8'

Los empleos de los ricos con sueldos para pobres y por qué no puedes trabajar en ellos

Empezaré por una historia con moraleja. Hace una semana, la ANECA publicó sus nuevos criterios para convertirse en profesor universitario. Las reacciones del mundo académico han sido reveladoras de su sentimiento de injusticia. "El año que le dieron el Premio Nobel, Novoselov no habría tenido los 130 'papers' que hacen falta para ser considerado excelente por la ANECA", lamentaba un profesor de la Universidad de Alicante. "Los nuevos criterios impuestos por la ANECA para acreditarse como catedrático y titular tendrían que cumplirlos todos los integrantes de las comisiones, no vaya a ser que se pongan a exigir mucho más de lo que algunos han sido capaces de dar", señalaba otro de la Universidad de Oviedo.

Charlando con gente del mundillo, se percibe una mezcla de furia y decepción. "El mayor problema es que van cambiando los criterios cada cierto tiempo y así es muy difícil construir una carrera", me explica un colega que trabaja en una universidad pública. Es como si, de repente, el final de la carrera estuviese mucho más lejos. O, mejor dicho, que en esta maratón que estaban corriendo, la meta hubiese desaparecido y hubiesen quedado parados, en mitad de la niebla, sin saber dónde ir y sin tener otra salida que seguir corriendo detrás de ese objetivo inalcanzable, porque ya han llegado tan lejos que no pueden quedarse a mitad de camino, como el jugador de 'poker' que ha apostado tan fuerte que no le queda otra que echar el resto.

No hay nada más eficiente que precarizar y pagar sueldos bajos para conseguir que en un sector tan solo puedan trabajar los más privilegiados


Es algo común a muchos empleos, que exigen grandes cesiones (trabajo gratis o sueldos bajos, precariedad, horas extras no remuneradas, formación continua) a cambio de, se supone, una carrera prometedora y un puesto estable. Esto termina provocando que quien llegue a ese objetivo sea tan solo quien se lo pueda permitir. Como bien saben muchos profesores universitarios, la vida precaria puede alargarse 'ad nauseam', de forma que para aguantar en esa carrera de fondo se necesita respaldo económico familiar potente. Otros abandonan o sufren: una investigación reciente señalaba que uno de cada tres doctorandos está en riesgo de sufrir una enfermedad mental. La persistencia termina dando resultados, claro, pero aguantar es caro.

Esta situación provoca una paradoja aparente: que no hay nada mejor para conseguir que en un sector tan solo puedan trabajar los más privilegiados que precarizarlo y pagar sueldos bajos. Se entiende, claro, que se trata de profesiones vocacionales, que supuestamente contribuyen a la realización del trabajador. Las malas condiciones en esas profesiones que, como decía el filósofo Alan Watts, "son tan abominables y aburridas que te tienen que pagar por hacerlo" suelen conducir a organización sindical y huelgas. En este otro caso, ocurre algo más perverso: se trata de una trituradora de vocaciones que devora a los más frágiles y beneficia a los privilegiados, envuelta en una falsa idea de meritocracia.

El devorador de ilusiones

Trabajo como periodista y he estudiado Ciencias de la Información, así que lo he visto con frecuencia en mi entorno inmediato, aunque sospecho que es una dinámica que se extiende a otros sectores cada vez más idealizados, como el del emprendimiento. Entre aquellos que trabajan "de lo suyo" suele haber dos tipologías: o la persona talentosa, muy trabajadora –a veces hasta la autoexplotación– que ha tenido suerte y ha conseguido romper el techo de cristal, o aquel que se ha permitido pasar largas temporadas en el paro, rechazar empleos que no le interesaban o aguantar condiciones deplorables hasta conseguir dar el salto, esta vez sí, a un puesto bien pagado con condiciones favorables y la posibilidad de disfrutar de cierta influencia.

Hasta el siglo XIX, los políticos no cobraban, por lo que tan solo los aristócratas y burgueses podían permitirse serlo. Esto ahora pasa en otros sectores

Entre el resto, hay una dinámica que he visto repetida una y otra vez: se comienza aceptando unas prácticas no remuneradas o mal pagadas, se encadenan empleos temporales y experiencias en decenas de empresas, se acumulan los cursillos y los másters en el currículum hasta que, años más tarde, se dan por vencidos y se reciclan en otro sector mejor pagado. Muchos de ellos eran compañeros que procedían de otras comunidades y que terminaron volviéndose a casa a probar suerte en otro terreno, ya que la receta de altos alquileres y bajos sueldos (o paro) era insostenible. El mero hecho de que tus padres vivan en Madrid o Barcelona, y no en otro lugar de España, puede terminar convirtiéndose en un factor económico que separe el fracaso del ¿éxito?

Esta semana, un hilo de tuits de la divulgadora científica Deborah García Bello recordaba que "nadie trabaja gratis si no puede permitírselo", a propósito de un caso "de éxito" en el que, tras tres años sin cobrar sueldo, alguien había conseguido una beca para hacer el doctorado. Por lógica, aquellos que no pueden permitirse pasar tres años viviendo a la sopa boba no pueden ni siquiera pensar en optar a dicha beca. Esto lo sabían bien los que promovieron en el siglo XIX que los diputados cobrasen; al no percibir una retribución, tan solo los ricos, nobles y la alta burguesía podían permitirse hacer política, por lo que esta se ajustaba a sus intereses.

Llegar a una cátedra universitaria requiere tiempo, esfuerzo y aguantar sueldos bajos... o contar con el apoyo familiar. (iStock)

Esta trampa se está extendiendo peligrosamente a muchos sectores, cada vez más precarios. Josele Santiago, cantante de Los Enemigos, lamentaba en una entrevista reciente que en España "solo el hijo de un millonario" puede hacer música y vivir de ello. Pero no se trata solo de la cultura. Hacer ciencia, alertaba un artículo de 'Nature', corre el peligro de ser solo una dedicación de ricos. También el periodismo o la docencia. Con un riesgo añadido: esta situación produce una industria de la vampirización de los deseos, que promueve formación académica cada vez más cara como si fuese un milagroso crecepelo que te dará ese puesto de trabajo soñado. Al mismo tiempo, las empresas se benefician de que esos sacrificios sean vistos como una inversión a largo plazo por aquellos que no tienen ni el dinero ni los contactos necesarios.

Cuando el dinero manda

Dirá el lector que no todo el mundo puede ser escritor, periodista, científico o profesor, y es razonable. Pero también es cierto que estas son profesiones con gran influencia en la cultura y la ideología de un país, a través de medios de comunicación, libros, programas políticos o investigaciones que dan forma al mundo en que vivimos y cómo lo entendemos. Así que estas barreras informales, no explícitas, que dejan fuera a las clases más bajas (o, simplemente, a aquellos que están lejos de los puestos de decisión) generan un grave problema de diversidad social que nos afecta a todos. Algo patente en países aún más clasistas como Gran Bretaña, donde cada vez menos periodistas o políticos provienen de clases trabajadoras.

¿Se han rendido? Más bien ha sido su manera de emanciparse de una maquinaria que usa como carburante al trabajador hipermotivado

Lo contaba el cantante Billy Bragg en otra entrevista reciente: "Hay muy pocos chicos de clase obrera que puedan tocar y vivir de ello". Tan solo los de clase media-alta pueden hacerlo, y estos apenas suelen abordar temáticas sociales, por lo que los mensajes reivindicativos han desparecido de la música británica. En este caso, el autor de 'New England' lamentaba que ya no tenían apoyo material del Estado ni subvenciones. Pero, como he podido apreciar en la escena musical española, hoy tan solo aquellos dispuestos a pluriemplearse hasta la extenuación y hasta tener suerte o los que son mantenidos y promocionados, en espera de la gran oportunidad, han podido alcanzar dicha meta. La mayoría malviven durante años hasta que terminan dándose cuenta de que no hay sitio para ellos.

Esto no quiere decir que los que sí consiguen hacer carrera en sectores como el periodismo no sean buenos. De hecho, suelen serlo. Han tenido una buena formación, su familia les ha transmitido ciertas nociones del negocio de las que otros carecen y, además, disponen de buenas fuentes solo por el hecho de pertenecer a dichos entornos. Es algo con lo que resulta difícil competir: si tu padre no se codea con quien puede filtrarte información que no tienen los demás, deberás competir de otra forma. Y, por lo general, esto se traduce cada vez más en trabajar mucho y cobrar poco. Es una forma de aprovecharse del tiempo, el esfuerzo y el dinero de los pobres a base de trabajo gratis, másters caros y sueños que poco a poco se desvanecen.

El líder de Los Enemigos lamenta que solo los 'hijos de los millonarios' puedan vivir de la música. (Efe/Rafa Alcaide)

He identificado entre mis antiguos compañeros una liberadora sensación de alivio cuando consiguen salir del bucle de la vocación, al obtener un empleo que es, simplemente eso, un trabajo decente con un sueldo digno y unas condiciones razonables. Recuerdan sus tiempos en la rueda del hámster como si hubiesen sido víctimas de una estafa piramidal en la cual fueron el burro que corría detrás de la zanahoria, mientras veían que otros caballos, más guapos, mejor entrenados y con mejor equipación, les adelantaban por la izquierda. ¿Se han rendido? Puede verse así. Pero también puede entenderse como una verdadera emancipación, al renunciar a formar parte de una maquinaria explotadora que utiliza como carburante la ilusión del trabajador hipermotivado.

Principales Tags

Hoy en portada