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Por qué me encanta ir a la iglesia aunque soy ateo

08.08.201705:00 H.

Pocas cosas me gustan más en la vida que la sensación que tengo al entrar a una iglesia bonita. Soy ateo, de modo que no creo que se trate de una sensación religiosa, ni siquiera espiritual. Pero la piedra y la madera viejas, el silencio o los pasos callados, la enésima representación de figuras y escenas conocidas en pinturas o vidrieras que muchas veces ni siquiera tienen un gran valor artístico, me conmueven un poco.

Un poeta inglés, Philip Larkin, ateo y cascarrabias, lo contaba mejor de lo que pueda hacerlo yo en un poema titulado 'Ir a la iglesia'. Él tenía la sensación de que esos edificios se irían despoblando (es un poema de 1954) y que algún día acabarían vacíos, pero le impresionaban. De una iglesia en la que había entrado, decía: “Esta es una casa grave en una tierra grave/ en cuyo mezclado aire se entrecruzan todas nuestras obsesiones/ se reconocen y se convierten en destino./ Y eso nunca será obsoleto/ porque siempre alguien se sorprenderá encontrando/ en sí mismo una avidez de ser más grave/ y se verá atraído por ella a este suelo/ del que una vez oyó decir que uno se hace en él más sabio/ aunque solo sea porque hay tantos muertos ahí enterrados".

Daniel ArjonaDaniel Arjona

Larkin tenía razón en que las iglesias se han ido despoblando. Últimamente, alrededor de un 70 por ciento de los españoles suele declararse católicos (la suma de no creyentes más ateos, una distinción que no acabo de entender, es de alrededor del 25 por ciento), pero un 60 por ciento afirma que, sin contar las bodas, comuniones y demás, no va a la iglesia “casi nunca” y un 13 por ciento solo lo hace “varias veces al año”. Y a juzgar por mi experiencia, creo que Larkin también acertaba al pensar que son lugares que siguen teniendo un sentido, aunque los ateos no lo comprendamos del todo, en una sociedad que en buena medida es posreligiosa: una mayoría de la gente siente apego por una identidad vinculada a la fe, pero no cree que deba cumplir estrictamente sus preceptos.

Un 60% de los españoles afirma que, sin contar bodas y comuniones, no va a la iglesia "casi nunca" y un 13% solo "varias veces al año"

Como casi todo en el mundo rico, las iglesias se han convertido en centros turísticos. Lugares a los que la gente va(mos) por curiosidad artística, interés histórico o simple entretenimiento. Eso puede molestar a los creyentes -incluso a mí me molesta quien hace ruido en ellas o viste como si estuviera en la playa: incluso los no creyentes podemos darnos cuenta, creo, que ese lugar tiene una gravedad especial-, pero también tiene algo, como todas las formas de turismo masivo, profundamente democrático: la gente siente que tiene derecho a verlo y a consumirlo todo en igualdad de condiciones que los demás y sin un respeto particular.

Asombroso catolicismo

Las iglesias, además, tienen una virtud que probablemente sea lo más asombroso del catolicismo: su increíble versatilidad. Sirven por igual para celebrar el poder político de un príncipe o un rey, la riqueza de los burgueses y los nobles que financiaron su construcción, el talento artístico y arquitectónico de quienes las diseñaron y adornaron y el sufrimiento de quiene acuden a ella en busca de consuelo. Su capacidad para darle sentido a los relatos vitales de cada persona que se siente vinculada a ella quizá sea la explicación de por qué la iglesia ha tenido un poder incomparable en términos históricos, al menos durante trece o catorce siglos. Hoy, incluso amigos agnósticos o ateos, me cuentan que, ante la fragmentación ideológica o la sensación de pérdida de sentido de la vida que tienen muchas personas en la confusa actualidad, sería deseable la construcción de una ideología o una cosmovisión tan omniabarcadora y flexible como la del catolicismo. No estoy en absoluto de acuerdo, pero no puedo evitar pensar en ello cuando estoy frente a un altar majestuoso o en el último banco de madera podrida de la nave de una pequeña iglesia rural.

Las iglesias sirven por igual para celebrar el poder político, la riqueza, el talento artístico y el sufrimiento de quienes buscan consuelo

Conozco todos los argumentos que sostienen que la religión está basada en creencias absurdas, tiende a someter a importantes grupos de la sociedad y no sirve para explicar los fenómenos naturales. De hecho, comparto esas ideas. Además, las creencias y los mandatos centrales de la iglesia sobre la conducta política, sexual o cultural se han venido derrumbando en los territorios donde el catolicismo o el cristianismo en general son la religión mayoritaria: simplemente, cada vez menos gente cree que el liberalismo, el sexo prematrimonial o la educación laica, cosas a las que la iglesia se opuso con fiereza, sean reprobables. Por supuesto, tampoco a mí me lo parecen.

Pero, al mismo tiempo, creo que no podemos hacer como si la religión no existiera. Yo tal vez preferiría vivir en un mundo cada vez menos religioso -de hecho, España ya es eso-, incluso puedo pensar que si todo el mundo fuera racional y siguiera el método científico -como los vulcanianos de 'Star Trek'- el mundo sería mejor. Pero seguramente es una estupidez siquiera desearlo. Uno de los datos más fascinantes es la correlación entre ingresos y creencias religiosas; es decir, ¿son más creyentes los ricos o los pobres? En España, según datos del CIS, parece que quienes más van a misa son los ricos y los pobres, y quienes menos, la clase media. Eso deja abierta la cuestión de si la religión es en esencia un asunto de autoridad o de consuelo. Lo más asombroso del catolicismo, en todo caso, es que sirve a todos ellos por igual. Eso no lo hace bueno. Pero sí hace, al menos en mí, que cada vez que entro en una iglesia bonita me sienta un poco empequeñecido: ahí hay mucha sabiduría, aunque solo sea porque hay muchos muertos enterrados bajo el suelo.

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