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O conmigo o contra mí: el partidismo atroz que despedaza la democracia española

En una democracia, el partidismo es inevitable. Todas las sociedades democráticas son plurales y es normal, y hasta bueno, que se produzca un debate estridente entre los partidos, los periódicos, la sociedad civil, los 'lobbies' y los ciudadanos que quieren hacer oír su voz. “Las causas latentes del faccionalismo ―escribió en 1787 James Madison, uno de los padres fundadores de Estados Unidos y su cuarto presidente― están entretejidas en la naturaleza del hombre; y las vemos en todas partes (…). Un celo por distintas opiniones acerca de la religión, acerca del gobierno, y de muchas otras cuestiones (…), un vínculo con distintos líderes que ambiciosamente compiten por la preeminencia y el poder (…) ha dividido a la humanidad en partidos, los ha inflamado de animosidad mutua y les ha hecho mucho más dispuestos a vejarse y oprimirse mutuamente que a cooperar por el bien común”.

Poco antes, sin embargo, el filósofo británico David Hume había afirmado que “las facciones subvierten el gobierno, despojan a las leyes de cualquier eficacia y gestan las enemistades más atroces entre los hombres de la misma nacionalidad, cuando estos deberían ayudarse y protegerse mutuamente”.

Ambos tenían razón: el partidismo es inherente al ser humano, y es un bien a conservar, pero llevado al extremo puede resultar catastrófico. Todos queremos el poder ―o queremos, al menos, que lo tengan quienes consideramos los nuestros―, deseamos que nuestras ideas venzan a las de los demás. Pero en ciertas ocasiones es necesario ceder, renunciar a la victoria en favor del bien común o, simplemente, para no romper la precaria cordialidad que conviene que impere no solo en cuestiones políticas, sino en la vida en general. Sentir que tienes razón quizá sea inevitable, pensar que no importa el precio que los demás tienen que pagar para que esta se imponga es temerario.

Cuatro partidos y Cataluña

En España, la discusión política y cultural ha sufrido una enorme transformación desde 2011, uno de los peores años de la crisis. En estos siete años han ido cuajando los descontentos, razonables pero cambiantes, que dieron pie a la transformación del sistema de partidos nacionales. Durante este tiempo ha habido flujos y reflujos, peleas y reconciliaciones, ilusiones y decepciones. Sin embargo, creo que se puede decir que por fin hemos llegado a un punto, si no inamovible, sí al menos estable: durante un periodo convivirán cuatro grandes partidos nacionales, la derecha y la izquierda ya no son monolíticas, y el independentismo catalán se quedará para dañar y hacerse daño con sus agrias discusiones internas. Además, todo el mundo buscará estrategias para consolidar su posición con las menores pérdidas posibles y, si es posible, alcanzar la hegemonía en su bloque.

Mi sensación es que eso no ha sucedido y que en España se está volviendo a consolidar un partidismo atroz

En este escenario, se podría pensar que el partidismo ―el grado en que los ciudadanos y los medios siguen fielmente las estrategias marcadas por los partidos― disminuiría. A fin de cuentas, hay más donde escoger, y si un líder o una línea política no te convencen, puedes optar por otra que no sea demasiado diferente.

Mi sensación es que eso no ha sucedido y que en España se está volviendo a consolidar un partidismo atroz. No es algo nuevo, por supuesto, y puede que no sea siquiera algo generalizado, sino circunscrito a una minoría de políticos, periodistas y famosos en las redes sociales. Es posible también que exista un elemento generacional: quizá los (relativamente) jóvenes habíamos vivido de manera cómoda en una cierta ambigüedad. No habíamos sentido la necesidad de estar arropados por un partido y sus satélites, ni de considerarlos un refugio intelectual, un hogar emocional o simplemente el pagador fiable de una nómina. Ahora, en cambio, cuando parece que tenemos un escenario con pinta de durar mucho, hay que tomar partido. Hay que escoger tribu. Fuera, hace mucho frío. Y cada vez resulta menos probable, a nuestra edad, encontrar un acomodo ―universitario, político, periodístico― si no se hace la apuesta arriesgada que muchas veces rige la vida: decidir con quién vas.

El espectáculo más grande

Nada de esto es deshonesto ni criticable. De hecho, el mundo funciona así, y quienes sentimos un cierto escepticismo ante tan renovados entusiasmos partidistas debemos reconocer con humildad que en nuestra renuencia a integrarnos con demasiado entusiasmo en un bloque, de una manera militante o formal, no existe ninguna clase de superioridad. Puede incluso que sea una forma de cobardía.

Escogemos nuestras creencias del mismo modo que escogemos nuestra ropa, preguntándonos: ¿qué les parecerá a mis amigos?

En todo caso, la reordenación del panorama intelectual y político español en esta nueva fase no es peculiarmente desolador ―quizá con la salvedad catalana―, pero sí asombrosamente reiterativo. El poder sigue siendo el espectáculo más grande del mundo. Frente a él, parece que tenemos que ubicarnos, reubicarnos y retorcernos, sea para aplaudir su benevolencia o para lamentar sus instintos tiránicos. El psicólogo estadounidense Jonathan Haidt explica en su libro 'The Righteous Mind' que la mayoría de nuestros razonamientos de carácter político está más orientada a justificar nuestras creencias frente al resto del grupo social al que pertenecemos que a descubrir la verdad. O, como afirma con cierta provocación, escogemos nuestras creencias del mismo modo que escogemos nuestra ropa, preguntándonos: ¿qué les parecerá a mis amigos? ¿Les parecerá correcta para mi identidad? Y si cambiamos de opinión, afirma, es sobre todo porque recibimos mensajes internos de que ahora es aceptable pensar de otra forma (aunque siempre dentro del relativo consenso del grupo).

Quizá seamos esclavos de nuestros cerebros. Pero lo peor, como afirma Haidt, es el grado en que eso nos incapacita para comprender configuraciones morales distintas de la nuestra. Es posible que, como reconocía Madison y temía Hume, el faccionalismo sea inevitable, y también manejable si no se lleva al extremo, pero hay algo particularmente doloroso en no comprender que, en muchas ocasiones, las intenciones de la otra facción no son necesariamente más malvadas o interesadas que las de la tuya.

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