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'De senectute'

Desde los 18 a los 100 años somos temporalmente muy estables

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Imagen de ErikaWittlieb en Pixabay.

Investigadores mundialmente reconocidos por sus trabajos sobre personalidad y gerontología han realizado estudios sobre la evolución de las características personales a lo largo del tiempo, y han encontrado que desde los 18 a los 100 años somos temporalmente muy estables: los proclives al neuroticismo, una tendencia a padecer diversas emociones negativas, desde la ansiedad a la depresión, la ira o la culpa, lo son de jóvenes y de viejos (no más al hacerse mayores, como se suele suponer); los extravertidos siguen siéndolo (si acaso un poquito menos, ya que uno de sus componentes es la actividad); los abiertos a experiencias nuevas no se vuelven convencionales, y los amables lo son en cualquier momento de su vida, así como los minuciosos y responsables que, en todo caso, tienden a serlo algo más cuando envejecen. Puede que tuviera razón Graham Green cuando escribió que, en el fondo de nosotros mismos, siempre tenemos la misma edad.

Desde hace más de 20 años se sabe también algo que no coincide con las ideas y estereotipos sobre la vejez: a lo largo de la vida, la satisfacción con ella, la felicidad o, por decirlo de un modo menos pretencioso, la tendencia a estar contento, es también estable y se mantiene con variaciones mínimas en distintos tramos de edad, de modo que lo que manifiestan al respecto personas muy mayores no difiere básicamente de lo que es normal en jóvenes y adultos. Una posible razón de ello es que el nivel afectivo medio de las personas, que resulta de un equilibrio entre sus emociones negativas y positivas, parece ser, en vista de los resultados de múltiples estudios, una característica más de la personalidad; y así, encontramos personas que, en general, están alegres y contentas con su vida y otras pesimistas en cualquier tipo de situaciones.

Foto: Si de niño eres cauteloso, de mayor, también lo serás. Foto: Pixabay.

Un interesante estudio analizó las características de personalidad de un grupo numeroso de personas y contactó con ellas 10 años después. Sus circunstancias personales y lo que les había ocurrido durante ese tiempo eran obviamente diferentes; sin embargo, lo que más predijo el bienestar y satisfacción vital que experimentaban fue su personalidad. Específicamente, la extraversión predecía sus emociones positivas, el neuroticismo las negativas, y de la combinación de ambas se desprendía el bienestar de los participantes.

Claro que el ambiente en cada momento (un disgusto, una sorpresa agradable) influye en nuestra sensación subjetiva; todos lo sabemos. Pero lo que la investigación señala es que, contraintuitivamente, su papel no es tan grande como esperábamos. Hace tiempo se ha comprobado que las personas a las que les ha tocado un premio grande en la lotería, algo que todo el mundo desea, pasados los primeros meses vuelven a su tono hedónico medio; y uno de los resultados más llamativos de la investigación actual revela que, en momentos duros y especialmente difíciles (enfermedades, traumas, accidentes mortales y pérdidas graves en terremotos, incendios, etc.), las personas mantienen y experimentan, junto con el dolor y la pena, sensaciones agradables y positivas, hasta el punto de que muchas de ellas manifiestan después que el recuerdo más importante que conservan de esos sucesos es el del cariño y apoyo de familiares y amigos.

Foto: Foto: iStock.

España es un país envejecido. Según datos estadísticos del Padrón Continuo (INE) a 1 de enero de 2021, aumenta la proporción de personas con 65 años o más, que ya es el 19,7% de la población. Siguen creciendo también los octogenarios y nonagenarios, que alcanzan el 5,95%, y los centenarios empiezan a hacerse notar, con 17.308 empadronados. En esta situación, saber que las personas mayores no son como muchas veces las imaginamos, sino como siempre han sido, y son capaces de ser —y son— felices, resulta esperanzador. Con el crecimiento de la esperanza de vida, crecen también los mayores que practican deporte, asisten a actos culturales, aprenden a tocar un instrumento, leen lo que no leyeron cuando tenían una vida activa, viajan, disfrutan de su tiempo libre o se enamoran.

Todo depende, naturalmente, de su salud. Pero incluso cuando esta no es buena y se produce un deterioro, las personas suelen tener recursos para enfrentarse a ello, y la psicología dispone de procedimientos para ayudarles. Uno de los más sencillos y eficaces es guiarles a recordar momentos concretos agradables de las distintas etapas de su vida. Los ancianos que hacen una revisión de vida con este método mejoran su satisfacción y bienestar psicológico y modifican de forma favorable su memoria autobiográfica, que es la base de la identidad. Ahora que vivimos, por razones muy comprensibles, en la cultura de la queja, los mayores pueden ayudar a los jóvenes a tener la perspectiva de la que estos carecen. Aceptemos el reto de considerar la vejez, con todas sus servidumbres, una etapa de la vida plena de sentido y relaciones profundas con los demás.

*Mª Dolores Avia. Catedrática de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid.

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