nuevo bloque progresista en toda Europa

En la pasada semana varios políticos nacionales han emitido numerosos mensajes ligados con el ecologismo, desde los tuits de Pedro Sánchez, los vídeos de Pablo Iglesias o la insistencia de Errejón en este asunto. El Green New Deal emerge en la política nacional y probablemente sea un término al que tengamos que hacer caso en los próximos tiempos, ya que es la gran apuesta de las fuerzas progresistas europeas y estadounidenses. El ecologismo regresa con fuerza como parte esencial de la socialdemocracia 2.0.

Una nueva hegemonía

No parece mala idea unir a Roosevelt con el cambio en el modelo energético porque en un instante económico complejo, en el que las situaciones materiales son duras incluso en países ricos que crean empleo como EEUU, resulta imprescindible combatir la desigualdad. Al mismo tiempo, los riesgos que genera el cambio climático son lo suficientemente graves como para ponerles coto cuanto antes. Todo apunta hacia una idea ganadora en buena parte de la sociedad. Esa es la creencia en el eje progresista europeo, y en España ha empezado a penetrar en esos mismos ámbitos. Incluso en España lo afirma expresamente Íñigo Errejón en el prólogo al libro ‘¿Qué hacer en caso de incendio? Manifiesto por el Green New Deal’ (Ed. Capitán Swing), de Héctor Tejero y Emilio Santiago, donde subraya que el ecologismo, en colaboración con el feminismo, se puede convertir en el eje desde el que articular una hegemonía nueva.

Deberíamos preguntarnos por qué, si los riesgos que produce el cambio climático han sido entendidos, nada ha cambiado

Sin embargo, tantas esperanzas en una idea pueden revelarse falsas, porque se está poniendo énfasis en el lado erróneo del lema. Casi todo el ímpetu está colocado en lo verde más que en el pacto social, cuando el Deal es mucho más importante que el Green. En primera instancia, porque poco más hay que decir acerca del cambio climático: existe una conciencia muy extendida entre ciudadanos, políticos, e incluso entre las élites de los muy negativos efectos que está causando el calentamiento global. Los medios de comunicación difunden periódicamente noticias relacionadas con este tema, los expertos se reúnen, se ponen en marcha comités, se trazan planes y, sin embargo, seguimos deteriorando el planeta y a mayor velocidad que nunca. De modo que deberíamos preguntarnos por qué, si el mensaje está entendido, nada está cambiando. Y la respuesta es sencilla: nada de lo estructural ha sido modificado. Por eso es mucho más importante el Deal, ya que sin alterar de forma sustancial las estructuras económicas y las lógicas que las rigen, no hay Green posible. Quizá nos pueda parecer sorprendente, pero cuando todo sigue igual, se sigue actuando del mismo modo.

La reacción usual en el progresismo es hacer crítica de la crítica mucho más que analizar la realidad, y eso explica muchos de sus problemas

Insistir en este aspecto tiene sus peligros, ya que es bastante probable que el entorno progresista acoja esta perspectiva con la misma hostilidad que cuando aquello de las políticas de la identidad. Cualquier postura en ese sentido será señalada como reaccionaria, o nostálgica, o negacionista o un error propio de gente que no se ha actualizado, o un peligro por no percibir la gravedad del calentamiento global. La reacción usual en esos sectores ideológicos es hacer crítica de la crítica mucho más que analizar la realidad, y eso explica muchas de sus deficiencias.

Lo que la vieja izquierda no ve

En el prólogo al libro de Guillermo Fernández ‘Qué hacer con la extrema derecha europea” (Ed. Lengua de Trapo) el politólogo de la Carlos III-Juan March, Pablo Simón, insiste en que cierta izquierda ha establecido un eje que tiene a un lado una posición “real”, la de la clase y la redistribución, y una “falsa”, la fijada alrededor de las alianzas entre mujeres gais, negros, jóvenes, etc., lo cual no puede ser más que una división errónea. Lo que esta izquierda no sabe ver, subraya Simón, es que las clases están necesitadas de conciencia, y que por tanto son siempre una forma de identidad y, por tanto, una construcción política. Y, teniendo en cuenta esta perspectiva, resulta complicado aclarar qué clases de identidades son genuinas y cuáles no.

Según Errejón, la “izquierda folclórica” cree que su tarea es desvelar la verdad y eliminar la falsa conciencia, y que con eso basta

Errejón aclara un poco más esta idea en el prólogo citado. Según el líder de Más Madrid, y al contrario de lo que creen “las izquierdas folclóricas y sus teorías de la conspiración”, para cambiar las cosas hay que indagar en las creencias, preferencias y valores estéticos existentes y rearticularlos en un todo que les dé un sentido diferente. Frente a esa idea, la izquierda obsoleta cree que su tarea es desvelar la verdad y así eliminar la falsa conciencia. Como si al señalar la importancia de lo material y descubrir la realidad que está ahí fuera, la gente se pusiera bajo su bandera automáticamente.

Las preferencias de la gente

Ambas críticas son pertinentes, pero siempre a condición de entender que, además de lo que la gente cree, piensa y percibe, existe un “ahí fuera”; que además de lo que está en la mente de las personas, existen la sociedad y sus formas de articulación y las estructuras económicas y su entramado de actores y posiciones, y que el poder de estas supera con mucho al de un Estado como España y condiciona sustancialmente nuestras vidas. Como ni Simón ni Errejón reparan en estos hechos (uno mide, define e interpreta las percepciones y preferencias de la gente y el otro piensa que es posible, una vez conocidas, conducirlas hacia un lugar diferente) caen en un pernicioso reduccionismo.

Conviene recordar que fuera de las creencias, percepciones y preferencias de la gente, existe una realidad a la que hay que dar respuesta

Por entendernos: imaginemos que en una batalla el general de uno de los ejércitos pensara que la única victoria posible está en la mente de sus soldados, que tienen que contar con una conciencia común y que deben confiar por completo en el éxito. Esta perspectiva le lleva a no analizar las fuerzas enemigas, a no preocuparse por conocer cuántos efectivos y cuántas armas poseen, ni por el terreno en el que se va a librar la batalla, ni por la estructura y organización del ejército adversario, ni siquiera por la estrategia. Esa actitud llevaría a conocer bien a los suyos, incluso a ganar sus corazones, y probablemente a perder la guerra.

La impotencia progresista

Este aspecto es esencial a la hora de entender los límites del Green New Deal tal y como está formulándose, pero también para comprender la impotencia de este nuevo giro político por parte de los mismos sectores progresistas que defendieron las políticas de la identidad como hegemónicas.

Su error puede enunciarse de varias maneras. Hay una forma corta, que consiste en recordar que fuera de las mentes, de las creencias y preferencias, existe una realidad a la que hay que dar respuesta. Hay otra pragmática, que debe subrayar cómo esta oferta será mejor o peor, pero dista mucho de resultar hegemónica salvo en los barrios bohemios o en los de clase media alta. Y hay una contundente, que ofreció F. D. Roosevelt, el padre del New Deal, cuando lo puso en marcha: si no se cambian las estructuras de poder, lo demás es buena voluntad, cuando no un mero blanqueamiento.

El Green New Deal puede ser el paso final de la reconversión de la izquierda en progresismo tecnócrata y bohemio

Es pertinente recordar a Franklin Delano no sólo por su idea, sino porque los tiempos presentes se parecen bastante a aquellos en los que el New Deal se desplegó: la concentración de poder y recursos que combatieron los populistas del siglo XIX estadounidense, Theodore Roosevelt y F.D.R. está más operativa que nunca. Frente a ella, la única posibilidad de éxito es actuar del modo en que lo hizo F. D. Roosevelt: quebrando ese poder y reconduciéndolo. El presidente estadounidense se enfrentó a los grandes financieros de su época, activó las políticas antitrust que combatieron la concentración y las condiciones lesivas que imponía a sus conciudadanos, ayudó a reorganizar el mundo del trabajo para convertirlo en más seguro y estable, y destinó el dinero público a generar estabilidad en el sistema en lugar de a proporcionar beneficios a los grandes inversores.

Sin esta acción, que fue la esencia del New Deal, no hay Green New Deal. Sin pacto social que implique colocar la tecnología y las finanzas a favor del ciudadano, tampoco habrá pacto verde, porque el deterioro del planeta es parte de las lógicas del poder dominante. Sin New Deal, lo ecológico sólo producirá unas cuantas placas solares más y mayores beneficios para algunas firmas energéticas. Francamente, son mucho más interesantes en este sentido las propuestas de Elizabeth Warren que las del progresismo europeo, cuya idea última, parece ser la de reinventar a Zapatero 10 años después. Quizá sea el paso final de la reconversión de la izquierda en progresismo tecnócrata y bohemio.

Tribuna
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