No diga 'tiranía', diga 'tolerancia': sobre el manual de Ada Colau

El ayuntamiento de Barcelona ha editado una guía "para construir un mundo más igualitario". El presidente del Grupo municipal Popular de la ciudad ha pedido su retirada

Foto: Foto: EFE/Susana Sáez.
Foto: EFE/Susana Sáez.

La Barcelona de Colau ha publicado una 'guía de comunicación inclusiva' que condena términos como 'padres', 'inmigrante', 'abuela' o 'terrorismo islámico', y propone una "comunicación sin prejuicios". Pero, ¿y si en realidad se tratase de una neo-lengua destinada a formar nuevas élites intelectuales, blanquear las injusticias, desviar la conciencia crítica, imponer una ética individualista y anestesiar a las masas?

El lenguaje tiene gran influencia sobre la realidad, y es loable todo esfuerzo orgánico por hacer de él una herramienta precisa y adaptada a cada particular. Pero es un error terrible considerar el lenguaje como vía prioritaria para transformar la realidad, y alterarlo mecánicamente hasta anular su capacidad generalizadora y economizadora. Con esa dinámica, la práctica del inconformismo quedaría reducida a la teoría del eufemismo, y los derechos de opinión, confusión y contradicción serían aplastados por un permanente deber de corrección (política). Maldecimos a todos aquellos que disfrazan sus malos pensamientos como libertad de expresión (“¡Ya no se puede decir nada!”), pero compadecemos a quienes la revisten con sus buenas intenciones.

Pluralidad

La 'guía de comunicación inclusiva' (que analizaremos caso por caso) proscribe unas palabras y -a cambio- prescribe otras, todo a partir de la siguiente consigna inicial: "las personas somos plurales, el mundo es plural", que bien podríamos interpretar como 'la diversidad individual es la base de un pensamiento único mundial'. El manual sostiene que somos una construcción en torno a varias líneas de ruptura ("edad, identidad sexual, color de piel, clase social, religión, origen, capacidades"), sin reparar en que, igual que el papel con muchos dobleces o el tallo con muchos codos, la persona con demasiados ejes es la más quebradiza. Así lo ilustra -sin pretenderlo- el propio folleto, con varios personajes físicamente dislocados en una alfombra de Twister (del inglés: 'retorcedor', 'deformador', 'esguinzador').

El 'lenguaje inclusivo' era en realidad 'lenguaje excluyente': si no lo usas, estás fuera.

El texto afirma que somos "una combinación específica y única de identidades que nos sitúan en el mundo"; ya no somos el 'yo y mis circunstancias' orteguiano, sino las meras circunstancias (definidas más adelante como temporales y cambiantes, por lo que nada inmutable quedaría de nuestro Ser). La 'interseccionalidad' es lo que te sitúa en el mundo, ya no el estrato social o la periferia geográfica en que naces. Además, "los ejes identitarios nunca deben jerarquizarse unos por encima de otros", por lo que se acabó cualquier certeza ordenadora: ya no tendremos a la que es feminista pero -ante todo- socialista, al objetor de conciencia que se sentía español pero -ante todo- cristiano, o al tiranicida que era hijo de su padrastro pero -ante todo- hijo de la República. La identidad progresista solo puede ser un constante conflicto interno, en consonancia con la externa lucha neoliberal del 'todos contra todos'.

No diga "inmigrante"

La primera indicación de la guía es cambiar 'ilegal' por (tomen aire) 'persona en situación administrativa irregular': es poco creíble que alguien sacrifique así la economía del lenguaje. Más bien parece otro ejemplo de jerga burocrática ('rescate' es 'línea de crédito', 'crisis' es 'desaceleración económica', 'despido' es 'reajuste de plantilla'). ¿Con qué fin? Enseguida lo vemos: se nos asegura que, en cuestión de inmigración, "utilizar expresiones como 'flujo' es sensacionalista y sobredimensiona la realidad". Todo se trata de no alarmarse; quizás sea más tranquilizador hablar de 'pequeños hilitos de plastilina', como Rajoy con el vertido del Prestige. Sí se puede mencionar el libre 'flujo' de mercancías y capitales, pero no de personas, a pesar de que nunca nos cuestionemos lo inseparable de esta triple confluencia (de 'con-fluir', 'flujo'). Se nos pide descartar también 'avalancha' migratoria -quizás sea más apropiado 'agua de mayo' empresarial-, pero entonces -sabiendo que llegan a Europa más inmigrantes de los que naufragan-, ¿cómo es que sí podemos hablar de 'oleada' de muertes en el Mediterráneo?

Lo siguiente que proponen es cambiar 'inmigrante' por 'migrante'. Quedan revocados los prefijos 'in-' (migrante que entra a un país) y 'e-' (migrante que sale de un país): ya no importa si vienes o vas, el estado-nación es una referencia obsoleta para una globalización sin escapatoria. La misma cosa es tu abuelo que fue contratado en Alemania, que el combatiente del ISIS que vuelve a Europa desde Siria. Más allá de un baile de prefijos, da la impresión de que se pretende sustituir cualquier visión arraigada del mundo por un nuevo destino nómada para todos. Un engaño conceptual en la línea del 'Pacto Mundial sobre Migración' de la ONU, que confundía al migrante económico con el refugiado de guerra (parece ser que el futuro no trae grandes diferencias entre subsistir en mercados y sobrevivir a catástrofes).

El reglamento es otro paso para contractualizar la vida pública, regalando el monopolio de la confianza y la libertad al sector privado

También se nos aconseja sustituir el término 'persona negra' por 'persona racializada'. Pero los 'racializados' son, en sociología contemporánea, ¡aquellos que han recibido una identidad racial que no tenían! En un giro eurocéntrico, se pretende que los occidentales han inventado las distinciones étnicas, imponiendo al resto de pueblos la capacidad de distinguir colores. Creer que las demás naciones del mundo forman un continuo hermanamiento sólo interrumpido por Occidente, es señal inconfundible de haberse criado en acomodados barrios monoculturales, ignorando la existencia de cualquier racismo entre indios y pakistaníes, chilenos y peruanos, o israelíes y africanos. El español aborregado tragará con lo que le manden, pero no parece probable que se convenza a un guineano de que hable de sí y sus compañeros como'racializados'.

Foto: EFE/Andreu Dalmau.
Foto: EFE/Andreu Dalmau.

El texto recalca que “las razas no existen, el racismo sí”. Esto recuerda a los bárbaros del poema de Kavafis: se rumorea que no existen pero, frente a sus temidas consecuencias, hay que congregarse en el foro, preparar el senado para futuras leyes, hacer callar a los molestos, y que la clase política se engalane con togas y báculos de oro. A continuación, el manual afirma que "hay más diferencias entre un etíope y un sudafricano que entre catalanes y alemanes": la diferencia entre africanos es vastísima (¡envidiable riqueza!), pero entre uno de esos africanos y un catalán, es -recordemos- científicamente inexistente. La guía lamenta, finalmente, que "es muy habitual que el último asiento en ocuparse en el metro sea al lado de una persona racializada". Y con esto, habríamos pasado de la afroamericana Rosa Parks reclamando ir a sentarse junto a los demás, a reclamar que los demás vengan a sentarse junto a ella. Los derechos civiles propios se han convertido en imposiciones sociales al prójimo.

Convivencia de barbaries

Para Colau, decir que compras “en el chino” es insultante -pese a que algunos chinos rotulen sus establecimientos así-. Lo insultante no es que nuestras instituciones han sido cómplices en la sustitución de las tiendas de barrio por negocios extranjeros -combinando voracidad fiscal hacia los autónomos y absoluto entreguismo hacia inversores foráneos-. Lo insultante es el término. No importa que el tipo de comercio al que llamamos 'chino' tenga unas características únicas que lo definen como tal: un modo de funcionamiento típicamente oriental, una estrategia geopolítica sinocéntrica, o un material exclusivamente 'made in China'. No se le puede llamar 'chino'. Hoy, a Marx no se le habría permitido describir el 'modo de producción asiático'.

Tampoco puede utilizarse 'moro' para aludir al originario del norte de África, que será designado simplemente con su gentilicio, por ejemplo: 'persona mauritana'. Da igual que tanto 'moro' como 'Mauritania' sean la misma palabra: el vocablo latino 'maurus', 'moreno'. Asimismo, se pide evitar el término 'terrorismo islamista', para no estigmatizar a todos los islámicos -entendemos que nada de esto es incompatible con vincular agresiones inconexas para hablar de 'terrorismo machista'-. Se nos recomienda aludir a cada atentado en particular: “terrorismo de Al Qaeda” o “terrorismo del Daesh” (que no comparten ninguna visión teocrática ni tienen en común interpretación alguna de ningún libro sagrado). No conviene criminalizar al colectivo musulmán, aunque luego la élite progresista haya aceptado calificar como terroristas a Gadafi y a Hezbolá.

En su afán de no ofender, ni siquiera recomiendan hablar de 'terrorismo yihadista', pues no todo yihadista es terrorista: podría haber una yihad en defensa propia o de carácter retórico. Desde un punto de vista estrictamente teológico, podemos entender que el Corán describe la yihad como una lucha interior -contra los defectos- y exterior -por una causa noble-. Pero habría que ver si los redactores de esta 'guía inclusiva' nos aceptarían matices semejantes sobre la 'guerra justa' de Tomás de Aquino, y su aplicación a la Reconquista, las Cruzadas o el Imperio hispánico.

Parece obvio que la consecuencia de convertir al 'otro' en un tabú, es hacer de uno mismo una incógnita. Por contraste, al negar al 'moro' se niega al cristiano, al negar al negro se niega al blanco, al negar al 'chino' oriental se niega al occidental y, como veremos en breve, al negar a la madre se niega el padre. Cuando la 'otredad' colectiva queda prohibida, la 'otredad' individual queda instaurada: la estrategia 'inclusiva' acaba contribuyendo a la idea (expresada desde Negri hasta Thatcher) de que no existe el pueblo, no hay sociedad. Solo faltaría en el manual, a colación de esta abolición de la comunidad, la recomendación de decir 'estado' en lugar de 'España'.

Diversidad sexual con unidad comercial

'Madre soltera' debe decirse sencillamente como 'madre', pues puede resultar discriminatorio mencionar el estado civil "cuando la persona no tiene pareja", como en la antigua Esparta. Sorprende que no se vaya un paso más allá para hablar de 'madre liberada, emancipada o empoderada'. Los datos civiles, por contra, dejarán de ser ofensivos si hablamos de 'padre divorciado', 'menor no acompañado', 'matrimonio LGTB' o 'poliamoroso soltero'. Lo monoparental es, simplemente, otro tipo de familia enteramente voluntario, y en ninguna forma es testimonio de una derrota social colectiva en que las relaciones duran cada vez menos, el hombre no adquiere compromiso con su paternidad, o la madre se insemina artificialmente porque no tiene tiempo de conocer a un compañero amoroso. Tampoco hay, bajo ningún concepto, un suicidio demográfico, sino un modelo D.I.N.K. tan válido como cualquier otro. Y la población no está envejecida, es vintage.

Un manual de prohibiciones y órdenes no necesita declinaciones. Esto simboliza el sistema del futuro: un mandato deshumanizado, pero que no discrimina

Hablando de lo cual, 'abuelos y abuelas' debe ser reemplazado por 'personas mayores'. Porque quizás no hayan tenido nietos, así que se les niega también el título honorífico de 'abuelos de la comunidad entera' que se le ha dado a los ancianos desde tiempos ancestrales. El 'lenguaje bienpensante' anula tanto el vocativo cariñoso como el apelativo humorístico, verdaderas bendiciones contra la exclusión. La sociedad no debe ser pensada como un entorno familiar, sino como una serie de productos (mayores, menores, por pares, de una unidad, edición especial...). Se critican los estereotipos de género, pero se impone un nuevo etiquetaje LGBTIQ+, como si la 'inclusividad' fuese un mero 'rebranding' en la estantería de una multinacional.

Las operaciones de 'cambio de sexo' deben llamarse 'operaciones de afirmación de género', como si cirugías y hormonaciones no fuesen una sufrida necesidad, sino un acto de pensamiento positivo y afirmación de la libertad personal. ¡Y al forzoso 'cambio de hábitos' del precario le llamarán decrecimiento, y dieta flexitariana al 'cambio nutricional' de poder desayunar solamente en días alternos! Sin embargo, "hacer referencia al nombre administrativo de una persona trans, vulnera sus derechos". Parece ser que el derecho supremo ya no es tener el nombre inscrito desde el principio de nuestras vidas en una libreta escolar y una cartilla sanitaria, sino que se respete la firma de drag en las facturas de la luz y los recibos del banco. Lo 'administrativo' es un estorbo irrespetuoso con ese otro 'mundo libertario' -un relato semejante al del neoliberalismo-.

Foto: EFE.
Foto: EFE.

Finalmente, el concepto de 'los trabajadores' debe ser sustituido por... ¿'dueños de su plusvalía'? No. Basta con decirlo de forma 'desdoblada': "los trabajadores y las trabajadoras". Pero justo cuando nuestro moralismo estaba calmado, se nos advierte: "¡Ojo! Desdoblar también es excluyente", porque "excluimos a las personas que no se identifican como hombre o mujer. En Suecia han encontrado una solución para evitar el desdoblamiento: el uso del pronombre neutro". Benditos científicos suecos, que también han descubierto la solución a la depresión -en el suicidio-, a la soledad doméstica -en un servicio de recogida de ancianos muertos-, y al conflicto de civilizaciones -en renegar de su propia cultura-. ¿La última trinchera del progreso o la vanguardia de la disolución social?

Sentirse sano en una sociedad enferma

En vez de hablar de 'sordos', hablaremos de 'persona sorda', porque así "ponemos énfasis en la persona y no en la discapacidad". El individualismo es el nuevo alivio para el desvalido, frente al asidero moral que había sido la solidaridad de grupo. 'Has perdido la pierna, los demás seremos tu apoyo' se ha convertido en: 'has perdido la pierna, al menos eres un átomo indivisible (bueno, excepto por la pierna)'. Antes sabías que la ONCE podría ayudarte al quedarte ciego, ahora has de confiar en que algún CEO requerirá tu perfil profesional para un puesto de tesorero.

El "estoy depre" debe formularse como "tengo el día triste", para no banalizar la enfermedad de la depresión. ¿Pudiera ser que lo verdaderamente preocupante sea que la depresión se ha convertido en una pandemia real que aboca a miles de ciudadanos a los antidepresivos y ansiolíticos? Pero no se altere, cualquier enfermo psiquiátrico es meramente una "persona en proceso de recuperación": otra muestra de que lo ofensivo para la mente moderna es la permanencia, ante la que señalarán (aún falsamente) que toda desigualdad es transitoria -remedo de consolación religiosa-.

El mercado odia a todos por igual

También se dice del "sintecho" que "vivir en la calle es una situación" (algún día el capitalismo vendrá a concederle una hipoteca), y es preferible llamarle "persona sin hogar"... ¡quien no posee inmuebles, no tiene patria! Reparemos en que estarían censuradas las tradicionales canciones revolucionarias que convocaban a los pobres del mundo, a los descamisados, o a los parias de la tierra; hoy habría que aludir a 'los que transitan por una situación desfavorecida'.

La identidad progresista solo puede ser un constante conflicto interno, en consonancia con la externa lucha neoliberal del 'todos contra todos'

Lo más curioso es que el manual va destinado a empresas -ya se han distribuido 62.000 ejemplares-, que deberán usar estos términos si quieren contrataciones públicas del ayuntamiento. El 'lenguaje inclusivo' era en realidad 'lenguaje excluyente': si no lo usas, estás fuera. Con estas aptitudes adquiridas, los empresarios ejercerán una explotación material que no incurra en ninguna ofensa cultural. Ya podrán hacer finiquitos paritarios, desdoblar el lenguaje a la vez que las horas extra, y establecer condiciones infames sin que nadie pueda decirles que ofrecen 'un trabajo de chinos' o que 'son unos negreros'. La guía inclusiva llega a adjuntar un apartado de interpelaciones despectivas, para que puedas despreciar al subordinado sin faltarle al 'Gran Hermano': se propone decir 'tontería' en vez de 'mariconada' (estilo Mecano en 'Operación Triunfo'), y cambiar el 'que te den' por 'freír espárragos' (sin ninguna consideración por los crudi-veganos). Sorprende que no se incluya una sección contra expresiones 'especistas' -'ser un cerdo', 'hacer el burro'- para enviar a los magnates de la industria cárnica.

En fin, todo este reglamento es otro paso en una tendencia a contractualizar la vida pública, regalando el monopolio de la confianza y la libertad al sector privado. Queda claro que la izquierda social-demócrata (que ponía límites económicos al capitalismo) ha sido sustituida por 'neoliberalismo progresista' (que pone límites gramaticales al capitalismo). Y, seguramente, el capitalismo está encantado de librarse de cualquier lastre patriarcal o colonialista; prefiere ser plenamente misántropo que quedarse a medias siendo homófobo o racista.

Siervos anormales y señores excepcionales

"Todo el mundo es diferente, no hay nadie normal", reza el panfleto. No puede haber clase trabajadora normal que sea normalmente representada en un sindicato normal, ni hay un pueblo español normal que retenga su soberanía con normalidad, ni hay una cultura europea normal con una democracia y un derecho normales. Solo hay un mercado paranormal dispuesto a satisfacer cada excentricidad. Y, en ausencia de toda normalidad, hay una oligarquía mundial instalada en la permanente excepcionalidad, fuera de todo control legal. Tolstoi decía que "todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz lo es a su manera": de la misma forma se nos predica que todos somos únicos en nuestros conflictos identitarios, que las élites son homogéneas pero los 'losers' tenemos la riqueza de la diversidad.

El libelo termina diciendo "Si te fijas, en el texto de esta guía hemos evitado los marcadores de género"; en ningún momento se ha tratado al lector como hombre o mujer. ¡Qué sorpresa: la segunda persona del singular en imperativo no tiene género! Los harapos del esclavo son unisex, y un manual de prohibiciones y órdenes no necesita declinaciones. Esto simboliza mejor que nada el sistema del futuro: un mandato deshumanizado pero, eso sí, libre de discriminaciones personales.

Tribuna
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