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Huid del escepticismo

Han pasado varios lustros desde que un alto directivo de mi compañía esgrimiera el título de un libro para vencer nuestras reticencias a la hora de acometer un proyecto de enorme dificultad. A medida que debatíamos el reto, surgía una espontánea corriente de incredulidad entre los presentes, un escepticismo contagioso al que no podíamos sustraernos. Sin duda resultaba más cómodo y fácil sumarse a la mayoría y reconocer lo imposible del empeño, en aras de no complicarnos la vida demasiado.

Cuando indagué sobre el librito en cuestión, descubrí que se refería al entorno educativo. 'Huid del escepticismo', de Christopher Derrick, es ya un clásico de 40 años, que abunda en la importancia de la educación para la libertad, esa que nos prepara para andar por la vida. Como fórmula para vencer el pasotismo juvenil, Derrick animaba a una enseñanza que idealmente estimule el desarrollo como personas. Una educación integral que invite a danzar con la vida, apreciar el arte, a entender sin prejuicios algo del mundo de hoy y de su historia, a formarse un criterio propio y ser alguien con quien valga la pena hablar.

La libertad de opinión y el desarrollo de las ideas propias, más en la juventud, tendrían que estar garantizados como valor social de primer orden

Reconociendo el romanticismo de estos ideales, qué lejos parecemos estar de aquellas palabras. La educación para la libertad debería ser una aspiración permanente en los países desarrollados. La libertad de opinión y el desarrollo de las ideas propias, especialmente en la juventud, tendrían que estar garantizados como un valor social de primera magnitud.

En estos días tan desconcertantes para muchos españoles —que no necesitamos vivir en Cataluña para sentirla como propia—, hemos visto ejemplos de adoctrinamiento de niños en favor de causas políticas interesadas. Escuelas que retuercen la historia, tergiversan los hechos y siembran la discordia, convertidas en agentes de socialización política, justo en la dirección contraria a la educación para la libertad.

Quizá sea ese uno de los motivos que hacen cundir el escepticismo en nuestras conversaciones coloquiales. La cosa no tiene arreglo, se dice, todo irá de mal en peor mientras las nuevas generaciones nacidas en ese territorio sigan educándose bajo los postulados de una causa que pretende apropiarse de algo que es de todos.

Confiemos en que los políticos presentes y futuros eviten que la brecha se siga abriendo, y que palabras tan desgastadas como unión, sensatez, concordia o convivencia encuentren algún día su verdadero sentido. Como en el libro de Derrick, necesitamos como sociedad huir del escepticismo, porque vivir en él de forma permanente termina generando una patología social. Encogerse de hombros con resignación no es la actitud más recomendable para afrontar cualquier adversidad, ya sea en nuestra vida en comunidad o en la privada. Y aquí es donde me gustaría traer a colación la importancia del liderazgo como fórmula para vencer escepticismos, restañar heridas, aunar voluntades, recuperar la esperanza y la ilusión.

Hace unos días, en una sesión del Ideas Club que organiza mi amigo Jaime Pereira, el profesor Huete del IESE citaba una frase de Sheryl Sandberg, COO de Facebook, en su último libro, titulado 'Opción B', que es todo un manifiesto frente a la adversidad —algo de lo que ella sabe bastante—. Al definir el liderazgo, lo hace de una manera tan sencilla como elocuente. El líder, dice Sandberg, “ha de hacer que su presencia haga mejores a los demás, y que esta mejora perdure aún en su ausencia”. Como vemos, no hay que construir complejas teorías para definir algo sobre lo que todo el mundo tiene opinión. En este caso, además, lo dice alguien que no solo es observadora de liderazgos ajenos, sino que aporta la credibilidad adicional de quien lo ejerce en carne propia.

Frente a los miedos, necesitamos sentir seguridad. Y también una cierta sensación de que quien nos lidera, de alguna manera, nos hace mejores

Una de las muchas adversidades a las que un líder puede enfrentarse es la de gestionar los conflictos, verdaderos momentos de la verdad. Ya sea en el entorno empresarial, social o político, la dimensión de un líder alcanza su máxima expresión a la hora de abordarlos mirando siempre el interés general, poniendo en práctica virtudes como la fortaleza y la templanza, logrando la conciliación siempre que sea posible y sin sacrificar la justicia.

Pues bien, estamos teniendo muestras bien recientes de lo que dicen y hacen nuestros líderes a ese respecto, en estos momentos estelares de nuestra historia. Cada uno podrá juzgarlos como considere, aunque será la Historia la que los colocará en el sitio adecuado atendiendo, entre otras razones, a las consecuencias que han tenido sus actos en el largo plazo. ¿Hicieron mejores a las sociedades que lideraron? ¿Generaron valores a su alrededor, como el progreso, la concordia, el respeto a las normas, la libertad o la unidad? ¿Qué dejaron tras de sí, como huella de su ausencia?

Todos miramos hacia arriba cuando vienen mal dadas. Frente a los miedos, la confusión o la angustia, necesitamos sentir seguridad, certezas, orientación y guía. Y, por qué no, también una cierta sensación de que quien nos lidera, de alguna manera, nos hace mejores.

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