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Geopolítica para Neymar

20 de agosto. París. Parque de los Príncipes. Minuto de silencio en homenaje a las víctimas de los atentados de Cataluña. Neymar, visiblemente afectado, mantiene la cabeza baja y se tapa los ojos con la mano. Sus compañeros dirán después que se le escapó una lágrima. ¿Qué pensó en aquel momento?

Demasiado pronto para sentir que Barcelona había dejado de ser su ciudad, aunque defienda ya otro escudo, Paris Saint Germain. Un equipo que en Europa era de segunda fila, pero que ahora compite dopado económicamente con los millones de Qatar.

La espectacular compra de Neymar no responde a ningún amor deportivo, tiene un sentido político. Geopolítico. La petrodictadura catarí lleva años realizando una intensa y nada barata campaña de lavado de imagen a través del primer producto de masas occidental: el fútbol.

Una campaña tan global como lo será el Mundial de fútbol de 2022, que se celebrará en aquel país. Su designación sigue teñida por la sombra de la corrupción. Por otro lado, tanto la muerte como las condiciones de esclavitud marcarán la construcción de los estadios y las infraestructuras necesarias para el evento. Según la Confederación Internacional de Sindicatos, 7.000 trabajadores perderán la vida antes del saque inicial.

¿Qué es lo que tienen que lavar? La respuesta está en las palabras del portavoz del Gobierno francés tras el anuncio del fichaje de Neymar: “Es esencial que Qatar ofrezca completa transparencia en asuntos como la financiación del terrorismo”.

Desde la década anterior, vienen acumulándose trazos económicos entre el país del golfo Pérsico y numerosas organizaciones terroristas —Hamás, Al-Qaeda, ISIS, los Hermanos Musulmanes o los talibanes—. El volumen de la sospecha y las buenas relaciones cataríes con Irán desencadenaron el pasado junio la mayor crisis en la zona de los últimos años. Arabia Saudí, los Emiratos Árabes, Bahréin y Egipto interrumpieron las relaciones diplomáticas con Qatar.

Desconocemos las gestiones del Gobierno español en un escenario internacional tan delicado, pero no lo que hicieron algunos jugadores que han vestido la elástica de nuestra Selección. Estrellas reconocibles en todo el mundo. Xavi Hernández, que está jugando en aquella liga, grabó un vídeo bajo el 'hashtag' #WeAreQatar. Piqué, Busquets y Jordi Alba se desplazaron a la Academia de Fútbol que hay en Doha. El último de ellos firmó una camiseta con la silueta del emir Sheikh Tamim bin Hamad al-Thani. Dibujada como si fuese Ernesto Che Guevara. Puro 'softpower'.

No se sabe si la decisión de los jugadores del Barcelona respondió a una petición del club. El controvertido contrato de su equipo con la nación de Oriente Medio había terminado una semana antes. El caso es que allí estaban. Y quizá convenga recordarlo ahora que reina la ira selectiva y falta el respeto a la verdad.

Porque lo cierto es que la relación entre Qatar y el Fútbol Club Barcelona viene de largo. El patrocinio comenzó en diciembre de 2010 y se extendió hasta el 30 de junio de 2017. Sandro Rosell, recién elegido presidente 'blaugrana', enterró el emblema de Unicef. Primero llegó el logo de Qatar Foundation, después el de las compañías aéreas de aquel país. Tal y como destapó este medio, la Guardia Civil sospecha que el exmandatario 'blaugrana' se lucró con aquella operación.

Rosell, acuciado por el caso Neymar, dejó la presidencia en 2014. Hoy está en la cárcel por liderar una organización criminal dedicada al blanqueo. Hasta entonces, los pinchazos telefónicos llevados a cabo por las fuerzas de seguridad apuntan a que “daba la impresión de que continuaba presidiendo el Barça”. Lo que, en la práctica, conlleva señalar a Bartomeu —el actual presidente— como un simple hombre de paja. ¿Qué guardan esas grabaciones?

La marcha del jugador brasileño, la ausencia de modelo deportivo y la crisis general que atraviesa el Barcelona son poca cosa. Solo es fútbol. Lo más importante entre las cosas que menos importan. Nada más.

Cualquiera puede entender que los futboleros utilicemos distintas varas de medir cuando los hechos afectan a nuestro equipo. Pero algunas cosas no pueden comprenderse.

¿Puede alguien comprender que Guardiola afirmase que “Qatar es un país abierto”, años antes de decir que “España es un país autoritario”? Ya sé que Pep mola. Y ya sé que fue nombrado —también en 2010— embajador para el Mundial de Qatar. Pero…

¿Puede alguien comprender por qué no puede haber publicidad de tabaco o de bebidas alcohólicas en los eventos deportivos, por qué hay países europeos en los que un equipo de fútbol no puede lucir el nombre de una casa de apuestas, mientras el Barcelona ha estado propagando la imagen de Qatar en todo el mundo?

La inyección de dinero en el fútbol no es a fondo perdido. Sirve para hacer diplomacia desde la comunicación y facilitar la penetración económica

¿Por qué el Barça firmó con los cataríes cuando otros equipos de su nivel tenían acuerdos de mayor cuantía con otras compañías? ¿Por qué los socios del Barcelona no vieron ese contrato?

¿Qué llevó a buena parte del barcelonismo a mirar hacia otro lado sabiendo que el dinero venía de donde venía?

El fútbol ya no es lo que era hace unos pocos años. Fly Emirates, la compañía aérea de un país que no parece democráticamente modélico, sigue manteniendo el patrocinio al PSG a pesar de la crisis entre Qatar y los Emiratos Árabes. Su marca está también presente en las equipaciones del Real Madrid, Milán AC o Arsenal. Etihad Airways, otra compañía de los Emiratos, se encarga del Manchester City. Los propietarios de ese equipo —City Football Group— tienen ya escuadras en Nueva York, Melbourne, Yokohama y Uruguay. Hace unas semanas, junto a Pere Guardiola, se han hecho con el 88% del Girona —este año, en nuestra primera división 0151, el Málaga también catarí...

¿Qué está pasando? Pasa que la inyección de dinero en el fútbol no es a fondo perdido. Sirve para hacer diplomacia desde la comunicación. Y sirve para facilitar la penetración económica. Compra de medios, empresas y suelo. Barcelona de nuevo. Lo que han hecho con Neymar, nos lo están haciendo a nosotros. La diferencia está en los números. La semejanza es que no nos damos cuenta.

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