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Victimismo y censura. ¿De verdad este es el feminismo que queremos?

Estamos todos de acuerdo en que casos como el de Harvey Weinstein no deben volver a repetirse. En que nadie que tenga poder lo use para conseguir favores de tipo sexual. Para abusar. Para acosar. Eso es execrable. Estamos asimismo todos de acuerdo en acabar con la desigualdad entre mujeres y hombres. Es una obviedad aclararlo, y lo preocupante de este asunto es, precisamente, que haya que aclararlo si se ha compartido en redes, como es mi caso, el manifiesto de Catherine Deneuve y otras actrices e intelectuales francesas poniendo en tela de juicio la efectividad del #Metoo.

Hay aquí varios asuntos sobre los que creo que sería interesante detenerse. El primero es que se está generando un discurso monolítico donde la mujer es presentada, casi sin excepción, como alguien incapaz de defenderse, lo que no deja de ser un mecanismo perverso y una mala estrategia para el feminismo. Afirmar esto no significa que no haya que denunciar los abusos. Las víctimas debemos, por supuesto, denunciar (uso la primera persona del plural porque todas hemos sido, en mayor o menor grado, víctimas). Ahora bien, una vez hecho eso, deshagámonos cuanto antes de ese rol, que es, precisamente, el que se nos ha asignado para tenernos asustadas. Para que nos sea más difícil ocupar posiciones de poder o mandar a freír espárragos a los capullos. El victimismo, en su afán legitimador, acaba eternizando un lugar que jamás nos dará la fuerza.

Segundo asunto, que he apuntado antes y que desarrollo a continuación: cuando alguna mujer no está de acuerdo con que sólo se pueda ser víctima, se la censura duramente. Miren lo que está pasando con Catherine Deneuve y compañía. En lugar de pensar en qué pueden tener razón las firmantes, se las descalifica por ser unas privilegiadas. ¿Pero no se trataba de feminismo, es decir, de que nos escuchemos para ver si encontramos el camino hacia la igualdad? Vean también lo que pasó con Mayim Bialik por no sostener una posición victimista sobre el caso Harvey Weinstein. Bialik escribió en el New York Times que no le extrañaba lo más mínimo lo que había hecho Weinstein porque el sistema está pensado para que existan los Harvey Weinstein y que, por tanto, no cabe comportarse con ingenuidad. Esto último le generó duras críticas, pues se interpretó que estaba culpabilizando a las víctimas. Pero es obvio que la actriz no estaba culpabilizando a nadie, sino recordándonos nuestro propio poder: decir no a Weinstein y no al modelo de Hollywood. La presión fue tal que tuvo que disculparse.

¿Y de verdad este es el feminismo que queremos? ¿Un feminismo donde unas mujeres le dicen a otras lo que pueden o no pueden decir?

¿Por qué no somos capaces de ver que la posición de Bialik es también feminista? ¿Y de verdad este es el feminismo que queremos? ¿Un feminismo donde unas mujeres le dicen a otras lo que pueden o no pueden decir? ¿Un feminismo que replica el paternalismo machista? ¿Nos estamos quitando de encima la tutela de los padres, maridos e hijos para soportar ahora la de otras mujeres? ¿No empieza a parecerse esto al control ejercido por las Tías en 'El cuento de la criada' de Margaret Atwood? Por cierto que la propia Atwood dice en la introducción de la novela: “¿'El cuento de la criada' es una novela feminista? Si eso quiere decir un tratado ideológico en el que todas las mujeres son ángeles y/o están victimizadas en tal medida que han perdido la capacidad de elegir moralmente, no. Si quiere decir una novela en la que las mujeres son seres humanos -con toda la variedad de personalidades y comportamientos que eso implica- y además son interesantes e importantes y lo que les ocurre es crucial para el asunto, la estructura y la trama del libro… Entonces sí. En ese sentido, muchos libros son feministas”.

¿Qué tal si seguimos el ejemplo de Atwood y consideramos feministas no sólo a las del #Metoo, sino también a Deneuve y compañía?

Catherine Deneuve. (EFE)

Pero no. Parece que sólo vale el modelo de la víctima, desde el que incluso a veces se presenta a las mujeres como seres que no son dueños de su propio deseo ni de su conducta: así el delirante artículo de Claire Dederer sobre la relación entre Soon-Yi Previn y Woody Allen publicado en El País, que habla de Soon-Yi como una pobrecita incapaz de sustraerse a los deseos libidinosos de uno de los mejores directores de cine del mundo. ¿Por qué es impensable que fuera al revés, que quizás la que tuviera la sartén por el mango ahí fuera Soon-Yi? ¿Por qué estamos excluyendo de la verosimilitud, o lo que es lo mismo, de lo que podría haber sido posible, el que Soon-Yi sea la poderosa? Ojo, no estoy hablando aquí, ni me interesa, lo que pudo pasar entre Woody y Soon-Yi, sino de la terrorífica facilidad con la que aceptamos una sola versión de la historia: la de que ella sólo pudo ser una víctima, porque las mujeres no pueden ser otra cosa. ¿De verdad es esta la posición que le conviene al feminismo?

Por cierto: también las mujeres somos a veces babosas y hemos tocado alguna rodilla que no nos correspondía

El manifiesto contra el puritanismo no dice ninguna tontería. En primer lugar no afirma, como he leído por ahí, que no haya que denunciar. Simplemente señala excesos: victimizar a las mujeres, saltarse la presunción de inocencia e igualar a un baboso que te toca la rodilla con un violador o con Weinstein -por cierto: también las mujeres somos a veces babosas y hemos tocado alguna rodilla que no nos correspondía-. Son cosas que han sucedido con el #Metoo.

El tipo de moralismo desde el que se equipara a un baboso que nos ha tocado la rodilla con un violador se parece a quien acusa a una chica violada de ir provocando con pantalones cortos. Es el mismo esquema de pensamiento: el del acusador que ve pecado por todas partes.

¿No estaremos caminando en la dirección equivocada, como suele pasar cuando se eliminan los matices o las opiniones discrepantes?

Elvira Navarro es escritora. En 2016 publicó 'Los últimos días de Adelaida García Morales' (Random House)

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