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¿Qué fue de Íñigo Errejón?

¿Cuándo se marchitó el proyecto Íñigo Errejón? ¿Por qué lo hizo? El CIS recién publicado da algunas claves sobre las razones por las que Más País no termina de levantar el vuelo

En una de las series españolas más divertidas de los últimos años, Jorge Sanz se interpretaba a sí mismo: un actor de éxito venido a menos, obligado a aceptar papeles secundarios para seguir malviviendo.

Gran parte de la vis cómica de la historia de '¿Qué fue de Jorge Sanz?' estaba en su falta de realismo: Sanz, aunque tuvo algunas actuaciones notables en su carrera (como el afortunado soldado que se disputaban cuatro hermanas en la oscarizada 'Belle Époque'), nunca estuvo cerca de ser la rutilante estrella que la serie de ficción daba por hecho que había sido en el pasado.

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A Íñigo Errejón le pasa algo parecido: como Jorge Sanz, va camino de convertirse en un viejo rockero sin haber llegado nunca a ser una estrella. Le va a llegar el otoño del patriarca sin haber saboreado nunca las frutas del verano.

A Íñigo Errejón le pasa algo parecido: como Jorge Sanz, va camino de convertirse en un viejo rockero sin haber llegado nunca a ser una estrella

La política española cada vez gira a una velocidad más rápida. Es un fenómeno que en cierta manera es global: en Francia, donde los presidentes de la V República solían disfrutar de mandatos largos (Miterrand, Chirac o el propio De Gaulle estuvieron 10 años o más al frente del Elíseo), los últimos presidentes (Sarkozy y Hollande) no pasaron de un único mandato (en el caso de Hollande, su popularidad era tan baja que ni siquiera llegó a presentarse a la reelección). Renzi en Italia, Theresa May en el Reino Unido, Sebastian Kurz en Austria: el firmamento político está lleno en la actualidad de estrellas fugaces.

Ninguna, sin embargo, tan efímera como Íñigo Errejón, o como Jorge Sanz, prisioneros en la nostalgia de un pasado que nunca tuvo lugar. ¿Cuándo se marchitó el proyecto Íñigo Errejón? ¿Por qué lo hizo? El CIS recién publicado da algunas claves sobre las razones por las que Más País no termina de levantar el vuelo. Según el CIS, la formación de Errejón entraría en el Congreso con entre tres y cuatro escaños, de los que la mitad corresponderían a Compromís en la Comunidad Valenciana, que prácticamente calca sus resultados de las pasadas elecciones. El botín de Errejón, por tanto, se limitaría a dos escaños en la circunscripción de Madrid. La intención directa de voto es de apenas el 1,3%, que la cocina del CIS incrementa hasta una estimación cercana al 3%. ¿Hacían falta tamañas alforjas para este viaje?

Prácticamente la mitad de los entrevistados (el 46,5%) afirma que “nunca” votaría a la formación de Errejón. Curiosamente, es un porcentaje muy parecido al rechazo que suscita Podemos (53,5%), algo bastante llamativo al tratarse de un partido nuevo. Más que como un partido nuevo que despertase entusiasmo por su frescura, es como si los votantes identificasen a Errejón con un proyecto viejo y raído. Es como si Más País cargase en su mochila con todos los pesos muertos que ha acumulado Podemos en los últimos años.

Es como si Más País cargase en su mochila con todos los pesos muertos que ha acumulado Podemos en los últimos años

Algo parecido ocurre con la imagen del propio Íñigo Errejón. Su valoración media apenas alcanza el tres sobre 10, por debajo del 3,2 que obtiene Pablo Iglesias. Después de los ríos de tinta que se han vertido sobre el desgaste que ocasionaba la imagen 'dura' de Iglesias frente al perfil 'amable' de Errejón, es llamativo que los votantes valoren mejor al líder de Unidas Podemos. En realidad, existe un comportamiento dual de los votantes: entre aquellos que votaron a Podemos en las pasadas elecciones, gana claramente Iglesias (5,5 frente a 4,4). En cambio, entre aquellos que votaron al PSOE gana Errejón (3,6 frente a tres).

Varios análisis han señalado la existencia de importantes bolsas de votantes indecisos en la encuesta del CIS: por ejemplo, el PSOE se disputa votos tanto con Unidas Podemos (5,9%) como con Más País (3,7%). Lo destacado es que los primeros son votos que los socialistas 'ganan' (la mayoría de estos indecisos votó a Podemos en las anteriores elecciones). En cambio, los segundos son votos que los socialistas 'pierden', ya que en su práctica totalidad fueron votantes socialistas en abril.

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Durante algunos meses, desde la Moncloa se jugó con la sombra de la irrupción de Íñigo Errejón para presionar a Iglesias, buscando que el líder de Podemos sintiese el vértigo de la repetición electoral y diese su brazo a torcer, apoyando la investidura de Sánchez sin exigir a cambio la entrada en su Gobierno. Los datos del CIS, en cambio, sugieren que el efecto ha sido exactamente el contrario: Errejón no consigue atraer hacia sí a los antiguos votantes de Podemos (al menos, en la magnitud que se esperaba) y, en cambio, está haciendo un roto en el electorado socialista. Esto explica que ni Podemos se hunda en las encuestas ni los socialistas consigan despegar.

Errejón no consigue atraer hacia sí a los antiguos votantes de Podemos y, en cambio, está haciendo un roto en el electorado socialista

¿Cuáles son los motivos que han hecho que el efecto Errejón sea precisamente el contrario al que esperaban los gurús monclovitas? Apuntaría tres tipos de razones: las orgánicas, las psicológicas y las políticas.

Entre la orgánicas, una de las claves ha estado en que Iglesias consiguiese mantener el apoyo de las federaciones de Cataluña y Andalucía. Si Ada Colau o Teresa Rodríguez hubiesen roto amarras con Iglesias, uniéndose al proyecto de Errejón, seguramente el efecto en cadena hubiese sido imparable. En política, no hay nada gratis, y aunque seguramente ambas dirigentes tienen más puntos en común con Iglesias que con el propio Errejón, apostaría a que después de las elecciones entenderemos mejor a cambio de qué Colau y Rodríguez le lanzaron a Iglesias un chaleco salvavidas cuando el agua le llegaba al cuello.

El segundo factor, como indicaba, es el psicológico. Muchos votantes de Podemos han vivido como un escarnio el desarrollo de las negociaciones para la formación del Gobierno. De todos los relatos que unos y otros han intentado colocar, el de Podemos es el más claro, simple y eficaz: “No quieren que gobernemos”. La irrupción de Errejón, que además arrastra varias cuitas personales pendientes con muchos de los dirigentes de la formación morada, encaja como un guante en esta narrativa de asedio y derribo, que tan útil está resultándole a Podemos para mantener la tensión en sus bases.

Y la tercera explicación es un formidable error de cálculo político. Que los socialistas alimentasen la opción de Errejón para intimidar a Iglesias era una jugada de muy corto vuelo (como casi todas las amenazas en política). Porque precisamente el perfil amable de Errejón, sus formas suaves, sus planteamientos sociales y su discurso verde compiten de manera mucho más directa con el votante socialista que con el de Podemos, de aristas más bruscas. Al darle buen cobijo a Errejón, los socialistas estaban ahuecando la semilla de su propia destrucción.

Como bien señalaba ayer José Antonio Zarzalejos, a la campaña socialista parece que la ha mirado un tuerto: Cataluña, la economía, el expediente de la Junta Electoral Central. Hasta la exhumación de Franco, que hubiese galvanizado al electorado de izquierda en otro momento, ha pasado con más división que unanimidad. En política, sin embargo, las miradas de tuerto no son casualidades, sino que suelen venir cuando se cometen errores. Y los socialistas han cometido varios errores de bulto en los últimos meses: el haber alimentado el fenómeno Errejón para que acabe siendo un gigantesco gatillazo, salvo en los votos que roba a los propios socialistas, es solo uno de ellos.

¿Hay que amortizar ya a Errejón? En realidad, todavía no. No sabremos el valor real de los escaños hasta el día después de las elecciones. Cuatro escaños pueden ser completamente inútiles, o decisivos, según cómo sea el juego de las mayorías. A veces, entre ganar un Goya, un Oscar o no ganar nada, entre ser el Jorge Sanz de la ceremonia de los Oscar o el de la serie de televisión, hay solo una mínima diferencia.

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